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Martirio de las santas Perpetua y Felicidad

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Information about Martirio de las santas Perpetua y Felicidad

Published on March 6, 2014

Author: Pedroromano0

Source: slideshare.net

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E l relato de este martirio es uno de los más estremecedores de la historia y uno de los testimonios más admirables y más puros que nos haya legado la antigüedad cristiana. La joven Perpetua sobresale por sus altas prendas, por su patética actuación frente a su padre pagano, por su empuje y por su grandeza moral. Las visiones y los sueños dan un matiz bíblico y profético al drama. E l valor del relato es excepcional, ya que en parte ha sido redactado por los mismos protagonistas y, más adelante, recopilado por un testigo ocular. Todo el drama se desarrolló en la ignorada aldea africana de Teburba, a treinta kilómetros de Cartago. Prólogo Los antiguos ejemplos de fe, que manifiestan la gracia de Dios y fomentan la edificación del hombre, se pusieron por escrito para que su lectura, al evocarlos, sirva para honra de Dios y consuelo del hombre. Pues bien, ¿por qué no poner por escrito también las nuevas hazañas que presentan las mismas ventajas? Un día, también estos hechos llegarán a ser antiguos y necesarios a la posteridad, aunque al presente gocen de menor autoridad a causa de la veneración que favorece lo antiguo. El poder del único Espíritu Santo es siempre idéntico. Por esto, ¡que abran bien los ojos los que valoran ese poder según la cantidad de años! Más bien, habría que tener en más alta estima los nuevos hechos como pertenecientes a los últimos tiempos, para los cuales está decretada una superabundancia de gracia. En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueñosproféticos (Hech 2,17). Por eso nosotros, que aceptamos y honramos como igualmente prometidas las profecías y las nuevas visiones, ponemos también las otras manifestaciones del Espíritu Santo entre los documentos de la Iglesia, a la que el mismo Espíritu fúe enviado para distribuir todos sus carismas, en la medida en que el Señor los distribuye a cada uno de nosotros. Es, pues, necesario poner por escrito todas estas maravillas y difundir su lectura para gloria de Dios. De ese modo nuestra fe, débil y desalentada, no debe creer que sólo los antiguos han recibido la divina gracia, tanto en el carisma del martirio como de las revelaciones. Dios cumple siempre sus promesas, para confúndir a los incrédulos y sostener a los creyentes. Por esto, queridos hermanos e hijitos, cuanto hemos oído y tocado con la mano, se lo anunciamos para que ustedes, que asistieron a los sucesos, recuerden la gloria del Señor; y los que los conocen de oídas, entren en comunión con los santos mártires y, por ellos, con el Señor Jesucristo, a quien sean la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén. El arresto Fueron arrestados los jóvenes catecúmenos Revocato y Felicidad, su compañera de esclavitud, Saturnino y Secúndulo. Entre ellos se hallaba también Vibia Perpetua, de noble nacimiento, esmeradamente educada y brillantemente casada. Perpetua tenía padre y madre y dos hermanos (uno, catecúmeno como ella) y un hijo de pocos meses de vida. A partir de aquí, ella misma relató toda la historia de su martirio, como lo dejó escrito de su mano y según sus impresiones.

"Cuando nos hallábamos todavía con los guardias, mi padre, impulsado por su cariño, deseaba ardientemente alejarme de la fe con sus discursos y persistía en su empeño de conmoverme. Yo le dije: -Padre, ¿ves, por ejemplo, ese cántaro que está en el suelo, esa taza u otra cosa? -Lo veo -me respondió. -¿Acaso se les puede dar un nombre diverso del que tienen? -¡No!-me respondió. -Yo tampoco puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: ¡CRISTIANA! Entonces mi padre, exasperado, se arrojó sobre mí para sacarme los ojos, pero sólo me maltrató. Después, vencido, se retiró con sus argumentos diabólicos. Durante unos pocos días no vi más a mi padre. Por eso di gracias a Dios y sentí alivio por su ausencia. Precisamente en el intervalo de esos días fuimos bautizados y el Espíritu me inspiró, estando dentro del agua, que no pidiera otra cosa que el poder resistir el amor paternal. A los pocos días fuimos encarcelados. Yo experimenté pavor, porque jamás me había hallado en tinieblas tan horrorosas. ¡Qué día terrible! El calor era insoportable por el amontonamiento de tanta gente; los soldados nos trataban brutalmente; y, sobre todo, yo estaba agobiada por la preocupación por mi hijo. Tercio y Pomponio, benditos diáconos que nos asistían, consiguieron con dinero que se nos permitiera recrearnos por unas horas en un lugar más confortable de la cárcel. Saliendo entonces del calabozo, cada uno podía hacer lo que quería. Yo amamantaba a mi hijo, casi muerto de hambre. Preocupada por su suerte, hablaba a mi madre, confortaba a mi hermano y les recomendaba mi hijo. Yo me consumía de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía. Durante muchos días me sentí abrumada portales angustias. Finalmente logré que el niño se quedará conmigo en la cárcel. Al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada de la pena y preocupación por el niño. Desde aquel momento, la cárcel me pareció un palacio y prefería estar en ella a cualquier otro lugar. Visión de la escalera de bronce Un día mi hermano me dijo: 'Señora hermana, ahora estás elevada a una gran dignidad ante Dios, tanta que puedes pedir una visión y qué se te manifieste si la prisión ha de terminar en martirio o en libertad'. Yo sabía bien que podía hablar familiarmente con el Señor, del que había recibido muchos favores; y por eso confiadamente se lo prometí: 'Mañana te daré la respuesta'. Me puse en oración y tuve la siguiente visión: Vi una escalera de bronce tan maravillosamente alta que parecía tocar el cielo, pero tan estrecha que sólo se podía subir de a uno. En los brazos de la escalera estaban clavados toda clase de instrumentos de hierro: espadas, lanzas, arpones, puñales cuchillos... Si uno subía descuidadamente y sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y hubiera dejado jirones de carne enganchados en los hierros. Y al pie de la escalera estaba echado un dragón, de extraordinaria grandeza, que tendía acechanzas a los que subían y los asustaba para que no subieran. Sáturo subió primero. El nos había edificado en la fe y, al no hallarse presente cuando fuimos arrestados, se entregó después voluntario por el amor que nos profesaba. Al llegar a la cumbre de la escalera, se volvió hacia mí y me dijo: 'Perpetua, te espero aquí; pero ten cuidado para que ese dragón no te muerda'. Yo le contesté: 'No me hará daño en el nombre de Cristo'.

El dragón, como si me tuviera miedo, sacó lentamente la cabeza de debajo de la escalera; y yo, como si subiera el primer peldaño, le pisé la cabeza y subí. Vi un inmenso prado, en medio del cual estaba sentado un venerable anciano, alto, completamente cano y en traje de pastor, ocupado en ordeñar a sus ovejas. Muchos miles de personas, vestidas de blancos hábitos, lo rodeaban. Levantó la cabeza, me miró y me dijo: '¡Seas bienvenida, hija!'. Me llamó y me dio un bocado del queso que estaba preparando. Yo lo recibí con las manos juntas y lo comí. Todos los circunstantes dijeron: '¡Amén!'. Sus voces me despertaron, mientras seguía saboreando no sé qué de dulce. En seguida conté a mi hermano la visión y los dos comprendimos que nos esperaba el martirio. Desde aquel momento empezamos a perder toda esperanza en las cosas de esta tierra. Lágrimas del padre. Condenación Días después, corrió la voz de que seríamos interrogados. Mi padre, consumido de pena, llegó de prisa de la ciudad, se me acercó con intención de conmoverme y me dijo: 'Hija mía, apiádate de mis canas; apiádate de tu padre, si es que merezco que me llames padre. Con estas manos te he criado hasta la flor de la edad y te he preferido a todos tus hermanos. ¡No me hagas ser la vergüenza de los hombres! Piensa en tus hermanos, piensa en tu madre y en tu tía materna, piensa en tu hijito, que no podrá sobrevivir sin ti! ¡Cambia tu decisión y no nos arruines a todos! ¡Ninguno de nosotros osaría presentarse en público, si tú füeras condenada!'. Así hablaba mi padre movido por su cariño. Me besaba las manos, se echaba a mis pies y, con lágrimas en los ojos, no me llamaba su hija, sino su señora. ¡Cuánta compasión me inspiraba mi padre, que iba a ser el único de mi familia que no había de alegrarse de mi martirio! Traté de consolarle, diciendo: 'Allá, en el tribunal, sucederá lo que Dios quiera. Has de saber que no somos dueños de nosotros mismos, sino que pertenecemos a Dios'. Y se retiró de mí, desconsolado. Otro día, mientras estábamos almorzando, nos sacaron de repente para ser interrogados, y llegamos a la plaza pública. En seguida se corrió la noticia por los alrededores de la plaza y se juntó un gentío inmenso. Subimos al estrado. Mis compañeros fúeron interrogados y confesaron su fe. Por fin llegó mi turno. Bruscamente apareció mi padre con mi hijo en los brazos y me arrastró fuera de la escalinata, suplicándome: '¡Compadécete del pequeño!'. El procurador Hilariano, que a la sazón sustituía a Minucio Timiniano, procónsul difunto, y tenía el ius gladii o poder de vida y muerte, insistió: 'Apiádate de las canas de tu padre y apiádate de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores'. Yo respondí: '¡No sacrifico!'. Hilariano preguntó: '¿Eres cristiana?'. Yo respondí: 'Sí, soy cristiana'. Mi padre se mantenía firme en su intento de conmoverme. Por eso Hilariano dio orden de que lo echaran de allí y hasta le pegaron con una vara. Sentí los golpes a mi padre, como si me hubieran apaleado a mí. ¡Cuánta compasión me daba su infortunada vejez! Entonces Hilariano pronunció sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y volvimos a la cárcel muy contentos. Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y permanecer conmigo en la cárcel, en seguida envié al diácono Pomponio a reclamarlo a mi padre. Pero mi padre no se lo quiso entregar. Entonces, gracias al querer divino, ni mi niño echó de menos los pechos, ni estos me causaron ardor. De esta manera cesaron mis preocupaciones por la criatura y el dolor de mis pechos.

Dos visiones de la piscina de agua A los pocos días, mientras todos estábamos en oración, súbitamente se me escapó la voz y nombré a Dinócrates. Me quedé pasmada porque nunca me había venido a la mente, sino en ese entonces; y sentí compasión al recordar como había muerto. También comprendí que yo era digna y que debía orar por él. Empecé a hacer mucha oración por él y a gemir delante del Señor. Seguidamente, aquella misma noche tuve esta visión. Vi a Dinócrates salir de un lugar tenebroso, donde también había muchos otros. Venía sofocado por el calor y sediento, con vestido sucio y rostro pálido. Llevaba en la cara la herida que tenía cuando murió. Este Dinócrates era mi hermano carnal, de siete años de edad, que murió de un cáncer tan terrible en la cara que daba asco a todo el mundo. Yo hice oración por él; pero entre él y yo había una gran distancia, de tal manera que era imposible acercarnos el uno al otro. Además, en el mismo lugar donde estaba Dinócrates, había una piscina llena de agua, pero con el borde más alto que la estatura del niño. Dinócrates se estiraba, como si quisiera beber. Yo me afligía al ver la piscina llena de agua, pero con el borde demasiado alto para que pudiera beber. Entonces me desperté y comprendí que mi hermano estaba sufriendo, pero confiaba en que podía aliviar sus sufrimientos. Por esto oraba por él todos los días, hasta que fúimos trasladados a la cárcel castrense, porque debíamos combatir en los juegos militares en ocasión del cumpleaños del César Geta. Y continué orando por él, día y noche, con gemidos y lágrimas, para alcanzar la gracia. El día que estuvimos en el cepo, tuve una nueva visión. Vi el lugar que había visto antes y a Dinócrates limpio de cuerpo, bien vestido y lleno de alegría. Donde antes tuvo la llaga, vi sólo una cicatriz. El borde de la piscina de que antes hablé, era más bajo y llegaba hasta el ombligo del niño. Sobre el borde había una copa de oro llena de agua. Dinócrates se le acercó, bebió, pero la copa no se agotaba nunca. Saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar gozoso, como lo suelen hacer los niños. En esto me desperté y comprendí que mi hermano ya no sufría. Congojas del padrí Pocos días después, Pudente, encargado ayudante de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración por comprender que el Señor nos favorecía con su gracia, y permitía que mucha gente nos visitara para confortarnos mutuamente. Mientras tanto, se aproximaba el día del espectáculo. Mi padre, consumido de pena, vino á verme, y empezó a arrancarse la barba, a arrojarse al suelo y pegar su faz en el polvo. Maldecía sus años y decía tales palabras que hubiesen podido conmover a toda criatura. ¡Qué compasión me daba su infortunada vejez! Visión del inminente combate El día antes de nuestro combate, vi una última visión. El diácono Pomponio venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y le abrí. Venía vestido con túnica blanca, sin cinturón y llevaba chinelas de variadas labores, y me dijo: 'Perpetua, te estamos esperando; ven'. Me tomó de la mano y echamos a andar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin llegamos jadeantes al anfiteatro y Pomponio me llevó al medio de la arena y me dijo: 'No tengas miedo. Yo estaré contigo y combatiré a tu lado'. Y se marchó. Entonces vi un gentío inmenso, pasmado. Yo sabía que había sido condenada a las fieras; por eso, me sorprendía que no las soltaran contra mí. Entonces avanzó contra mí un egipcio de repugnante aspecto, acompañado por sus ayudantes, con ánimo de luchar conmigo. Al mismo tiempo se me acercaron unos jóvenes hermosos, mis ayudantes y partidarios. Me desnudaron y quedé convertida

en varón. Mis ayudantes empezaron a frotarme con aceite, como se acostumbra en los combates; y, frente a mí, vi al egipcio que se revolcaba en la arena. Entonces sobrevino un hombre de extraordinaria grandeza tanto que sobrepasaba la cumbre del anfiteatro. Llevaba una túnica flotante, con un manto de púrpura abrochado por dos hebillas en el medio del pecho y calzado con chinelas recamadas de oro y plata. Tenía una vara de lanista o entrenador de gladiadores, y un ramo verde, del que colgaban manzanas de oro. Pidió silencio y dijo: 'Si el egipcio vence a la mujer, la pasará a filo de espada; pero si ella vence al egipcio, recibirá este ramo'. Y se alejó. Nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato. El trataba de agarrarme de los pies, y yo golpeaba su cara a puntapiés. Entonces fui levantada en el aire y comencé a castigarle sin pisar la tierra. Cuando tuve un momento de respiro, junté las manos trenzando los dedos y aferré su cabeza. Cayó de bruces y yo le aplasté la cabeza. El pueblo me vitoreó y mis partidarios entonaron un canto. Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo. El me besó y me dijo: '¡Hija, la paz sea contigo!'. Radiante de gloria, me dirigía a la Puerta de los vivos. Entonces me desperté y comprendí que yo debía combatir no contra las fieras, sino contra el diablo; pero estaba segura de la victoria. Hasta aquí relaté lo que nos sucedió hasta la víspera del combate. Si alguno quiere describir el mismo combate, ¡que lo haga!". Visión de Sáturo También el bendito Sáturo tuvo una visión que consignó de su mano por escrito. "Ya habíamos sufrido el martirio y habíamos salido de nuestro cuerpo. Cuatro ángeles nos transportaban hacia el oriente, pero sus manos no nos tocaban. No íbamos boca arriba y vueltos hacia el cielo, sino como trepando por una pendiente suave. Pasado el primer mundo, vimos una luz inmensa y le dije a Perpetua, que venía a mi lado: 'He aquí lo que el Señor nos prometía y ya recibimos la recompensa'. Mientras éramos llevados por los cuatro ángeles, se abrió ante nuestros ojos una gran llanura, que era como un vergel, poblado de rosales y de toda clase de flores. La altura de los rosales era como la de un ciprés y sus hojas caían incesantemente. En el vergel había otros cuatro ángeles más resplandecientes que los demás. Al vernos, nos acogieron con grandes honores y dijeron a los otros ángeles, con admiración: '¡Son ellos! ¡Son ellos!'. Atemorizados, los cuatro ángeles que nos transportaban, nos dejaron en el suelo y nosotros caminamos la distancia de un estadio por una ancha avenida. Allí encontramos a Jocundo, Saturnino y Artaxio, que habían sido quemados vivos en la misma persecución, y a Quinto que había muerto, mártir también, en la misma cárcel. Les preguntamos dónde estaban los demás; pero los ángeles nos dijeron: 'Vengan antes, entren y saluden al Señor'. Llegamos a un palacio, cuyas paredes parecían edificadas de pura luz. Delante de la puerta había cuatro ángeles que, antes de entrar, nos vistieron con vestiduras blancas. Entramos y oímos un coro que repetía sin cesar: 'Agios, Agios, Agios = Santo, Santo, Santo'. En la sala vimos sentado a un anciano canoso, con cabellos de nieve pero con rostro juvenil. No vimos sus pies. A su derecha y a su izquierda había cuatro ancianos y, detrás, estaban de pie otros innumerables ancianos. Avanzamos asombrados y nos detuvimos ante el trono. Cuatro ángeles nos levantaron en vilo, besamos al Señor y él nos acarició la cara con la mano. Los demás ancianos dijeron: '¡De pie!'. Y de pie nos dimos el beso de la paz. Después los ancianos nos dijeron: 'Vayan y jueguen'. Yo dije a Perpetua: 'Ya tienes lo que anhelabas'. Ella contestó: '¡Gracias a Dios! Fui dichosa en el mundo, pero aquí seré más dichosa todavía'.

Desinteligencias y perdón Al salir del palacio, delante de la puerta encontramos al obispo Optato a la derecha y a Aspasió, presbítero y catequista, a la izquierda, separados y tristes. Se arrojaron a nuestros pies y nos dijeron: 'Establezcan la paz entre nosotros. Ustedes salieron del mundo y nos dejaron en este estado'. Nosotros les dijimos: '¿No eres tú nuestro padre y tú nuestro sacerdote? ¿Por qué se postraron a nuestros pies?'. Y nos conmovimos y los abrazamos. Perpetua se puso a hablar con ellos en griego y los llevamos al jardín, bajo un rosal. Mientras estábamos hablando, los ángeles les dijeron: 'Déjenlos que se solacen; y, si tienen disensiones entre ustedes, perdónense mutuamente'. Esto los llenó de turbación. Y dijeron a Optato: 'Corrige a tu pueblo. Tus asambleas se parecen a las salidas del circo donde disputan las distintas facciones'. Nos pareció que los ángeles quisieron cerrar las puertas. Allí reconocimos a muchos hermanos, en especial, a los mártires. Todos nos sentimos alimentados y saciados por una fragancia inefable. Entonces me desperté lleno de gozo". Acotaciones del recopilador Estas fúeron las visiones más insignes que tuvieron los beatísimos mártires Sáturo y Perpetua y que los mismos consignaron por escrito. Respecto a Secúndulo, Dios lo llamó a sí con muerte prematura, mientras estaba en la cárcel. La gracia divina lo sustrajo a los dientes de las fieras. Sin embargo, si su cuerpo no conoció la espada, ciertamente la conoció su alma deseosa del martirio. El parto de Felicidad También Felicidad halló gracia ante el Señor, de la siguiente manera. Se hallaba en el octavo mes del embarazo, pues fúe detenida encinta. Al aproximarse el día del espectáculo, sufría mucha tristeza temiendo que su martirio fúera postergado a causa de su estado, ya que la ley prohíbe que las mujeres encintas sean expuestas al suplicio, y que, más adelante, tuviera que derramar su sangre santa e inocente entre los demás criminales. Igualmente, sus compañeros de martirio estaban profúndamente afligidos al pensar que dejarían atrás a tan excelente compañera y que ella iba a quedar sola en el camino de la común esperanza. Tres días antes de los juegos, unidos en un común gemido, dirigieron su oración al Señor. Apenas terminaron la oración, en seguida sobrevinieron a Felicidad los dolores del parto. En razón de las naturales dificultades de un parto en el octavo mes, ella sufría y gemía. Entonces un carcelero le dijo: "Si tanto te quejas ahora, ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras, de las que te burlaste, al no querer sacrificar?". Ella respondió: "Ahora soy yo la que sufro lo que sufro; pero allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues yo también padeceré por él". Felicidad dio a luz una niña, que una cristiana adoptó como hija. Cena de fraternidad El Espíritu Santo permitió, y permitiéndolo manifestó su voluntad, que se pusiera por escrito todo el desarrollo del combate. A pesar de nuestra indignidad, vamos a completar la historia de un martirio tan glorioso. Con ello cumplimos no sólo el deseo de la santísima mujer Perpetua, sino también su explícita recomendación. Ante todo, relatamos una prueba de su constancia y sublimidad de ánimo. El tribuno trataba muy duramente a los detenidos, pues, por habladurías de algunos insensatos, temía que se fúgaran de la cárcel por arte de algún mágico encantamiento. Perpetua se lo echó en

cara: "¿Por qué no nos concedes ningún alivio a nosotros que somos presos tan distinguidos, ¡nada menos que del César! y hemos de combatir en su natalicio? ¿No aumentaría tu gloria, si nos presentáramos ante él más gordos y saludables?". El tribuno se sintió desconcertado y enrojeció de vergüenza. Ordenó que se los tratara más humanamente. Permitió a los hermanos de Perpetua y a los demás que entraran en la cárcel y se reconfortaran mutuamente. Por otra parte, el lugarteniente de la cárcel había abrazado la fe. La víspera de los juegos, tuvo lugar la última cena que llaman "cena de la libertad"; pero que ellos convirtieron en ágape o cena de la fraternidad. Interpelaban al pueblo con la acostumbrada intrepidez y lo conminaban con el juicio de Dios; proclamaban la dicha de su martirio y se reían de la curiosidad de los badulaques. Sáturo les decía: "¿No les basta el día de mañana, para contemplar a los que detestan? ¿Hoy amigos, mañana enemigos? Fíjense cuidadosamente en nuestros rostros, para que nos puedan reconocer en el día del juicio". Todos se retiraban de allí confundidos, y muchos de ellos se convirtieron. El martirio Finalmente brilló el día de su victoria. Caminaron de la cárcel al anfiteatro, como si fueran al cielo, radiantes de alegría y hermosos de rostro; emocionados sí, pero no de miedo, sino de gozo. Perpetua marchaba última con rostro iluminado y paso tranquilo, como una gran dama de Cristo y una preferida de Dios. El esplendor de su mirada obligaba a todos a bajar los ojos. También iba Felicidad, gozosa de que su afortunado parto le permitiera luchar con las fieras, pasando de la sangre a la sangre, de la partera al gladiador, para purificarse después del parto con el segundo bautismo. Cuando llegaron a la puerta del anfiteatro, quisieron obligarles a disfrazarse: los hombres, de sacerdotes de Saturno; las mujeres, de sacerdotisas de Ceres. Pero la generosa Perpetua resistió con invencible tenacidad. Y alegaba esta razón: "Hemos venido hasta aquí voluntariamente, para defender nuestra libertad. Sacrificamos nuestra vida, para no tener que hacer cosa semejante. Tal era nuestro pacto con ustedes". La injusticia debió ceder ante la justicia. El tribuno autorizó que entraran tal como venían. Perpetua cantaba, pisando ya la cabeza del egipcio. Revocato, Saturnino y Sáturo increpaban a los espectadores. Al llegar ante la tribuna de Hilariano, con gestos y señas le dijeron: "Tú nos juzgas a nosotros; pero a ti te juzgará Dios". El pueblo, enfurecido, pidió que füesen azotados desfilando ante los domadores. Los mártires se alegraron de ello, por compartir así los sufrimientos del Señor. El Señor que dijo: Pidan y recibirán (Mt 7, 7), dio a cada uno, por haberlo pedido, el género de muerte deseado. Conversando entre sí del martirio que cada uno deseaba, Saturnino afirmó estar dispuesto a ser arrojado a todas las fieras, para merecer una corona más gloriosa. Ahora bien, al comienzo del espectáculo, experimentaron las garras de un leopardo y, después, sobre el estrado, fueron despedazados por un oso. En cambio, a Sáturo lo horrorizaban los osos; pero ya de antemano presumía que terminaría con una dentellada de leopardo. Ahora bien, se soltó contra él un jabalí que no lo despanzurró a él, sino al cazador que se lo había echado y murió pocos días después de los juegos. Sáturo füe sólo arrastrado por la arena. Entonces füe ligado en el tablado para que le atacara un oso, pero éste no quiso salir de su jaula. Así, por segunda vez, Sáturo füe retirado ileso. Para las jóvenes mujeres el diablo había reservado una vaca bravísima. La elección era insólita, como para hacer, con la bestia, mayor injuria a su sexo. Fueron presentadas en el anfiteatro, desnudas y envueltas en redes. El pueblo sintió horror al contemplar a la una, tan joven y delicada, y a la otra, madre primeriza con los pechos destilando leche. Fueron, pues, retiradas y revestidas con túnicas sin cinturón.

La primera en ser lanzada al aire fue Perpetua y cayó de espaldas. Apenas se incorporó, recogió la túnica desgarrada y se cubrió el muslo, más preocupada del pudor que del dolor. Luego, requirió una hebilla, para atarse los cabellos. No era conveniente que una mártir sufriera con los cabellos desgreñados, para no dar apariencia de luto en su gloria. Así compuesta, se levantó y, al ver a Felicidad golpeada y tendida en el suelo, se le acercó, le dio la mano y la levantó. Ambas mujeres se pusieron de pie y, vencida la crueldad del pueblo, fúeron llevadas a la Puerta de los vivos. Allí Perpetua fúe acogida por el catecúmeno Rústico que le era aficionado. Como despertándose de un profúndo sueño, ¡tan largo tiempo había durado el éxtasis en el Espíritu!, empezó a mirar en torno suyo y, con estupor de todos, preguntó: "¿Cuándo nos echarán esa vaca que dicen?". Como le dijeron que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que vio en su cuerpo y en su vestido las señales de la embestida. Luego mandó llamar a su hermano, y al catecúmeno, y les dijo: "Permanezcan firmes en la fe, ámense los unos a los otros y no se escandalicen por nuestros sufrimientos". Prenda de sangre Sáturo, junto a otra puerta, exhortaba así al soldado Pudente: "En síntesis, ciertamente, como yo presumí y predije, ninguna fiera me ha tocado hasta el presente. Cree, pues, con todo tu corazón. Ahora avanzaré en la arena y un leopardo me matará de una sola dentellada. Y en seguida, casi hacia el fin del espectáculo, se soltó contra él un leopardo que de un mordisco lo sumergió en su sangre. El pueblo, como para atestiguar su segundo bautismo, proclamó a gritos: "¡Bien lavado, bien salvado; bien lavado, bien salvado!". Seguramente había logrado la salvación el que de este modo se había lavado. Entonces Saturo dijo al soldado Pudente: "¡Adiós! Acuérdate de la fe y de mí. Que estos sufrimientos no te turben, sino que te fortalezcan". Al mismo tiempo, le pidió el anillo del dedo, lo empapó en su herida y se lo devolvió para dejarle en herencia un recuerdo y una prenda de su sangre. Luego, desvanecido, cayó a tierra para ser degollado junto con los demás en el lugar acostumbrado. El pueblo reclamó que los heridos fúeran conducidos al centro del anfiteatro para saborear con sus ojos homicidas el espectáculo de la espada que penetra en los cuerpos. Los mártires espontáneamente se levantaron y se trasladaron adonde el pueblo quería; pero, antes, se besaron unos a otros para consumar el martirio con el rito solemne de la paz. Todos permanecieron inmóviles y recibieron en silencio el golpe mortal. Sáturo, que en la visión de la escalera subía primero y en su cúspide debía esperar a Perpetua, fúe también el primero en rendir su espíritu. Por su parte, Perpetua, para gustar algo de dolor, al ser punzada entre las costillas, profirió un gran grito; después, ella misma tomó la torpe mano del gladiador novicio y dirigió la espada a su garganta. Sin duda, una mujer tan excelsa no podía morir de otra manera sino de su propia voluntad, hasta tal punto el demonio le temía. Testigos del Espíritu ¡Oh fortísimos y beatísimos mártires! De veras, han sido llamados y elegidos para gloria de nuestro Señor Jesucristo. Quien lo exalta, honra y adora, debe leer también estos ejemplos para edificación de la Iglesia, ya que no son menos bellos que los antiguos. También las nuevas gestas dan testimonio al mismo y único Espíritu Santo que obra aún hoy, y a Dios Padre omnipotente y a su Hijo Jesucristo, Señor nuestro, a quien pertenecen la gloria y el poder infinito por los siglos de los siglos. Amén.

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