advertisement

Semblanza de Francisco Segovia

60 %
40 %
advertisement
Information about Semblanza de Francisco Segovia
Education

Published on January 22, 2009

Author: mexking

Source: authorstream.com

advertisement

Slide 1: Francisco Segovia Slide 8: Francisco Segovia FRANCISCO SEGOVIA RESEÑA BIO-BIBLIOGRÁFICA Nació en la Ciudad de México en 1958. Ha trabajado como lexicógrafo (Diccionario del Español de México, Proyecto de Gramáticas y Diccionarios en Lenguas Indígenas de Chiapas, Enciclopedia Británica, Oxford Spanish Dictionary, Fichero de Dudas del Español de México), como profesor de literatura (Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad de las Américas, Instituto Tecnológico Autónomo de México, El Colegio de México) y como traductor independiente para editoriales españolas y mexicanas (Fondo de Cultura Económica, Anagrama, Destino, Versal). En 1998 el International Board on Books for Young People (IBBY) lo incluyó en su “Honour List” por la traducción de El libro apestoso, de Bebette Cole (FCE, México, 1994). Ha formado parte del consejo de redacción de varias revistas mexicanas de literatura (La Orquesta, Diagonales, Fractal) y en algunas otras ha tenido una sección fija (Vuelta, Librero). En 1976 recibió la Beca “Salvador Novo”, del Centro Mexicano de Escritores; en 1988, una del Consejo Británico para escribir en el King’s College de Londres un libro sobre Thomas Malory. En 1992, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes le otorgó la beca de Creadores Intelectuales, y entre 1999 -2005 y 2008-2011 la del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Actualmente es investigador del Diccionario del Español de México, en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios de El Colegio de México.   Sus últimos libros son: Sequía (poesía), Ediciones Sin Nombre, México, 2002. Bosque (poesía), Fondo de Cultura Económica, México, 2002. En el atrio (plaqueta de poesía), Taller Martín Pescador, Tacámbaro, México, 2002. SobreEscribir (ensayos), Ediciones Sin Nombre, México, 2002. El aire habitado / Rellano (poesía), Universidad Veracruzana, Jalapa, México, 2003. Sarta de abalorios (prosa), Ediciones Sin Nombre-Conaculta, México, 2003. Peuplier blanc / Álamo blanco (poesía, en edición bilingüe: traducción al francés de Denys Bélanger), Écrits des Forges-UNAM, Trois-Rivières y México, 2003. Jorge Cuesta: La cicatriz en el espejo (ensayo), Ediciones Sin Nombre-Conaculta, México, 2004. Ley natural (poesía), Ediciones Sin Nombre, México, 2007. Elegía (poesía), Ediciones Sin Nombre, México, 2007 Slide 9: Francisco Segovia Malva Flores / Fin de fiesta / (El Ángel de Reforma 34, México, 24 de julio de 1994) Casi al final del libro El error (1981), Francisco Segovia nos presentaba algunas anotaciones sobre la poesía. Allí señala­ba que ésta “es el más alto lance de la mo­ral. Amamos y odiamos en ella al orden del mundo”, y más adelante: “¿Sería po­sible, sin mundo, imaginar un mundo? / Humo, va­por, vapor, una inconfesable indefensión ...”. Estas citas vienen a cuento porque al leer su más reciente trabajo, Fin de fiesta, nos encontramos fren­te a una intención poética —ya evidenciada en sus an­teriores libros— que parte directamente de la obser­vación y descripción de las cosas concretas para crear (imaginar) otra realidad y otro orden, aparentemen­te herméticos, pero que en realidad son abiertos. Y si bien la idea de crear otra realidad con el len­guaje no es más que la función elemental del poe­ta, en el caso de Segovia resulta interesante adver­tir el regreso metafísico a los objetos para lograr, por un lado, aprehenderlos, pero también apunta­lar la idea de que la única posibilidad de convi­vencia con lo real es advirtiéndolo más como fenó­meno que como objeto inamovible o ya codificado. En la aceptación de las múltiples facetas que cada objeto, circunstancia o animales descritos poseen, en el conocimiento de sus gestos, o en sus movimientos casi imperceptibles, el orden del mundo que “ama­mos y odiamos” en la poesía, se ensancha. El brandy, las colillas, los restos de una cena, no son únicamen­te lo que hoy muestran, sino sobre todo lo que sugie­ren. Así por ejemplo, la “llama vieja en un pabilo”, puede transfigurarse, ser otra cosa siendo ella mis­ma y mostrar así su esencia: “Toda la noche ahogán­dose en su aliento,/ harta de sí, de su arrebato, de no poder/ arrancar su propio tallo con las manos”. Sin necesitar de “poéticos” adjetivos contunden­tes o adjetivos que quieren ser “profundos”, la escri­tura de Segovia se desarrolla conforme a la música interna de los gestos que intenta rescatar y que de­vienen estados de ánimo. “Se dilata el sol en un cie­lo sin fisuras,/ sin tacto, neutro, sin membranas ... / (... ) En el pecho muy apenas/ hace cuerpo el aire”. Esos instantes son a veces obscuros, pero su des­ciframiento es irrelevante, pues el cuerpo del poe­ma se sostiene en su carácter sugerente y abierto, pero también en la construcción de ritmos y cadencias muy bien logrados. Así, el poema “Si no te vie­ne a cuento” bien puede conformar una poética —­donde lo que nunca se nombra es el poema— o refe­rirse a cualquier otra cosa, cierta sólo para el au­tor, pero que podemos compartir gracias a la mul­tiplicidad de asuntos que convoca: “Si se te viene a mientes, si por que sí/ se te pone en la punta de la lengua, (...)/ no le busques el dejo a cosa ya sabida y saboreada,/ no lo masculles mucho, no lo tara­rees:/ mejor póntelo entre dientes/ y deja que él mismo se eche a lomos esa trampa:/ porque si gri­ta escucharás/ el destemplado diapasón que cim­bran/ pensamientos y transpensamientos”. Y es por debajo de una sorda melancolía, impre­sa en todos sus poemas, donde se advierte la vio­lencia de una voz contenida, la mesura de un ver­so que conoce la exacta temperatura de lo cierto y se planta en el poema sin ningún aspaviento melo­dramático o edulcorado:   En el silencio que monda el mediodía / chillan los cerdos, se atrabancan / en la entrada del chiquero, se resbalan / sobre el tacón hendido y se les va / de madre el peso, contra las trancas, en las baldosas encharcadas: / desencajada hueste, / cruda con el pasmo.   Fin de fiesta es, asimismo, el recorrido por un mundo, aparentemente muerto, que cobra forma cuando el brillo del festín ha terminado, pero es también la certeza de que la comunión con el Or­den de las cosas sólo puede darse a través de los es­tados de ánimo convocados por la palabra. Slide 10: Francisco Segovia Fabio Morábito / Abalorios y otras cuentas / (Vuelta 238, México, septiembre de 1996) Un gesto determinado, una postura que se repite, un ademán que se graba en nuestra memoria, parece decirnos Francisco Segovia en este libro lleno de gestos, delatan una cicatriz, pero también una capacidad escultórica del cuerpo, o sea un momento ejemplar, y mítico, del mismo. Y a partir de esta apretada equivalencia: gesto—cicatriz—mito, Segovia presta una atención obsesiva a la gestualidad de sus personajes, no para darnos su psicología, sino para enlazar precisamente el gesto con el mito, buscando en el giro de una mano, en la flexión de un cuerpo o en un ademán que apunta hacia lo alto, una existencia autónoma, como un mensaje arcaico y, por qué no decirlo, sagrado. Así, si en Conferencia de vampiros, su primer libro de cuentos, Segovia diseccionaba un mito, el del vampiro, repasando los gestos y atributos de esos seres de ultratumba, en este segundo libro intenta el recorrido contrario: parte del gesto para descubrir, en cada caso, a qué mito nos conduce. Me parece que a esto se debe la peculiar forma ensayística de estos relatos, así como su atmósfera enrarecida, por momentos asfixiante, donde paso a paso, a base de tantear hipótesis, el discurso avanza inexorable, toca todos los pliegues y ensaya todos los caminos. Una frase, por ejemplo, tan metódica como esta: “‘Después de todo, tal vez no sea la fuerza’, se dijo Daniel”‘, con que arranca el relato titulado “La foto”, nos indica con su corrección gramatical exasperada, que respeta incluso el subjuntivo, la voluntad del autor de desentenderse de un registro realista para situarse en un terreno que, sin ser fantástico, tiene el clima inmóvil de los apólogos y los aforismos. Pero más que preguntarse por qué los relatos de Segovia toman un cariz ensayístico habría que preguntarse por qué estos textos, nacidos de un impulso tan reflexivo, acaban por entregarse al ritmo de la narración. La respuesta, me parece, es que la narración es mucho más eficaz que el ensayo para dar cuenta de esos momentos efímeros en que un gesto adquiere una ejemplaridad y una enormidad tales que queda como separado del cuerpo y convertido en una creación emblemática, en una manifestación de nuestro más oscuro origen. Tomemos uno de estos abalorios, un breve relato en el que asistimos a una escena muda, como suspendida en el tiempo, casi una escena mitológica: desde el fondo de un jardín un hombre camina decidido hacia una piscina y entra limpiamente en ella con un clavado y se impulsa por abajo del agua hasta la orilla contraria, sale otra vez al pasto, se alisa el pelo y, colocándose de nuevo sobre el borde, se enfrenta, perplejo, al agua que acaba de abandonar. Cito lo que sigue, que es también la parte conclusiva:  Todos vimos entonces cómo observaba el agua. Flexionó un poco la rodilla derecha, se puso levemente de perfil y estiró la pierna izquierda, lleno de dudas. Se agachó ligeramente, abochornándose con la misma seriedad con que antes se había acicalado el pelo. Tampoco entonces notó que lo mirábamos, pero todos lo vimos tantear la temperatura de esa misma piscina de la que acababa de salir.  El relato se llama, significativamente, “El regreso”. El clavadista regresa sobre sus pasos para cerciorarse de aquello que acaba de experimentar de un solo golpe, confusa y ciegamente. Parece dudar del impulso que le dictó su clavado o, lo que es lo mismo, parece dudar de poder hacer suya esa experiencia si no vuelve sobre ella: agachándose, poniéndose de rodillas y en cierto modo empequeñeciéndose. He ahí tal vez la diferencia entre hombres y dioses (SIGUE….) Slide 11: Francisco Segovia Fabio Morábito / Abalorios y otras cuentas / (Vuelta 238, México, septiembre de 1996) (CONTINUACIÓN…) Estos últimos inventan constantemente su mundo, o el mundo recomienza para ellos a cada instante, siempre inédito. Puesto que inventan, no necesitan comprender. Pero los hombres, que en rigor no inventan nada y sólo descubren, recibiendo siempre de segunda mano lo que tienen, se ven obligados a comprender y atesorar. Para ellos, como creo que escribió Segovia alguna vez, las cosas empiezan a existir cuando ocurren por segunda ocasión. Sólo entonces las retienen en sus conciencias y no las confunden con espejismos. Necesitan medirlas con sus gestos. Los dioses no gesticulan porque para ellos todo es claro y evidente desde el primer momento. Aunque, a decir verdad, podría decirse también lo contrario: han dejado de pensar porque su gestualidad es perfecta. En todo caso, se poseen totalmente y sin fisuras, al revés de los hombres, que se ven rebasados por sus gestos y muestran con ello cuán inseguros son y cuán poco dueños de sí mismos. Al igual que el hombre del clavado, nosotros siempre necesitamos regresar para tantear con el dedo del pie, con el mezquino dedo del entendimiento, aquello que sólo nos pedía una adhesión total y confiada. En esta breve escena mitológica que nos pinta Segovia, el que se echa un clavado en la piscina es todavía un dios, pero el que, volviéndose, se encara al agua, agachándose perplejo, es ya sin duda un hombre. Los dioses no voltean hacia atrás, no tantean las cosas y, sobre todo, no se agachan, porque desconocen el remordimiento y la introspección. Por eso carecen de gestos. No es casual que el hombre del clavado evoque a la figura de Narciso, que se inclina sobre el agua, dicen, enamorado de su imagen. ¿No será que lo que la tradición ha calificado de enamoramiento es el pasmo del ser que se refleja en el agua para saber si es un hombre o un dios? Esta pregunta, me parece, yace en el fondo de cada uno de estos abalorios. Si por un lado nuestros gestos nos delatan como no dioses, por el otro cada uno apunta a una postura plena e ideal que intuimos más con el cuerpo que con la razón. Nos parecemos a la mujer de los zancos de otro texto de este libro, titulado, precisamente, “Dios”. En esta figura tambaleante y ridícula Segovia encuentra la medida de divinidad que nos corresponde: caminamos torpemente sobre unos zancos que nos producen vértigo, tan incapaces de elevarnos verdaderamente como de regresar al suelo del que venimos, en una perpetua pérdida de equilibrio que nos obliga a gesticular para no caernos. En realidad, un oscuro pegamento, una sintonía misteriosa, nos mantienen de pie: “Sí, debe de haber alguien allí, no sé dónde, que pone de acuerdo a ese cuerpo y su fantasma, que los sintoniza”. Para Segovia, este cemento es Dios. Un Dios tenue, una especie de lubricante silencioso que nos ofrece caritativamente un punto de apoyo invisible. Lo que atrae poderosamente la mirada de Segovia es este equilibrio frágil y oculto que parece siempre a punto de quebrarse. La mujer zancuda, con su avanzar a tumbos, como si se reinventara a cada momento, es para mí el emblema de esta fragilidad. Estamos mal amalgamados, mal cosidos, pero, con todo, ahí vamos, con nuestra pedacería de gestos e impulsos, reinventándonos para no resquebrajarnos. Así han de vernos los dioses: como seres que avanzan, grotescos y jadeantes, sobre unos zancos. Y así, por cierto, vemos nosotros a los vampiros: como unos seres siempre a punto de deshacerse, de no poder sostenerse más en vilo y de no poder resistir un segundo más el peso real de las cosas. Y esto es justamente lo que intriga a Segovia, esta es la pregunta que oímos debajo de la tersa e imperturbable superficie de sus textos: desde dónde y cómo cuaja esta milagrosa permanencia a pesar de tantos indicios de desastre. Slide 12: Francisco Segovia Christopher Domínguez / Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo, de francisco segovia / (México, Letras Libres 82, México, octubre de 2005) Hijo de la cuentista Inés Arredondo y del poeta Tomás Segovia, Francisco Segovia (ciudad de México, 1958) percibió tempranamente que debía administrar su rica —y no menos asfixiante— herencia no a la manera de los escritores románticos obsesionados por la singularidad del artista, sino como aquellos músicos felizmente resignados a ser un eslabón más en una familia de artesanos. Por ello es el oficio, entendido como dominio de una técnica y como trabajo bien hecho, la característica más notoria de Francisco Segovia. Ese oficio se expresa mejor en sus ensayos que en sus cuentos y poemas, como si la crítica fuese la estancia más apropiada para llevar a cabo ese diálogo con las familias literarias (la propia y las ajenas) que lo caracteriza. Sin alardear, con los escrúpulos del artesano antes que con la jactancia del heredero de un linaje literario, Francisco Segovia ha ido publicando, a lo largo de los últimos veinte años, varios libros de ensayos. Algunos de los textos de Francisco Segovia permanecen muy cerca de mi corazón de lector. Es natural que así sea, pues es en la obra de los autores de nuestra propia generación donde encontramos a menudo ese álbum que asocia la educación sentimental con la formación intelectual. En ese orden, entre Ocho notas (1984) y SobreEscribir (2002), pasando por Retrato hablado (1996) e Invitación al mito (2001), he leído notables páginas suyas, como las dedicadas a Elias Canetti, a Cesare Pavese, a la epopeya de Gilgamesh y, en fin, a la historia literaria y a la morfología mitológica de los vampiros y otros monstruos. A esa última clasificación pertenece Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo, el más extenso y personal de los ensayos de Francisco Segovia. Es imposible no insistir en la posteridad reparadora y paradójica de Jorge Cuesta. Si su muerte fue asunto de la nota roja —como lo lamentó Gilberto Owen en 1942—, Cuesta cumplió su centenario con una nueva edición de sus obras completas —la tercera en cuarenta años— y en calidad de centro de una maquinaria académica y bibliográfica que va de lo sublime a lo ridículo, incluyendo toda clase de lecturas políticas, interpretaciones retóricas e indagaciones psicoanalíticas, como si la cuestología se hubiese convertido en una aduana indispensable de nuestro saber literario. Y tras Primero Sueño, de Sor Juana y Muerte sin fin, de Gorostiza, el Canto a un dios mineral, de Cuesta, va camino de convertirse en el poema mexicano que mayor atención y ansiedad hermenéutica suscita. A ese extraño poema se lo puede emparentar con Heidegger y los presocráticos, aunque, como el propio Francisco Segovia lo reconoce, las lecturas filosóficas de Cuesta, como las de Gorostiza, se hayan dado esencialmente a través de Ortega y Vasconcelos. Casi todos, en fin, hemos contribuido a edificar el laberinto en donde buscamos a Cuesta, postulado una y otra vez como el primero de nuestros modernos, el inesperado clásico que le otorgó un nuevo sentido a la literatura mexicana. Francisco Segovia da comienzo a Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo recapitulando las aventuras del escritor en el bosque del gusto, partiendo de aquella exclusión de Cuesta de Poesía en movimiento (1966) que Octavio Paz se vio obligado a justificar de manera un tanto equívoca. Y apoyándose en los libros previos de Louis Panabière (Jorge Cuesta: itinerario de una disidencia, 1983), de Nigel Grant Sylvester (Vida y obra de Jorge Cuesta, 1984) y de Alejandro Katz (Jorge Cuesta o la alegría del guerrero, 1986), Francisco Segovia recoge y expone varias tesis, que pueden o no gustar, pero que tienen la virtud de ser, en mi opinión, las cuestiones decisivas. Expositor académico en la correcta acepción del término, dotado de una seductora paciencia para desarrollar sus argumentos, Francisco Segovia se pronuncia sobre la predisposición cuestiana a ponernos a jugar al huevo y la gallina con la crítica y la creación, a la tensión asumida y no resuelta entre el canto de Nietzsche y el método de Valéry, a la escritura de una escritura confiada a la crítica antes que al canon, y un no tan largo etcétera que concluye proponiendo que Cuesta, antes que la encarnación de un destino, escenificó un carácter. (SIGUE…) Slide 13: Francisco Segovia Christopher Domínguez / Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo, de francisco segovia / (México, Letras Libres 82, México, octubre de 2005) (Continua…) Francisco Segovia entiende por carácter lo que, según él, define el taoísmo como tal: una condición permanente que aparece ya configurada en el mundo, y no un destino proyectado a la manera judeocristiana, es decir, como resultado de una encarnación cincelada a través de un tiempo que no puede ser sino histórico. A diferencia de otros exégetas, que habíamos tratado de hacer equilibrios circenses entre la cuerda sobre la que Cuesta escribe y el vacío al que se arroja, Francisco Segovia escoge categóricamente. Para él, Cuesta es uno solo, un carácter monista que incluye al poeta hermético, al crítico literario, al moralista público, al escritor maldito y al más triste de los alquimistas, al hombre del rigor mental y al suicida que se mutila, al cuerdo y al loco. Si existen contradicciones en Cuesta, como Francisco Segovia admite, éstas sólo son argumentos destinados a presentar, en toda su armoniosa complejidad, a un monstruo enviado al mundo ya hecho, fatal e imperfectible. En el último cuarto de siglo Cuesta pasó de ser “el único escritor mexicano con leyenda” a convertirse en la contraprueba del canon nacional. A la distancia, como testigo y cómplice de esa mutación, creo que lo sorprendente habría sido que Cuesta, autor de un poema de ardua o imposible interpretación, escritor que nunca publicó un libro en vida y víctima de un suicidio precedido de una automutilación atroz, no hubiese llamado poderosamente nuestra atención. Ese morbo —obra abierta y cuerpo mutilado— alcanza una de sus probables culminaciones en el libro de Francisco Segovia, quien, siendo fiel a sí mismo en aquella parábola que dice que los últimos serán los primeros, coloca la crítica antes de la creación. Dije arriba que Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo pertenece a los ensayos que Francisco Segovia le ha dedicado a los vampiros y otros monstruos: de una manera casi explícita, Cuesta es, para él, la creatura del doctor Frankestein, un homúnculo que se ha cicatrizado a sí mismo a fuerza de coser pedazos distintos de carne, de piel, de humanidad. Este Cuesta frankensteiniano de Segovia es una estatua (o una figura de cera) de una asombrosa (y teratológica) perfección clasicista, creación tanto más curiosa si se toma en cuenta que ha sido construido, casi únicamente, con materiales románticos. El resultado es desconcertante y al final tenemos un Cuesta nuevamente ajeno al dominio de la historia literaria, un escritor que, si Francisco Segovia tiene razón, pudo haber existido en cualquier pliegue del Occidente posnietzcheano. (Sigue…) Slide 14: Francisco Segovia Christopher Domínguez / Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo, de francisco segovia / (México, Letras Libres 82, México, octubre de 2005) (Continua…) Como nos suele ocurrir con frecuencia a los ensayistas, Francisco Segovia acaba por mezclar al personaje y al autor con la metáfora que de su obra ha deducido, combinando a Cuesta con la ficción crítica que él mismo ha dibujado ante el espejo. En ese Frankenstein uno reconoce rasgos legendarios que la tradición ha tornado consustanciales a Cuesta, de la misma forma en que es difícil librar su figura de los chismes y las habladurías que, sin mayor sustento documental, la asedian. En este libro, la inteligencia crítica aparece salpimentada por ese macabro folklore literario que invariablemente rodea al autor del Canto a un dios mineral. Y aunque Francisco Segovia no aceptaría mi distinción —pues atenta adrede contra la esencia de su método—, creo que Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo, más que por la recargada imagen teratológica de Cuesta, vale por el lúcido derrotero que Francisco Segovia toma para examinar su poesía. Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo, finalmente, es un libro que funciona gracias a un mecanismo cuya mención es inevitable. Se trata de un diálogo, ni privado ni público, entre Francisco Segovia y su madre, Inés Arredondo, quien en 1982 publicó Acercamientos a Jorge Cuesta, uno de los primeros estudios que tomaron en serio al poeta cordobés. Al concluir Jorge Cuesta: la cicatriz en el espejo, releí Acercamiento a Jorge Cuesta. Aquel libro ella se lo dedicó expresamente a sus hijos: un cuarto de siglo después, Francisco Segovia le devuelve la dedicatoria. Aunque Segovia sólo cita a Arredondo en una ocasión, no deja de ser notorio (y emotivo) que el libro del primero haya sido compuesto como un diálogo familiar, como una conversación a la cual son convocados puntualmente los demonios del hogar y los penates, todo aquello que hace que la literatura sea una tradición, la herencia trasmisible de un puñado de obsesiones perdurables. No puede decirse que Francisco Segovia replique o contradiga la trama propuesta por Inés Arredondo: ha escrito una variación barroca de un tema original propuesto por la generación anterior y escrito por su madre. Ambos libros, redactados en lenguajes tan distintos, quizá sean la misma obra en dos momentos diferentes. La madre y el hijo se han mirado en el espejo y éste les ha devuelto una imagen cierta de sí mismos, aquella que dice que la verdadera realidad humana es la poética. No debe de haber, en la historia de la literatura, muchos otros casos de una confluencia como la ocurrida, ante Jorge Cuesta, entre Inés Arredondo y Francisco Segovia.

Add a comment

Related presentations

Related pages

Francisco Segovia SEMBLANZA BIO BIBLIOGRÁFICA

Francisco Segovia SEMBLANZA BIO-BIBLIOGRÁFICA Nació en la Ciudad de México en 1958. Actualmente es redactor y corrector del Diccionario del Español de
Read more

Francisco Segovia - Instituto de Investigaciones ...

Semblanza. Francisco Segovia. Nació en México, D.F., en 1958. Poeta, ensayista, narrador y traductor. En México realizó estudios de bachillerato.
Read more

Who is Francisco Segovia - (214) 351-0750 - Dallas - TX ...

Who is Francisco Segovia - (214) 351-0750 - Dallas - TX - waatp.com.See also Francisco Segovia: pictures, social networks profiles, videos, weblinks, at ...
Read more

Archivo de 2013 abril | segovia por el derecho a vivir

Francisco de Sales semblanza de un Santo Doctor del ... en una amenísima y siempre magistral Mesa Redonda organizada por DAV Segovia y la ...
Read more

Milicia y geología: Francisco de Luxán | Geología de Segovia

Lugar: Real Colegio de Artillería, Segovia (c/ San Francisco, 25). ... “Semblanza de Francisco de Luxán”, por José Mª de Luxán Meléndez.
Read more

WeBlog Aragosaurus: MILICIA Y GEOLOGÍA: FRANCISCO DE LUXÁN

Lugar: Real Colegio de Artillería, Segovia (c/ San Francisco, 25). ... “Semblanza de Francisco de Luxán”, por José Mª de Luxán Meléndez.
Read more

Un cuarto de siglo de Velas . elnortedecastilla.es

Un cuarto de siglo de Velas Chema Lara, Javier Acebo y Francisco Vázquez, durante la presentación del libro, ayer. / De Torre. Un libro fotográfico ...
Read more

Literatura y Poesía - facebook.com

Francisco Segovia: La ... Aceptamos colaboraciones de cualquier género en un archivo Word junto con una breve semblanza y de preferencia una ...
Read more