Mièrcoles de Ceniza - Inicio de la Cuaresma - Dom Prosper Guèranger

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Published on March 5, 2014

Author: Pedroromano0

Source: slideshare.net

MIERCOLES DE CENIZA I n v it a c ió n del P r o f e t a . — Hervía ayer el mundo en los placeres, y los mismos cristianos se entregaban a expansiones perm itidas; mas y a de m adrugada h a resonado a nuestros oídos la trom ­ peta sagrada de que nos habla el Profeta Anuncia la solemne apertura del ayuno cuares­ mal, el tiempo de expiación, la proximidad más inminente de los grandes aniversarios de nues­ tra Redención. Arriba, pues, cristianos, preparé­ monos a com batir las batallas del Señor. A r m a d u r a e s p i r i t u a l . — En esta lucha, empe­ ro, del espíritu contra la carne, hemos de estar armados, y he aquí que la Iglesia nos convoca en sus templos para adiestrarnos en los ejercicios, ' Véanse las reflexiones que siguen a la E pístola.

en la esgrima de la m ilicia espiritual. S. Pablo nos ha dado ya a conocer al pormenor las partes de nuestra defensa: “ Ceñidos vuestros lomos con la verdad, revestida la coraza de la justicia, y calzados los pies prontos para anunciar el Evan­ gelio de la paz. Embrazad en todo momento el escudo de la fe y la esperanza de salvaros por yelmo que proteja la cabeza” 1. El Príncipe de los Apóstoles viene por su parte a decirnos: “ Cristo padeció en la carne, armáos tam bién vosotros del mismo pensam iento”2 L a Iglesia nos recuerda . hoy estas enseñanzas apostólicas, pero añade por su parte otra no menos elocuente, haciéndonos subir h asta el día de la prevaricación, que hizo necesarios los combates a que nos vamos a en­ tregar, las expiaciones que hemos de pasar. E n e m i g o s c o n q u i e n e s h e m o s d e l u c h a r . — Dos clases de enemigos se nos enfrentan decididos: las pasiones en nuestro corazón y los demonios por de fuera. El orgullo ha acarreado este desor­ den. El hombre se negó a obedecer a Dios. Dios le h a perdonado, con la dura condición de que h a de'm orir. Le dijo, pues: “Polvo eres, hombre, y en polvo te volverás” 3 ¡Ay! ¿cómo olvidamos . este saludable aviso? Hubiera bastado sólo él para fortalecernos contra nosotros mismos per­ suadidos de nuestra nada, no nos hubiéramos ' E vh, VI, 16. ? I S. Pedro, IV, 1. 3 G e »., III, 19.

atrevido a quebrantar la ley de Dios. Si ahora queremos perseverar en el bien, en que la gracia de Dios nos restableció, humillémonos, aceptemos la sentencia y consideremos la vida como sende­ ro más o menos corto que acaba en la tumba. Con esta perspectiva, se renueva todo, todo se explica. L a bondad inmensa de Dios que se dignó amar a seres condenados a la muerte se nos presenta todavía más admirable; nuestra insolencia y nuestra ingratitud contra quien desafiamos en los breves instantes de nuestra existencia nos parece cada vez más para sentida, y la repara­ ción que podemos hacer y que Dios se digna aceptar, más puesta en razón y salutífera. I m p o s i c i ó n d e l a c e n i z a . — Este es el motivo que decidió a la Iglesia, cuando juzgó oportuno anticipar de cuatro días el ayuno cuaresmal, a iniciar este santo tiempo, señalando con ceniza la fren te culpable de sus hijos y repitiendo a ca­ da uno las palabras d el,Señor que nos conde­ nan a muerte. El uso, sin embargo, como signo de hum illación y penitencia, es muy anterior a la presente institución y la vemos practicada en la antigua alianza. Job mismo, en el seno de la gentilidad, cubría de ceniza su carne herida por la mano de Dios, e imploraba de este modo su m isericordia 1. Más tarde el salm ista en la con­ trición viva de su corazón, mezclaba ceniza con ' Job, X V I, 16.

el pan que comía y análogos ejemplos abundan en los Libros históricos y en los Profetas del An­ tiguo Testamento. Y es que vivam ente sentían entonces ya la relación que h ay entre ese polvo de un ser m aterialm ente quemado y el hombre pecador, cuyo cuerpo ha de ser reducido a polvo al fuego de la divina justicia. P ara salvar por de pronto al alma, acudía el pecador a la ceniza y reconociendo su triste fraternidad con ella, se sentía más a resguardo de la cólera de Aquel que resiste a los soberbios y tiene a gala perdonar a los humildes. — El uso litúrgico de la ceniza el miércoles de Quincuagésima, no pare­ ce haberse dado en los comienzos a todos los fie­ les, sino tan sólo a los culpables de los pecados cometidos a la penitencia pública de la Iglesia. Antes de Misa se presentaban en el templo don­ de todo el pueblo se hallaba congregado. Los sa­ cerdotes oían la confesión de sus pecados, y des­ pués los cubrían de cilicios y derram aban ceni­ za en sus cabezas. Después de esta ceremonia clero y pueblo se postraban en tierra y rezaban en voz alta los siete salmos penitenciales. Tenía lugar después la procesión en la que los peniten­ tes iban descalzos; a la vuelta eran arrojados solemnemente de la Iglesia por el Obispo que les decía: “ Os arrojam os del recinto de la Iglesia por P e n it e n t e s p ú b l ic o s . 1 Ps. CI, 10.

vuestros pecados y crímenes, como Adán, el p ri­ mer hombre fué arrojado del paraíso por su desobediencia.” Cantaba a continuación el clero algunos responsorios sacados del Génesis, en los que se recordaban las palabras del Señor, que condenaban al hombre al sudor y trabajo en es­ ta tierra ya m aldita. Cerraba en seguida las puertas de la Iglesia. Y los pecadores 110 debían pasar sus umbrales hasta volver Jueves Santo, a recibir con solemnidad la absolución. E x t e n s i ó n d e l r i t o l i t ú r g i c o . — Después del siglo x i empezó a caer en desuso la penitencia pública; en cambio, la costumbre de imponer la ceniza a todos los ñeles este día, llegó a genera­ lizarse y se ha clasificado entre las ceremonias esenciales de la Liturgia rom ana 1. Antiguam en­ te se acercaban descalzos a recibir este aviso de la nada del hombre, y aun en pleno siglo x n el mismo Papa salía de S an ta Anastasia a Santa Sabina donde se celebraba la Estación y hacía el recorrido descalzo, lo mismo que los Cardena les de su cortejo. La Iglesia héf cedido en e s t í se­ veridad exterior, sin dejar de tener estima g ran ­ 1 N o es fácil d eterm in ar la fe ch a ex a cta en que se llevó a ca b o esta evolución. S ólo sabem os que en el C on cilio de B enevento en 1091, U rbano II la hizo o b lig a to ria para tod os los fieles. L a cerem on ia actual va detallada en los Ordines del sig lo x n ; las antífonas, re sp o n so rio s y oracion es de la ben d ición de la ceniza, estaban y a en uso entre el sig lo v iii y x .

de de los sentim ientos que tan imponente rito debe producir en nuestras almas. Como acabamos de insinuar, la estación en Roma se celebra hoy en S an ta Sabina, sobre el Monte Aventino. Bajo los auspicios de esta santa m ártir se inicia la penitencia cuaresmal. Empiezan las sagradas ceremonias por la ben­ dición de la ceniza. Proceden de los ramos ben­ ditos el año anterior el, domingo antes de Pascua. La bendición que reciben en este nuevo estado tiene por finalidad hacernos más dignos del mis­ terio de contrición y hum ildad que ha de signi­ ficar. Canta el coro en primer lugar esta antífona que implora la misericordia divina. A N TIFO N A Escúchanos, Señor, porque tu m isericordia es be­ n ign a: míranos, Señor, según la m uchedum bre de tus misericordias.-— Salm o: Sálvam e, oh Dios, porque las aguas h a n penetrado h a sta mi alm a. Y. G loria a l P a ­ dre. Escúchanos... El sacerdote teniendo en el altar la ceniza, pide a Dios las haga instrumento de santifica­ ción en favor nuestro. O R A C IO N O m nipotente y sempiterno Dios, perdona a los pe­ nitentes, sé propicio con los suplicantes: y d ígn ate en­ viar desde el cielo a tu Angel, el cual ben + diga, y san ti t fique estas cenizas, para que sean saludable rem e­ dio a todos los que im ploren hum ildem ente tu santo

nombre, a los que se confiesen de sus pecados y a los que lloren sus crímenes delante de tu m ajestad o in vo­ quen rendida y porfiadam ente tu serenísim a piedad; y haz que, por la invocación de tu santísim o nombre, todos los que fueren signados con ellas, p ara redención de sus pecados, alcan cen la salud del cuerpo y la tu tela del alm a. Por Cristo, Nuestro Señor. R'. Amén. O R A C IO N O h Dios, que no deseas la muerte, sino la penitencia de los pecadores: contem pla begnísimo la fragilid ad de la condición hu m an a; y dígnate, por tu piedad, ben t decir estas cenizas, que vam os a im poner sobre nues­ tra s cabezas, para profesar hum ildad y alcanzar el perdón: a fin de que, puesto que nos reconocemos ce ­ niza y que, por cau sa de nuestra depravación, nos h e ­ mos de convertir en polvo, merezcam os alcanzar m i­ sericordiosam ente el perdón de todos los pecados y los premios prometidos a los penitentes. Por Cristo, N ues­ tro Señor. I?. Amén. O R A C IO N O h Dios, que te doblegas con la hum illación y te aplacas con la satisfacción: inclina a nuestras preces el oído de tu piedad; y derram a propicio la gracia de tu bendición sobre las cabezas de tus siervos, signadas con la unción de estas cenizas: para que los llenes del espíritu de compunción, y les concedas eficazmente lo que ju stam en te te pidieren, y les conserves perpetua­ m en te firme e in tacto lo que les hubieres concedido. Por Cristo, Nuestro Señor. R'. Am én. O R A C IO N O m nipotente y sempiterno Dios, que concediste los remedios de tu perdón a los N inivitas, que hicieron pe­

n itencia con ceniza y cilicio: h az que los im item os de ta l modo en el hábito, que consigam os tam bién el per­ dón. Por el Señor. Después de las oraciones, aspergea el sacer­ dote con agua bendita la ceniza y la inciensa. Acabada la incensación recibe él mismo la ceniza en la cabeza de manos del sacerdote más digno; este la recibe a su vez del celebrante, quien des­ pués de haberla impuesto a los ministros del a l­ tar y demás clero, la distribuye sucesivam ente al pueblo. Cuando se acerque el sacerdote a señalaros con el sello de la penitencia, acepta sumiso la sentencia de muerte que Dios mismo pronuncia­ rá sobre ti al decirte: “ Acuérdate, hombre, que eres polvo y en polvo te volverás.” Humíllate y recuerda que por haber querido ser como dioses, prefiriendo tu capricho al querer de tu Señor, has sido condenado a morir. Pensemos en la in a ­ cabable secuela de pecados que añadimos al de Adán, y admiremos la clemencia de Dios que se contentará con una sola muerte por tantas re ­ beldías. Mientras se distribuye la ceniza canta el co­ ro las dos antífonas y responsorios siguientes: A N T IF O N A S Mudem os el vestido en ceniza y cilicio: ayunemos, y lloremos an te el Señor: porque nuestro Dios es m uy misericordioso para perdonar nuestros pecados.

E ntre el vestíbulo y el altar llorarán los sacerdotes, ministros del Señor, y dirán: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo: y no cierres, Señor, las bocas de los que te cantan. R E S P O N S O R IO I?. M ejorem os lo que pecamos por ignorancia: no sea que, sorprendidos por el día de la muerte, busque­ mos espacio p ara la penitencia, y no podam os h a ­ llarlo. * Atiende, Señor, y ten com pasión: porque hemos pecado con tra ti. y. Ayúdanos, oh Dios, S alvad or nuestro: y, por el honor de tu nombre, líbranos, Señor. * Atiende, S e ­ ñor. Y. G loria al Padre. Atiende, Señor. Term inada la distribución de la ceniza canta el preste la oración siguiente: O R A C IO N Concédenos, Señor, la gracia de com enzar con san ­ tos ayunos la carrera de la m ilicia cristiana: para que, a l lu char con tra los espíritus m alignos, seamos prote­ gidos con los auxilios de la continencia. Por Cristo, N ues­ tro Señor, ft’. Amén. MI SA Alentada por el acto de humildad que acaba de realizar, el alm a cristiana se llena de ingenua confianza h acia Dios misericordioso; se atreve a recordarle su amor para con los hombres que h a creado, y la longanim idad con que se dignó es­ perar su vuelta a El. Estos sentim ientos son tem a

del Introito cuyas palabras están sacadas del li­ bro de la Sabiduría. IN T R O IT O T e compadeces, Señor, de todos, y no odias n ad a de lo que has hecho, disim ulando los pecados de los h om ­ bres por su penitencia, y perdonándoles: porque tú eres el Señor, nuestro Dios. — Salm o: T en piedad de mí, oh Dios, ten piedad de m í: porque en ti con fía mi alm a. J . G loria al Padre. Pide en la colecta la Iglesia a favor de sus hijos, que la saludable práctica del ayuno sea acogida por ellos con sincera complacencia y que en ella perseveren p ara bien de sus almas. COLECTA Concede, Señor, a tus ñeles la gracia de com enzar con sincera piedad la veneranda solemnidad de estos ayunos y de continuarla con segura devoción. P or el Señor. E PISTO LA Lección del P ro fe ta Joel. Esto dice el Señor: Convertios a m í de todo vuestro corazón, en ayuno, y en lloro, y en llanto. Y rasgad vuestros corazones, y no vuestros vestidos, y conver­ tios al Señor, vuestro D ios: porque es benigno y m ise­ ricordioso, pacien te y de m u ch a misericordia, y supe­ rior a toda m alicia. ¿Q uién sabe si se volverá, y per­ donará, y d eja rá en pos de sí bendición, sacrificio y libación al Señor, D ios vuestro? T o ca d la trom peta en Sión, santificad el ayuno, lla m ad a concilio, congregad el pueblo, santificad la asam blea, reunid a los ancianos,

ju n ta d a los niños y a los que m am an: salga el esposo de su lecho, y la esposa de su tálam o. E n tre el vestí­ bulo y el a lta r llorarán los sacerdotes, ministros del Señor, y dirán: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo: y no des tu herencia al oprobio, para que les dominen las naciones. ¿Por qué dicen en los pueblos: Dónde está su Dios? El Señor am ó su tierra, y perdonó a su pue­ blo. Y respondió el Señor y d ijo a su pueblo: H e aquí que yo os daré trigo, y vino, y aceite, y os llenaréis de ellos: y no os haré y a m ás el oprobio de las gentes: lo dice el Señor omnipotente. E f i c a c i a d e l a y u n o . — Este magnífico paso del Profeta nos descubre la im portancia que el Se­ ñor da a la expiación por el ayuno. Cuando el hombre contrito por sus pecados mortifica su carne, Dios se aplaca. El ejemplo de Nínive lo demuestra; perdona el Señor a una ciudad infiel por el solo hecho de que sus habitantes im plora­ ban su compasión bajo la librea de la penitencia; pues, ¿qué no hará a favor de su pueblo, si acierta a ju n tar a la inmolación del cuerpo el sacrificio del corazón? Entremos, pues, animosos en el sendero de la penitencia; y si la mengua de los sentimientos de fe y tem or de Dios am ena­ zan, al parecer, acabar en derredor nuestro p rác­ ticas tan antiguas como el cristianismo, Dios nos libre de entrar por las veredas del relajam iento tan pernicioso al conjunto de las costumbres cris­ tianas. Recapacitemos, sobre todo, en nuestros compromisos personales con la divina justicia; ella nos condonará los deslices y castigos que m e­

recen en la medida que pongamos solícito em ­ peño en ofrendarle la satisfacción a que tiene pleno derecho. Continúa la Iglesia desahogando en el G ra­ dual los vivos sentim ientos de confianza en Dios bondadosísimo, y cuenta en la felicidad de sus hijos que sabrán aprovechar los medios con que los brinda para desarmar su enojo. El Tracto es una hermosa plegaria de David; repítela la Iglesia tres veces por sem ana durante la Cuaresma, y de ella se sirve p ara apaciguar la cólera de Dios en tiempos calamitosos. GRADUAL T e n piedad de mí, oh Dios, ten piedad de m í: por­ que en ti confía m i alm a. Y. Vino del cielo, y me li­ bró: llenó de oprobio a los que me pisoteaban. TR ACTO Señor, no nos pagues según los pecados que hemos com etido: ni según nuestras iniquidades. Y. Señor, no te acuerdes de nuestras antiguas iniquidades, an tes a n ­ ticípense pronto tus m isericordias: porque somos m uy pobres. (Aquí se arrodilla.) Y. Ayúdanos, oh Dios, S alvad or nuestro: y, por la gloria de tu nombre, lí­ branos, Señor: y sé propicio con nuestros pecados, por tu nombre. EVANGELIO C ontinuación del santo E vangelio según S. M ateo. E n aquel tiem po dijo Jésús a sus discípulos: C u a n ­ do ayunéis, no os pongáis, como los hipócritas, tristes. Porque ellos m aceran sus rostros, para hacer ver a los

hombres que ayunan. E n verdad os digo: y a h a n re­ cibido su galardón. Tú, en cam bio, cuando ayunes, unge tu cabeza, y lava tu cara, p ara que n o vean los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está oculto: y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo prem iará. No atesoréis tesoros en la tierra: donde el orín y la po­ lilla los destruyen, y donde los ladrones los m inan, y roban. Atesorad, en cambio, tesoros en el cielo, donde ni el orín n i la polilla los destruyen, y donde los la ­ drones no los minan, ni roban. Donde está tu tesoro, a llí está tam bién tu corazón. A l e g r í a d e C u a r e s m a . — No quiere Nuestro Se­ ñor recibamos el anuncio del ayuno expiatorio como triste y mortificante nueva. El cristiano entiende lo suficiente cuán arriesgado es para él el vivir en déficit con la divina justicia; ve, por consiguiente, llegarse el tiempo de Cuaresma con gozo y consuelo; de antem ano sabe que, si es fiel a las prescripciones de la Iglesia, aliviará su carga. Estas satisfacciones, hoy tan suavizadas por la indulgencia de la Iglesia, ofrecidas a Dios con las del mismo Redentor y fecundadas por esta comunicación en haz común de propiación las obras santas de todos los miembros de la Igle­ sia m ilitante, purificarán nuestras almas y las harán dignas de participar de las inefables a le­ grías de la Pascua. No estemos, por tanto, tristes porque ayunamos, ni lo estemos por haber hecho necesario nuestro ayuno por el pecado. Otro con­ sejo nos da el Señor que la Iglesia recalcará a menudo en el decurso de la santa Cuaresma;

añadamos la limosna a las privaciones corpora­ les. Nos exhorta atesoremos, pero sólo para el cielo. Tenemos necesidad de intercesores; busquémosles entre los pobres. C anta la Iglesia en el Ofertorio nuestra li­ bertad. Se regocija al ver curadas y a las h eri­ das de nuestra alm a porque cuenta con nuestra perseverancia. O F E R T O R IO T e exaltaré, Señor, porque m e recibiste, y no a le­ graste a mis enemigos sobre m í: Señor, clam é a ti, y me sanaste. SECRETA Suplicárnoste, Señor, h a ga s que nos adaptem os con ­ venientem ente a estos dones que te ofrecemos, y con los cuales celebram os el com ienzo de este m ism o ven e­ rable Sacram ento. Por el Señor. PREFA C IO Es verdaderam ente digno y justo, equitativo y sa ­ ludable que, siempre y en todas partes, te demos gra­ cias a ti, Señor santo, P a d re om nipotente, eterno Dios: Que, con el ayuno corporal, reprimes los vicios, elevas la mente, das la virtud y los premios: por Cristo, nues­ tro Señor. Por quien a tu M a jestad alaban los A n ge­ les, la adoran las Dom inaciones, la tem en las Potes­ tades. Los cielos, y las V irtudes de los cielos, y los santos Serafines, la celebran con igu al exultación. Con los cuales, te suplicamos, adm itas tam bién nuestras voces, diciendo con hum ilde confesión: Santo, San to, Santo, etc.

Las palabras de la antífona de la Comunión encierran importantísimo consejo. Necesitamos mantenernos firmes durante la Cuaresma. Medi­ temos la ley del Señor y sus misterios. Si sabo­ reamos la palabra de Dios que la Iglesia nos pro­ pone cada día, la luz y el amor se acrecentarán en nuestros corazones sin cesar, y cuando el S e­ ñor salga de las sombras del sepulcro, reverbera­ rán sobre nosotros sus divinos resplandores. C O M U N IO N E l que m editare en la Ley del Señor día y noche, dará su fruto a su tiempo. P O SC O M U N IO N H az Señor, que los Sacram entos recibidos nos apro­ vechen: para que nuestros ayunos te sean gratos a ti, y a nosotros nos sirvan de alivio. Por el Señor. Todos los días de Cuaresma, a excepción de los domingos, antes de despedir a la asamblea de los fieles, el Preste pronuncia sobre ellos una ora­ ción particular ', precedida siempre de esta ad­ vertencia del diácono: H um illad vuestras cabezas an te Dios. O R A C IO N Señor, contem pla propicio a los que se inclinan a n te tu m ajestad : para que, los que h a n sido alim en ­ tados con tu don divino, se sien tan siempre alim en ta­ dos por este socorro celestial. 1 Es una fó rm u la de ben d ición p idien do a D ios que los fieles puedan volv er a sus ocu p acion es ordin arias, llevando con sig o prenda segura de la p rotección del cielo. (C allewaert, Sacris erudiri^ 694).

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