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Prehistoria agroalfarera de Chile Central y la llegada de los incas a este territorio.

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Published on March 11, 2014

Author: antonbrunet

Source: slideshare.net

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Prehistoria agroalfarera de Chile Central y la llegada de los incas a este territorio.
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Prehistoria Agroalfarera de Chile Central y la llegada de los Incas a este territorio Antonio Brunet Merino

Prehistoria Agroalfarera de Chile Central y la llegada de los Incas a este territorio. Recopilación textual por: Antonio Brunet Merino Período Agroalfarero Temprano A partir de 300 años a.C., en Chile Central se puede identificar con claridad la presencia de grupos humanos horticultores y alfareros, los que han sido asignados por los arqueólogos al período Agroalfarero Temprano. En la costa, entre los años 200 a.C. y 100 d.C., los arqueólogos han encontrado los restos dejados por pequeñas comunidades agroalfareras. Es posible que sean descendientes directas de los cazadores del Arcaico, pero ya cuentan con cerámicas muy sencillas y, sólo hipotéticamente, con cultivos. Es el caso de sitios como el excavado en los terrenos de la ENAP en Concón, y en los valles del interior, tales como en el sitio Radio Estación Naval de la Quinta Normal, en Santiago. Entre 250 a.C. y 600 d.C., se distingue otro grupo que los arqueólogos han llamado Bato. Sus restos se han

encontrado especialmente en lugares como Papudo, Ritoque y San Antonio. Se trata de pequeñas unidades familiares, cuyo modo de vida, si no fuera por la presencia de la tecnología alfarera y de muy escasos cultivos, no se diferenciaba mucho de las antiguas poblaciones del período Arcaico. Usualmente, este grupo enterraba a sus muertos en forma aislada, bajo el piso de sus habitaciones. Su único ajuar mortuorio son los tembetás, un adorno que insertaban entre el labio inferior y el mentón. En la costa tiene su centro también el grupo Llolleo, sin duda una de las sociedades mejor conocidas de este período. Esta es levemente más tardía que las anteriores, con fechas que se extienden entre los años 150 y 900 d.C. Este grupo se caracteriza por detentar una mayor densidad poblacional y por sitios habitacionales de mayores dimensiones. Sus restos se han encontrado en lugares como Las Cruces y Algarrobo. Período Agroalfarero Intermedio Tardío Hacia el año 900 d.C., cuando los grupos Llolleo y de otras tradiciones del período Agroalfarero Temprano todavía dominaban el norte del territorio de Chile Central, es posible verificar la presencia de un nuevo

grupo. Los arqueólogos lo denominan Cultura Aconcagua (siglos X al XV d.C.) y lo asignan al período Agroalfarero Intermedio Tardío. Es probable que al principio compartiera el territorio con algunos pequeños grupos de horticultores, los que se mantuvieron en sitios que presentan fechas finales posteriores al año 900 d.C. Ejemplos de éstos se han estudiado en el río Colorado del Cajón del Maipo y en el extenso asentamiento encontrado en los terrenos del diario El Mercurio, junto al río Mapocho. El origen de la población Aconcagua no es todavía suficientemente claro, aunque una de las hipótesis más aceptadas propone que no descendía de los grupos del período Agroalfarero Temprano. En realidad, no se aprecia en ella ningún rasgo que pudiera ser producto de una evolución desde la cultura de los primeros horticultores. Más aún, muchos de sus elementos más característicos parecen ser antagónicos con el modo de vida reinante en la región en tiempos anteriores. Así, todo indica que estamos frente a un gran cambio en la prehistoria de esta área que podría ser el producto del arribo de una nueva población, proceso que aún presenta grandes incógnitas para los arqueólogos. Se ignora por qué esta gente se afinca en este territorio y sólo se cuenta con algunas hipótesis muy preliminares acerca de su lugar de origen. Estas establecen ciertos lazos con culturas del noroeste argentino y del altiplano de Bolivia, y se basan, principalmente, en elementos de la decoración de las vasijas de cerámica y en

determinados aspectos de la organización social imperante en la cultura Aconcagua. La decoración de la alfarería permite suponer que dentro de la sociedad Aconcagua existían al menos dos amplios grupos, uno asentado en la cuenca del río Aconcagua y el otro localizado en las cuencas de los ríos Mapocho y Maipo. Si bien ambos se reconocían como pertenecientes a la misma cultura, por razones que aún se desconocen hicieron un esfuerzo por diferenciarse, utilizando para ello la fuerza simbólica de la forma y distribución de los dibujos geométricos aplicados en la cerámica. Este tipo de organización social dual recuerda a aquella imperante en las sociedades andinas del Perú, Bolivia y el norte de Chile a la llegada de los españoles. Se caracterizaba esta organización por la existencia de una división de la sociedad en dos mitades complementarias, cada una con sus propios jefes, los que eran simbólicamente considerados como hermanos. Presencia del Tahuantinsuyu en Chile Central Hacia el 800/900 d.C. y hasta la llegada de la cultura inca se desarrolló la cultura Aconcagua, que le dio cierta homogeneidad cultural a los territorios situados

entre los ríos Aconcagua (V Región de Valparaíso) y Cachapoal (VI Región de O’Higgins). Entre otras características culturales se pueden mencionar los cementerios de túmulos (sobre los cuerpos enterrados construían monolitos de piedras), su alfarería denominada “Aconcagua Salmón” con el conocido motivo del trinacrio (figuras geométricas de color negro sobre un fondo de color anaranjado o salmón) y su economía agrícola. Cementerio de túmulos de la Cultura Aconcagua, Bellavista, San Felipe (fotografía José Miguel Santana)

Motivo del trinacrio en la alfarería designada como “Aconcagua Salmón”. Cultura Aconcagua. Chile Central (siglos X-XV d.C.). A pesar de su escasez, se ha registrado cerámica característica de la Cultura Aconcagua en asentamientos Inca o en sus cercanías, cuya datación es de circa 1400 d. C., que corresponde a los inicios de la presencia del Tawantinsuyu en el área. La interpretación de las dataciones del Tawantinsuyu, en el valle de Aconcagua, es coincidente con la de otros investigadores del fenómeno Inca en el Kollasuyu, en el sentido de que la presencia del Tawantinsuyu debe retrotraerse respecto a las fechas tradicionalmente aceptadas. Se ha

planteado que una fecha circa 1400 d. C., para el inicio de la presencia Inca en Chile Central, es coherente e incluso conservadora (Sánchez, R. et al., 2004) Los Incas en Chile Central: Período Agroalfarero Tardío La aparente autonomía del desarrollo cultural de la región de Chile Central tendría a mediados del siglo XV un cambio rotundo, a partir de la incorporación de este territorio y su gente al Imperio Inca o Tawantinsuyu, inaugurándose lo que los arqueólogos denominan Período Agroalfarero Tardío. Como en muchas otras partes de los Andes, este proceso ocurrió de manera bastante rápida y violenta, significando para las poblaciones Aconcagua la pérdida de su independencia política, así como una serie de cambios en su modo de vida. De acuerdo a las crónicas escritas por los españoles, la conquista de estos valles --incluidos lo que los Inkas denominaron el Kollasuyu-- se habría verificado aproximadamente entre 1470 y 1493 d.C., durante el mandato en el Cuzco de Topa Inca Yupanqui. De acuerdo a algunas fuentes, los incas llegaron en su avance hacia el sur hasta las riberas del río Maule, lugar donde su ejército habría sido frenado por las poblaciones que habitaban más al sur. Sin embargo,

las evidencias arqueológicas de este proceso expansivo no son del todo coincidentes con los relatos de los cronistas. Existe una serie de indicios que señalarían que los incas arribaron a Chile Central unos 50 a 80 años antes de lo que indican las fuentes escritas. Por otra parte, los lugares efectivamente ocupados por representantes del Tawantinsuyu sólo se extienden por el sur hasta el Cerro Grande de La Compañía, ubicado tan sólo unos kilómetros al norte de la ciudad de Rancagua. Se desconoce aún cuáles fueron las razones que tuvo el Tawantinsuyu para expandir sus fronteras hasta estas regiones, localizadas a casi 3 mil kilómetros de su capital. Entre las hipótesis que se han manejado se incluye la necesidad constante de incrementar los recursos económicos para un imperio que tenía como principal política económica la distribución de los recursos; los intereses de cada nuevo gobernante inca, quien estaba obligado a forjar su propia riqueza; y la atracción de los recursos mineros de estos territorios. Sean cual fueren las razones que trajeron hasta aquí al Tawantisuyu, el tipo de lugares donde asentaron indica que su presencia en Chile Central estaba vinculada a intereses muy delimitados. A la vez, si bien se pueden encontrar ciertas evidencias que hablan de la estadía en estos territorios de personas venidas directamente del núcleo central del imperio,

aparentemente la mayor parte del trabajo de conquista, así como la posterior ocupación y administración, estuvo en manos de miembros de poblaciones que habían sido en su momento también conquistadas por los incas, especialmente los Diaguitas de los valles del Norte Chico. Una de las principales huellas de esta ocupación fue la construcción de obras viales y arquitectónicas que hasta ese momento eran completamente desconocidas en estas tierras. Especial mención merece el Camino del Inca, red vial que saliendo desde el Cuzco recorría todas las tierras bajo el mando del Inca reinante. Esta red permitía administrar en forma eficiente uno de los Imperios más extensos del mundo, ya que por él viajaban rápidamente las noticias, se desplazaban los ejércitos y servía para el movimiento expedito de los recursos económicos. Este camino contaba con una serie de tambos o posadas, cuya función era prestar asistencia a los mensajeros y caravanas que circulaban entre los diversos puntos del Imperio. Los arqueólogos han encontrado fragmentos de dicho camino principalmente en la cordillera andina al norte del río Mapocho. Las crónicas españolas hablan de que el Camino del Inca llegaba, al menos, hasta la actual ciudad de Santiago, entrando desde el norte por la actual calle Independencia. Se han localizado también algunos de los tambos. Generalmente, éstos

consisten en una serie de recintos rectangulares con muros de piedra y accesos abiertos hacia un pequeño espacio central. Aparte de esta red vial, el dominio de los conquistadores cuzqueños se afianzaba merced a una serie de construcciones defensivas o pucarás, emplazados en las cimas de las colinas, desde donde era posible ver y controlar un amplio espacio. Los pucarás presentan muros defensivos que rodean un reducto localizado en la cumbre, donde, presumiblemente, habitaban guerreros y otros funcionarios que tenían por misión garantizar el dominio de los incas. Los mejor conservados de Chile Central se localizan en el Cerro Chena, cerca de San Bernardo, y en el ya mencionado Cerro Grande de La Compañía. Los incas, sin embargo, no sólo trajeron a su ejército y a sus funcionarios a esta nueva tierra. Trajeron también a sus sacerdotes y con ellos, una serie de ritos y ceremonias que eran parte importante de la religión estatal. La evidencia más clara de este aspecto, está reflejada en los santuarios que fueron erigidos en algunas de las cumbres más elevadas de la cordillera andina. Entre otros ritos, en ellos se realizaron sacrificios de personas en honor a Inti, el Sol. En la cumbre del cerro El Plomo, frente a Santiago, fue encontrado el cuerpo de un niño que, después de haber sido embriagado con chicha, fue

sepultado vivo junto con una serie de ofrendas dentro de una cámara construida en el piso de una plataforma. Igual ceremonia se practicó cerca de la cumbre del cerro Aconcagua, la máxima elevación de los Andes. El Tawantinsuyu trajo también a estas tierras una serie de cambios en materias económicas. La utilización de camélidos domésticos, especialmente la llama, como animales de lana, carne y carga, fue tal vez una de las innovaciones más significativas, ya que todas las evidencias disponibles en la actualidad indican que, con anterioridad al arribo de los incas, sólo existía la captura y amansamiento de guanacos silvestres. Asimismo, la agricultura experimenta un importante impulso con la llegada de técnicas mucho más sofisticadas, tales como mejores sistemas de riego e incluso nuevos cultivos. El impacto de la dominación inca sobre la población local de raigambre Aconcagua, se dejó sentir en distintos ámbitos de su vida. En primer lugar, tuvieron que interactuar directamente con una nueva población, la que si bien puede no haber sido muy numerosa, se encontraba en una situación ventajosa, constituyéndose en fuente de nuevas ideas y costumbres. La alfarería, que anteriormente había constituido un importante medio de expresión de la identidad de la sociedad Aconcagua, incorporó una serie de rasgos propios de las culturas Inca y

Diaguita, proceso que supone la aceptación por parte de la población local de elementos foráneos. A juzgar por la rapidez con que ocurrió, este proceso debió ser forzado por la dominación ejercida por el Estado incaico. Por lo demás, las poblaciones locales debieron pagar impuestos al Tawantinsuyu, en la forma de bienes, especialmente minerales, y por medio de la destinación de mano de obra para las empresas emprendidas por los cuzqueños. La presencia de este Estado expansivo provocó la aparición de estructuras sociales y políticas completamente nuevas. Se instauraron autoridades que ostentaban un poder sobre la sociedad nunca antes conocido, representadas tanto por los administradores de los intereses incas en la región, como por personajes locales que, si bien existían previamente, ahora adquirieron un mayor protagonismo. A la vez, estas diferencias socio- políticas debieron conllevar distinciones económicas y de jerarquía entre los individuos y entre distintos segmentos de la sociedad. Etnohistoria: los incas en Chile central El largo y ceniciento cauce a través del cual el río Maipo desciende y se funde al mar, configuraba hacia

la época final de la dominación cuzqueña en Chile, la frontera austral del Tawantinsuyu. Las indagaciones etnohistóricas ratifican al Maipo como línea fronteriza efectiva entre incas y "aucas" chilenos. Las excavaciones que se llevan a cabo en la fortaleza del cerro La Compañía, cercano al río Cachapoal, replantean el problema relativo al punto máximo que alcanzó la expansión meridional del Tawantinsuyu. Sin embargo, de ninguna manera cuestionan de modo definitivo la posición de la frontera tardía del Imperio. En Chile central, después de la muerte de Huayna Capac, la expansión meridional del Tahuantinsuyu debió estancarse. Las querellas posteriores trocaron ese marasmo en deterioro. Parece pues indudable que en el reinado de Huáscar la frontera austral se marchita y fenece. Antes que alcanzara ese punto, la geografía política de Chile Central supeditada al incanato mostraba tres focos de implantación. Cada uno aparecía dotado de rango y funcionalidad política diversas. La primera de aquellas jurisdicciones se situaba en el valle de Chile (Valle del Aconcagua); éste sirvió de sede al núcleo dirigente encabezado por Quilicanta o Quilacanta, el más alto personero cuzqueño residente en el centro del país. Ese dato acentúa la primada que Aconcagua tenía en la distribución regional de poder. La segunda demarcación, localizada en el Mapocho y su entorno, en un primer momento careció de un rango político equiparable al de Aconcagua. Después de 1536 sirvió de asiento a la cúpula del incanato que se trasladó a

su perímetro. Pronto se erigió en contrapeso de las autoridades locales de Aconcagua, por entonces alzadas contra aquellas que representaban al Tawantinsuyu. Antes de este conflictivo episodio, el Mapocho y sus términos parece haber constituido un activo centro de mitmaj o mitimaes (que eran grupos de familias confiables y fieles al Imperio inca, trasladadas por este hacia las zonas de población conquistada) y funcionarios estatales (Téllez, 2001). La tercera y última faja, comenzaba al sur del radio mapochino, extendiéndose hasta la ribera meridional del Maipo. A lo largo y en las inmediaciones de ese cauce se eslabonaban algunos emplazamientos defensivos, poblados y núcleos mineros (actual San José de Maipo) de frontera. Esta franja constituía el área de seguridad en el borde ulterior del Collasuyo. Marcaba el paréntesis de separación entre el Chile incanizado y el transpaís alzado contra el imperio (Téllez, 2001). Sin duda, la empresa de Pizarro estimuló en las provincias periféricas del imperio tendencias separatistas. Chile y otras regiones del Collasuyo no fueron excepción en ello. En Chile Central una hostilidad creciente comienza a ganar a los nativos frente a los peruanos afincados en el suelo ancestral. No en vano el gobernador Quilicanta, sus mitimaes y "gentes de presidio" (Téllez, 2001), entre las que se

encontraban tropas o “gentes de guarnición” residiendo en las fortificaciones (De Ramón, 2000: 14, nota 1) nota 1 En primer lugar, destacamos que los incas nombraron un gobernador en Aconcagua llamado Quilacanta o Quilicanta, el cual habría tenido a su c a r g o “ g e n t e de guarnición” y colocaron otro en la cuenca de Santiago llamado Vitacura, a cargo de “gente de presidio”. El primero habría tenido como función representar a la autoridad imperial, mientras que el segundo debía estar a cargo de la administración de los mitimaes. Ambos serían cuzqueños y la traída de mitimaes significaría la acción colonizadora más importante ejercida por los conquistadores…incas…en la cuenca de Santiago (De Ramón, 2000 :14). se ven obligados a desalojar el valle del Aconcagua, después de 1536. A ello lo fuerzan el hostigamiento de las poblaciones locales acaudillados por Michimalongo, antiguo curaca del valle. Es evidente aquí un sordo resentimiento étnico dirigido hacia los resabios de una dominación que otrora fue resistida en Aconcagua. Se trata de una abierta insubordinación

contra la autoridad tradicional del inca, encarnada en sus personeros. Esta vez en la misma retaguardia de las avanzadas peruanas encargadas de una labor de gendarmería en la explosiva frontera meridional del Tawantinsuyu (Téllez, 2001). La merma del potencial militar incaico es visible. Se nota en la imposibilidad de Ouilicanta y sus huestes para sostenerse en el Valle de Chile (Valle del Aconcagua). Son compelidos a replegarse al Mapocho. Sin embargo, allí el porvenir de la colonia se mostraba incierto. Vivar cuenta cómo al arribo de Valdivia se libraba una guerra "muy trabada" entre los jerarcas de Aconcagua y Mapocho. Mientras sucedía esto, las estructuras defensivas de la línea del Maipo se habían disipado. El "pueblo" inca y el puente cercanos a la Angostura se encontraban devastados. Las fuerzas cuzqueñas y sus aliados locales se hallaban aglutinados en el valle del Mapocho, defendiéndose del ataque de los aconcagüinos. En suma, habían perdido el magnífico Valle de Chile y el tradicional cordón defensivo que los protegía de los insumisos del sur. Como probaron en la misma época, los ejércitos promaucaes estaban en posición de trasponer el Maipo e ingresar en el mismo radio del Mapocho (Téllez, 2001). Los efectivos de Quilicanta constituían, por tanto, el último anillo incásico subsistente en Chile Central. Contrariamente a lo afirmado en orden a que la zona al

sur de la Angostura se encontraba en proceso de conquista por el incario, el movimiento de fuerzas sigue una dirección inversa. Eran los "aucas" de la orilla austral del Maipo, de consuno o por separado de Aconcagua, quienes estaban en posición de asediar los últimos reductos incas del Mapocho, e incluso, de ponerlos en riesgo. Acaso por ello es que Ouilicanta se animó a pactar alianza con Valdivia en los comienzos. Si más tarde se volvió contra éste, fue porque las condiciones objetivas se habían tornado propicias a un entendimiento político con aconcaguas y promaucaes. A unos y otros les interesaba ahora degollar a los españoles más que a los peruanos. Todo el conjunto étnico comarcano se inclinaba a formar liga contra los blancos y extirparlos de raíz. Quilicanta vislumbró aquí la posibilidad de hacer saltar el yugo hispano y restablecer el equilibrio político local, ingresando en la coalición. En una palabra: traicionar a Valdivia. Se jugó en ello el doble o nada. Obtuvo únicamente lo último. La espada de Inés Suárez, como sabemos, lo arrancó de esta vida durante el masivo ataque indígena a Santiago, en 1541. Con su extinción abandonó la escena el último gran caudillo cuzqueño en la extremidad sur del Collasuyo, si excluimos a Vitacura (Téllez, 2001). Antes que la muerte lo tomara, Quilicanta poseía todavía un contingente respetable a su vera. Conservaba, además, parte del prestigio que su linaje de noble cuzqueño le acordaba. Tanto es así que

contaba con la nada despreciable lealtad de 11 relevantes caciques mapochinos y sus parcialidades respectivas. Disponía asimismo de fuerza armada propia. Parte de ella -unos 400 hombres escogidos- fue ofrecida por el noble cuzqueño a Michimalonco, una vez que se determinó a confabularse contra Valdivia. Pero el fasto y el poder de ayer habían pasado de este mundo. Descubierto y prisionero ni su condición nobiliaria ni su capacidad negociadora pudieron evitar que se le decapitara (Téllez, 2001). La presencia inca y mapuche en los valles del Mapocho y del Aconcagua a la llegada de los europeos Los Primeros Capitalinos no fueron los Españoles. Cuando Valdivia llegó a lo que hoy conocemos como Santiago, se encontró con una población indígena cercana a las 25 mil personas. Eran predominantemente mapuches, pero había también tribus traídas por los incas desde Perú. Se encontraban divididos en dos grandes bandos: Los habitantes del Valle del Mapocho, liderados por los caciques Quilicanta y Atepudo (que eran fieles al imperio inca) y los habitantes del Valle de Aconcagua (originales de la región), que eran dirigidos por los curacas Michimalonco y Tanjalonco. Estos pueblos no construyeron grandes aldeas. Concentraron los

asentamientos en las riberas del río Mapocho (para poder mantener sus cultivos) y de él sacaron un canal que regó el área de Conchalí, en las faldas del cerro San Cristóbal. Si nos fijamos en el área que luego se convertiría en Santiago, los aborígenes establecieron los poblados de Vitacura, Ñuñoa, Tobalaba, Macul y Apoquindo. Un poco más lejos, estaban Lampa, Aculeo, Calera de Tango, Talagante, Melipilla y Pomaire, por nombrar algunos. Aparentemente, el valle del Marga-Marga debió estar originalmente bajo la jurisdicción de Tanjalonco [“Cabeza Partida”], que mandaba sobre las tierras del valle del Aconcagua probablemente desde las puntillas del Romeral y la Calavera hacia el mar. Michimalonco [“Cabeza Antorcha”] era el señor de las tierras situadas aguas arriba de dichas puntillas, siguiendo más o menos la línea que separaba los dos antiguos corregimientos en que los españoles dividieron el valle (nota 2). (nota 2): “Los señores de este valle son dos: el uno Tanjalongo; éste manda de la mitad del valle a la mar; el otro cacique se dice Michimalongo; éste manda y señorea la mitad del valle hasta la sierra. Éste ha sido el más temido señor que en todos los valles se ha hallado”. Jerónimo de Vivar. Crónica y relación copiosa y verdadera de los reynos de Chile.

Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina. Santiago de Chile, 1966. Pág. 38 Tanjalonco y Michimalonco, al decir de don Gerónimo de Bibar, el cronista hispano, eran hermanos. Y también serían hermanos de estos dos Naglonco [“Cabeza Inclinada”], señor de Maipo —área del valle de Aconcagua— y Painelonco [“Cabeza Azul”]. El padre de estos habría tenido excelentes relaciones con Quilicanta, gobernador inca de Quillota. Michimalonco habría nacido hacia 1500, y quizás entre 1514 y 1518 estuvo en la Corte quechua, en el Cuzco, aprendiendo no sólo la lengua quechua, sino que siendo educado en los usos y costumbres quechuas e incluso recibiendo al menos rudimentos de lo que era la organización y funcionamiento del Imperio bajo el reinado de Huayna Cápac. Parece ser que el padre de estos Lonco falleció antes de 1530. Después de la muerte de su padre, Michimalonco habría sido investido como curaca o jefe local de la parte superior del valle de Aconcagua. Michimalonco se hizo con el poder efectivo en el valle, desde la cordillera de El Melón hasta la serranía de la cuesta de Chacabuco al menos. Parece ser que el poder efectivo, o al menos la influencia, de Michimalonco se extendió hasta el valle de Casablanca. Retiradas las fuerzas imperiales quechuas de ocupación comandadas por un primo del Inca Huáscar a consecuencias de la guerra civil que enfrentó a Atahualpa y a su hermano Huáscar en una lucha

fratricida por el dominio de todo el Tawantinsuyu, se encendió el levantamiento entre la población picunche de Aconcagua y otras áreas. Sin embargo, quedaron bolsones de presencia incásica en la forma de tropas en los valles de Maipo y Aconcagua, lo que permitió al gobernador Quilicanta mantener el dominio. Se han descubierto las ruinas de numerosos pukarás en esta región, evidencias de la ocupación quechua, y desde los cuales se podía mantener el dominio de los valles. Tras el arribo del Adelantado, don Diego de Almagro, se produjo una situación especialmente delicada, que terminó con el gobernador Quilicanta y su corte y los efectivos guerreros que le permanecieron fieles forzados a abandonar Quillota y a establecerse finalmente, en su huida, en Colina. Desde allí no cejó en su propósito de combatir a los hermanos Lonco, haciéndoles la guerra, Comprendiendo Michimalonco el odio que le tenía, pretendió liquidarlo. Esto determinó un constante estado de guerra que se prolongaría hasta la conquista española del territorio, efectuada por Valdivia. BIBLIOGRAFIA GENERAL Coros C. y C. Coros V. El camino del inca en la cordillera de Aconcagua. Revista El Chaski 1:5-80.1999.

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Artículo: “Topografía y Astronomía: dos herramientas de apoyo en Arqueología”. Pucará Incaico de Chena (Región Metropolitana de Santiago de Chile). Autor: Maxime Boccas Recopilación textual por: Antonio Brunet Merino El pucará de Chena se encuentra en una ramificación sur del llamado cordón de Chena (orientado globalmente este-oeste). El sitio ha sido analizado y documentado principalmente por Stehberg (1976) que concluye, en base a varios argumentos -de los cuales sobresale la ubicación estratégica-, que este recinto tuvo una función militar. En los últimos años, se ha demostrado (Boccas et al. 2000) que este lugar podría haber sido también un centro ceremonial, de donde se realizaban observaciones del solsticio, y por otra parte que la selección del sitio podría haber sido influenciada principalmente por este último argumento y no un criterio de tipo bélico.

La observación parte del aparente diseño zoomorfo del pucará, lo que lo asocia a la familia de sitios incaicos con esta característica. Al comparar el plano arquitectónico del recinto de Chena con el de los sitios incaicos de Chile Central (Stehberg, 1995), se destaca la forma del trazado que asemeja a un mamífero (¿un puma?), visible también desde la cumbre del cerro Chena. La pequeña cantidad de muros hace la asociación de formas más fácil que en el caso controvertido de Cuzco. Además, debemos recordar que la existencia de tres espacios separados en el sitio (primera muralla perimetral, segunda muralla perimetral y recintos centrales) podrían reflejar la tripartición sugerida en el famoso diagrama del cronista nativo nacido en el reino aimara de los collas Pachacuti Yamqui, donde se aprecia una zona inferior, una zona terrestre, y una zona celeste. La interpretación de Rowe (1967) acerca de la forma de puma de la capital incaica, Cuzco, ha sido rechazada por Zuidema (1985) que afirma que la descripción original del cronista español Betanzos era metafórica. Otros autores han descrito los diseños zoomorfos de lugares incaicos, entre los cuales vale la pena destacar el valioso trabajo de Elorrieta y Elorrieta (1996) que descubrieron varios sitios en los alrededores de Ollantaytambo. Esos lugares se caracterizan, además, por ser arqueoastronómicos (Boccas, 2004).

Stehberg (1995) describe lo que parece ser un ushnu (nota 1) en un rincón del recinto principal del pucará, lo que da obviamente mucho peso a un uso ritual del lugar, tal como Zuidema (1989) lo ha analizado detalladamente. En particular, Zuidema menciona las fiestas celebradas al solsticio de Diciembre en Cuzco, ciudad situada en la cuenca del río Huatanay, afluente del río Urubamba (llamado en quechua, Willcamayu, “río sagrado”) con trajes en piel de puma, para celebrar la llegada de la lluvia. (nota 1) El Ushnu es una construcción o plataforma en forma de pirámide que usaba el Inca o el representante del Inca para presidir las ceremonias más importantes del Tawantinsuyu. El Ushnu es una pieza fundamental de la arquitectura urbanística Inca, así como una herramienta política, religiosa y social de gran importancia. El Ushnu era también un importante punto de encuentro entre los dirigentes incas y las poblaciones de los nuevos territorios conquistados; en él se llevaban a cabo los ritos y las observaciones astronómicas que servían para consolidar el poder de la administración Inca. Se ha comprobado la posición de ciertos Ushnus incas en relación directa con distintas posiciones del sol y las estrellas. De este modo, estos altares eran un

punto sagrado donde el Inca podía ejercer su posición como intermediario entre los tres mundos: Hanan Pacha, Kay Pacha y Uku Pacha, es decir, el mundo de arriba representado por los dioses y los astros, el mundo de los hombres, del aquí donde se oficia el vínculo ceremonial, y el mundo del subsuelo, mundo de los muertos y también de todo aquello que se encontraba bajo la superficie terrestre, al que los hombres acceden a través de las ofrendas que se filtran en la tierra. Ushnu de Sacsayhuaman, plataforma baja por estar rodeada de terrazas que facilitaban la visibilidad de los espectadores. Construido de piedra.

Ushnu de Vilcashuamán. Ya se ha mencionado que se realizaban observaciones astronómicas desde el ushnu de Cuzco. La puesta del sol del solsticio de invierno ocurre en un punto "clave" desde el ushnu de Chena: la intersección del horizonte más cercano (el cordón de Chena) y del más lejano (cordillera de la Costa) (Boccas, 2004). Además, en esta dirección precisa (Figura 1) se encuentra la cumbre del cerro más alto (1.166 msnm) que culmina al sur de

la cuesta Zapata (mapa Instituto Geográfico Militar, Santiago 3300-7030 a escala 1:250.000). Este detalle podría no ser una coincidencia, sino un requisito topográfico importante, debido a la asociación conocida de los cerros altos con el culto al agua en varias culturas (Broda 1991). Figura 1. Pucará de Chena. Foto del punto preciso de puesta de sol del solsticio de invierno; se encuentra en la intersección de dos horizontes (marcador natural) y sobre una cumbre alta (simbolismo andino). (Boccas, 2004) Curiosamente, la puesta del sol se puede observar igualmente en la intersección de los dos horizontes desde las dos puertas de acceso en

los dos muros perimetrales del pucará (Figura 2) (Boccas,2004), sugiriendo así que distintos grupos de personas, probablemente según su rango social, podían realizar la observación del solsticio en forma similar a las prácticas en la Isla del Sol. Figura 2. Pucará de Chena: observación del solsticio. (Boccas, 2004) El amanecer del solsticio de verano (Figura 3) sucede también en la intersección de dos

horizontes (Boccas,2004) (a pesar que el efecto no es tan dramático como el caso anterior): el cerro La Calera (928 msnm) al sur de Calera de Tango y, al sur de Talagante, la parte occidental del cordón de Yerbas Buenas (cerro Poca Pena, 1.242 msnm). La importancia del solsticio de Junio sobre el de Diciembre en el valle central de Chile se explica por el hecho que indica el inicio de la estación de las lluvias (Boccas,2004). Figura 3. Pucará de Chena: horizonte occidental. (Boccas, 2004) Aveni (1989) explica la importancia del paso del sol por el cenit en las creencias incaicas y la existencia de alineamientos solares hacia este momento. Además demuestra que la fecha a la cual el sol pasa por el nadir (el anticenit) también era conocida, y formaba un

eje temporal con el paso por el cenit. Aveni descubrió, en la ciudad incaica de Huanuco Pampa, dos edificios importantes cuya orientación es notoriamente diferente del resto de la ciudad: se alinean con el eje cenit- anticenit, lo que denomina posteriormente el "tiempo estándar de Cuzco", pues sugiere que los incas, al no poder aplicar los mismos criterios temporales en todo su imperio (pasado los trópicos, el sol no pasa nunca por el cenit -caso de Chena-), tenían que mantener una coherencia calendárica entre lugares remotos de su imperio y la capital. En Chena, no se ha visto este tipo de alineamiento hacia el "huso horario de Cuzco". En conclusión, la construcción de Chena podría haber sido motivada, en el contexto de una conquista militar local ya avanzada, en primer lugar por la necesidad de establecer una especie de copia local de Cuzco (Boccas, 2004), donde se podrían duplicar ciertas actividades ligadas al dominio del tiempo, por ejemplo, que serían de gran importancia para consolidar el (casi) extremo sur del Tawantinsuyu (Boccas, 2004). Consecuentemente, Chena podría haber sido elegido geográficamente por ser un sitio de donde la observación solsticial iba a ser no solamente fácil (existe un marcador natural en el horizonte), sino de acuerdo a criterios sagrados importantes

en el mundo andino (Boccas, 2004),para lo cual esta ramificación del cordón Chena cumple más exigencias que otros cerros, al igual o más estratégicos que Chena para un uso solamente militar, en el valle de Santiago y las cercanías inmediatas del pucará (ver mapa Instituto Geográfico Militar, San Bernardo 5-04-05-00066-00 a escala 1:50.000). Bibliografia Boccas, Maxime.2004 Topografía y Astronomía: dos herramientas de apoyo en Arqueología. Chungará, vol.36 supl, p.1037-1048, Arica. Boccas, M., P. Bustamante, C. González y C. Monsalve. 2000 Promising archaeoastronomy investigations in Chile. Oxford VI and SEAC 99: Astronomía y Diversidad Cultural, Vol. 1:115-123. Organismo Autónomo de Museos del Cabildo de Tenerife, Tenerife.

Aveni, A. 1989 Empires of Time. Kodansha America Inc., New York. Broda, J. 1991 Cosmovisión y observación de la naturaleza: el ejemplo del culto de los cerros en Mesoamérica.En Arqueoastronomía y etnoastronomía en Mesoamérica, editado por J. Broda, S. Iwanizewski y L. Maupomé, pp. 461-500. Universidad Nacional Autónoma de México, México D.F. Elorrieta, F. y E. Elorrieta 1996 El Valle Sagrado de los Incas, Mitos y Símbolos. Ediciones Sociedad Pacaritampu Hatha, Cuzco. Rowe, John H. 1967 What kind of settlement was Inca Cuzco?. Ñawpa Pacha 5:59-77. Institute of Andean Studies, Berkeley, California. Stehberg, R. 1976 La fortaleza de Chena y su relación con la ocupación incaica de Chile central. Publicación Ocasional. Museo Nacional de Historia Natural 23:3-37, Santiago de Chile.

Stehberg, R. 1995 Instalaciones Incaicas en el Norte y Centro Semiárido de Chile. Colección de Antropología II. Ediciones del Centro de Investigaciones Diego Barros Arana (DIBAM), Santiago de Chile. Zuidema, R.T. 1985 The lion in the city: royal symbols of transition in Cuzco. En Animal, Myths and Metaphors in South America, editado por Gary Urton, pp. 183-250. University of Texas Press, Salt Lake City. Zuidema, R.T. 1989 El ushnu. En Reyes y Guerreros: Ensayos de Cultura Andina, compilado por Manuel Burga, pp. 402-454. Ediciones Fomciencias, Lima.

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