Lisa Marie Rice - Fatal Heat

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Information about Lisa Marie Rice - Fatal Heat
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Published on March 15, 2014

Author: lindamartinez9809

Source: slideshare.net

Description

El ex SEAL Max Writght ya no estará nunca más en los SEALs después de que casi lo maten con un misil afgano. Se retira a la casa de la playa de su ex comandante jefe para lamerse las heridas. Quiere gruñirle al mundo pero encuentra que es muy difícil gruñirle a su nueva vecina, la hermosa ahijada de su ex jefe, Paige Waring, quien viene junto con un perro ridículamente encantador y totalmente indisciplinado.
Como genetista de plantas que es, Paige siempre ha estado concentrada en su trabajo, pero entonces ella y su perro tropiezan con Max, y comprende al solitario y destrozado hombre que se esconde tras el rudo exterior. En su cabeza “sexy” siempre iba acompañado de “bata de laboratorio”, no de hectáreas de músculos bronceados y una mentalidad dura.
Cuando el trabajo de Paige la convierte en el objetivo de unos criminales y es secuestrada, Max salta a la acción. Aunque todavía está terriblemente herido, este SEAL duro como el acero va a su última misión: nada le detendrá de salvar a la mujer que ama.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~11~~

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~22~~ LLIISSAA MMAARRIIEE RRIICCEE FFAATTAALL HHEEAATT

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~33~~ AARRGGUUMMEENNTTOO El ex SEAL Max Writght ya no estará nunca más en los SEALs después de que casi lo maten con un misil afgano. Se retira a la casa de la playa de su ex comandante jefe para lamerse las heridas. Quiere gruñirle al mundo pero encuentra que es muy difícil gruñirle a su nueva vecina, la hermosa ahijada de su ex jefe, Paige Waring, quien viene junto con un perro ridículamente encantador y totalmente indisciplinado. Como genetista de plantas que es, Paige siempre ha estado concentrada en su trabajo, pero entonces ella y su perro tropiezan con Max, y comprende al solitario y destrozado hombre que se esconde tras el rudo exterior. En su cabeza “sexy” siempre iba acompañado de “bata de laboratorio”, no de hectáreas de músculos bronceados y una mentalidad dura. Cuando el trabajo de Paige la convierte en el objetivo de unos criminales y es secuestrada, Max salta a la acción. Aunque todavía está terriblemente herido, este SEAL duro como el acero va a su última misión: nada le detendrá de salvar a la mujer que ama.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~44~~ CCaappííttuulloo 11 22 ddee AAbbrriill SSaann SSeebbaassttiiaann,, CCaalliiffoorrnniiaa —Eso tiene que haber dolido de la hostia —dijo una voz en la oscuridad. Una voz femenina. Una voz femenina muy sexy—. Ten, toma una galleta. Max Wright se sentó dolorosamente, sorprendido por completo. ¿Alguien vivía en la casa de al lado? Joder. Había pensado que iba a poner su cuerpo roto en orden sin nadie mirando. Su comandante simplemente le había dado las llaves de su apartamento de vacaciones en la playa y le había dado órdenes de ponerse mejor. No había dicho nada sobre vecinos. No tan pronto en la temporada. Ponerse mejor. Esas órdenes tenían un sabor amargo. Porque con un montón de tiempo y un montón de dolor y un montón de rehabilitación, estaba caminando (o, para ser sinceros, cojeando) de nuevo, y había recuperado la mayor parte de la fuerza en la parte superior de su cuerpo. Pero estaba fuera de la marina y ya no era un SEAL, de forma permanente. Así que lo de “mejor” ¿cómo iba a ser una posibilidad? ¿Cómo siquiera iba a estar cerca de ser una jodida posibilidad? La voz era femenina. Suave, compasiva, ligeramente divertida. No iba a gruñir, seh, pero sí, dolía de la hostia, incluso así, porque el dolor no era importante. Como cualquier jefe mayor en la historia de la humanidad gritaba, el dolor es una debilidad que abandona el cuerpo. El dolor era nada. Quería gruñir algo pero sería al aire, porque se oyó un ligero clic y luego un suave uuuuush que lo dejó con las cejas levantadas, y entonces estuvo solo. Con un plato de galletas en el muro que dividía los dos balcones.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~55~~ Mierda. Nadie a quien rugirle. Pero... galletas. Max no tenía apetito desde el ataque, ni un poco. Durante el primer mes en la UCI le habían alimentado a través de unos malditos tubos insertados en su vientre, y luego le sacaron los tubos y la comida sabía a cartón mojado en mierda. Las galletas olían realmente bien, eso sí. Realmente bien. El plato estaba a su alcance y eso era bueno porque levantarse y caminar después de todo un día en el que ya había tirado de sus límites incluía un bastón y un montón de dolor. De hecho, los doctores le habían insistido en que todavía necesitaba quedarse en la unidad de rehabilitación otro mes, tal vez dos. Tuvo que darse el alta a sí mismo, firmar con una floritura y alargarle el documento a una enfermera que chasqueó la lengua en desaprobación. Hay que joderse. Max quería salir. Quería salir de ese lugar y toda esa gente enferma. No necesitaba que le recordaran que no estaba completo. Lo sabía. Había sido fuerte toda su vida. Sabía lo que era ahora. Débil. Quería un lugar que no oliera a Lysol y Formalin, un lugar donde nadie insistiera en que estaba forzándose demasiado y un lugar donde la gente no le sonriera profesionalmente cuando estaba de un humor de mierda. Maldita sea, gruñó otra vez. Era algo bueno que le hubieran quitado sus pistolas en la rehabilitación porque habría acabado por disparar a alguien. La prisión sería discutiblemente peor que la clínica de rehabilitación, así que antes de que ofendiera al siguiente sádico sonriente, se dio el alta. Su Comandante, el Comandante Mel Dempsey, le ofreció usar su casa de la playa a una media hora de Monterrey, alargándole las llaves y diciéndole que se mejorara. Era temporada baja. Max quería paz y quietud y soledad mientras se volvía a recomponer. No quería vecinos al lado, femeninos o de otra clase. Le gustaban las mujeres tanto como a cualquier hombre, tal vez más, pero ahora no. No mientras vomitaba si se movía demasiado rápido, no mientras una pierna no era capaz de soportar su peso entero, no mientras era este patético... jodido... lisiado. La Dama de las Galletas tenía una voz realmente sexy y lo poquísimo que había visto de ella en la penumbra... uau. Pero no iba a salir a jugar. No durante un buen tiempo.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~66~~ Iba a comer lo que pudiera tragar, dormir tan bien como pudiera, levantar acero, hacer los ejercicios de rehabilitación que le había dado el doc y caminar por la playa, asegurándose de no caer sobre su culo. Todas esas cosas buenas. Y a dejar su polla abajo. No era difícil de hacer. Su polla había desaparecido después de la cirugía. Oh, físicamente estaba ahí, sí. Principalmente como tubo para mear. Ni siquiera un poquito de sexo, ni con las enfermeras del hospital. Ni siquiera con la enfermera Carrie, que se veía realmente caliente vestida de blanco y se había ofrecido. Max no quería nada. No quería nada excepto regresar sobre sus pies y a los Equipos1 . No iba a pasar. No quería lástima o conmiseración, quería que le dejaran jodidamente en paz. Aunque, de hecho, la vecina le había dejado en paz. Con galletas. Maldición, ¿quién coño le dejaba galletas a un SEAL? Los SEAL comían piedras y cagaban clavos. No comían jodidas galletas. Ellos... Un poco de brisa marina sopló desde el mar y él se paralizó. Maldición, aquellas galletas olían bien. Tenía brazos largos. No tenía que levantarse. Agarró una galleta en la penumbra y la mordió. Las mejores galletas que jamás había comido, sin comparación. Con trocitos de chocolate blanco. Una galleta perfecta en un mundo imperfecto. Se sentó y miró en la oscuridad y se comió todo el plato. En sus sueños siempre era igual y siempre diferente. Estaba en Helmand, las desoladas cimas ocres del Hindu Kush levantándose afiladas y rodeándolo, el aire tan limpio que sus binoculares le mostraban el suelo del valle tan claramente como si estuviera a diez metros de distancia, en vez de a mil. Vio todo con claridad cristalina. Era una misión de eliminar a un tipo realmente malo, Ahmed Sahar. Un señor de la guerra que se había convertido en chico de los recados para Al-Qaeda y le estaba pasando armas a los talibanes. También era un loco de primera clase. Un jodido psicópata. 1 Forma en la que los miembros de los SEALs llaman a los SEALs (N.T.)

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~77~~ Desde su posición de francotirador en la colina había visto dos ejecuciones y dar latigazos a una joven. No podía esperar a tener al jodido en su punto de mira. Sahar era un psicópata (pero uno habilidoso) y llevaba en su guarida como un año. Pero ellos tenían la info de que una gran operación estaba en marcha y que Sahar tendría que viajar. Max llevaba esperando tres días en su posición bajo una red, meando en una botella, sin dormir nada, apenas respirando. Porque realmente, de verdad, quería darle al jodido. Y, ¡ahí estaba! Saliendo de las puertas, mirando alrededor buscando enemigos. Aquí arriba, cabrón, pensó Max, el dedo suelto en el gatillo. Era un convoy, pero Sahar quería supervisar algo y salió de su vehículo para gritarle al conductor guía. Max mantuvo la vista en él: aquella cabeza asquerosa, malformada, que había estudiado durante horas mientras le explicaban la misión. Ahí estaba. Sahar se irguió y echó una última mirada alrededor cuando Max dejó escapar medio aliento y suavemente tiró del gatillo. La cabeza de Sahar explotó. Un claro disparo a la cabeza. Su trabajo allí había acabado. Excepto que cuando la bala reventó la cabeza de Sahar, otro loco se echó al hombro un tubo largo. Alguien le había dicho a Max, quien era realmente bueno con las armas, quien tal vez había disparado un millón de veces en su vida, que algunos afganos tenían una relación mística con las armas. Max lo creía, porque aunque el Segundo Psicópata no podía haber tenido ni idea de por dónde había llegado la bala y a un equipo forense le habría llevado horas asegurar la dirección del tiro, al Segundo Psicópata no le costó nada. La cabeza del Segundo Psicópata giró y a la vez de alguna manera captó la posición de Max, quien vio cómo el tubo disparó y el Segundo Psicópata caía sobre sus sandalias, algo iba dejando una nube de humo e iba directo hacia él. El mundo explotó en fuego y dolor... Max dio un brinco, jadeando, retorcido entre sábanas empapadas de sudor, los dientes apretados fuertemente para no dejar escapar ni un sonido, de la misma manera que siempre despertaba de las pesadillas. El legado de una infancia pasada con pánico a despertar a su padrastro, que se cabreaba aterradoramente a la mínima provocación. Las pesadillas sin ruido eran su regalo especial, aprendido antes de saber hablar. Pero incluso sin ruido, lo dejaban sudoroso y seco y temblando. Lo odiaba, las odiaba. Se salió de la cama, tembló con la pierna mala y se sostuvo como pudo.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~88~~ Fortalecerse de nuevo ayudaría. Ser fuerte y mantenerse así siempre había sido su referente, el motivo por el que había sobrevivido a su infancia. Así es como logró su Budweiser2 . Eso y el ser demasiado cabezota como para rendirse. Perder su fortaleza después del ataque RPG había sido la cosa más dura de una vida dura. Mel tenía un gimnasio completamente equipado en el garaje, pero incluso si no estuviera allí Max habría improvisado uno. Bolsas de plástico o botellas de leche vacías llenadas con arena, dominadas sobre el marco de la puerta, un trozo de madera de dos por cuatro como banco de abdominales... había hecho todo eso cuando era un crío. Hora de sudar la pesadilla. Cuando entró en el gimnasio con su brillante equipamiento el cielo fuera de la ventana era medio gris. Una hora más tarde, brotándole el sudor del pecho, era de un gris perlado. El océano estaba a cuarenta metros. En otros tiempos cuarenta metros era algo para reírse, nada. Podía correrlos en unos pocos segundos. Corría diez kilómetros al día en botas, cada día, y hacía cien flexiones al final del recorrido. No lo hacía riéndose, pero lo hacía. Ahora nada de correr. Tal vez nunca. Sus doctores al principio le habían dicho que jamás volvería a caminar y ahora míralo. Por supuesto más que caminar, se tambaleaba. Cada paso le costaba un segundo y le enviaba una descarga de dolor directamente a la cabeza. Pero en el agua... ah, en el agua todavía era un dios. Un dios herido, más lento que cualquiera de sus compañeros de los Equipos, pero seguía siendo más rápido que la mayoría de los civiles. Hora de nadar. Ansiaba sus baños diarios donde su pierna destrozada era meramente un peso muerto. Meterse en el agua era una delicia. Se dirigió hacia el interior del océano, todavía oscuro, con fuertes y seguros golpes, usando sus brazos más que sus piernas, el sol levantándose en el cielo a su espalda. Si el océano hubiera estado a unos pasos de distancia cuando, un año atrás, se había despertado de la cirugía, tan pronto como hubiera podido caminar se habría sentido tentado a nadar tan lejos como pudieran llevarle sus fuerzas (tan lejos que no pudiera regresar) y habría muerto la muerte del nadador. Mejor que la muerte que le miraba a la cara: mear en una bolsa, necesitando ayuda para sorber sopa. Si hubiera tenido los medios y la fuerza para acabarlo aquellos primeros meses, lo habría hecho. Pero lo vigilaban y nada afilado estaba a su alcance. 2 Forma coloquial de llamar a la Insignia Especial de Guerra, la que identifica al portador como un SEAL (N.T.)

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~99~~ Y así se determinó a caminar de nuevo, y por Dios, centímetro a tembloroso centímetro lo había logrado. El terapeuta físico lo amenazó con atarlo porque hacía demasiado, pero él conocía su cuerpo. Su cuerpo quería alzarse, quería el desafío. Ir lento no era una opción. Nadó durante una hora hasta que le empezaron a fallar las fuerzas. Había hecho menos de un kilómetro. Lo odiaba. Durante el entrenamiento BUD/S había nadado cinco kilómetros, había salido corriendo y se había tirado al suelo para hacer cien flexiones. Ahora se sentía exhausto mientras salía del agua. Había una pequeña isla a tres kilómetros de la costa. Algún tipo de instalaciones de investigación, le había dicho su Comandante. La isla de Santo Domingo. Maldición, llegaría el día en que podría nadar hasta allí y volver, costara lo que costara. Nadó de regreso lentamente, sus músculos no lo llevaban tan ligera y fuertemente por el agua como se suponía. Empezó a temblar. Joder todo. No importaba que en teoría él no debiera estar en pie. Que los doctores le hubieran dicho que tal vez no volvería a caminar. Era un jodido SEAL. Y los SEAL no eran débiles. Se zambulló, nadando los últimos cincuenta metros bajo el agua, sabiendo que posiblemente no podría hacer cien flexiones al final. Max se acercó a la orilla, luchando contra la urgencia de respirar, al mismísimo límite de sus fuerzas, cuando de repente escuchó que le llamaban por su nombre. Una voz femenina, llamándolo por su nombre. ¿Pero qué coño era? ¿Una sirena? ¿Algún tipo de criatura submarina atrayéndolo a su muerte? Se irguió en el agua. Y algo fuerte y peludo, moviéndose rápido, se disparó contra él, llevándoselo hacia abajo antes de que haber podido llenarse de aire los pulmones. * * ¡Oh, no! Paige Waring dio un paso atrás, consternada. Un hombre había aparecido repentinamente fuera del agua, alzándose como alguna clase de dios mítico del mar. Max saltó sobre él y lo devolvió al agua. Su hermoso, listo y totalmente indisciplinado perro Max, que gruñía a algunos hombres pero que con otros hacía amistades inmediatamente.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~1100~~ El hombre sobre el que había saltado tenía un aspecto que daba miedo, así que no podía entender la simpatía de Max. Él parecía como si te fuera a comer para desayunar y luego escupiera los huesos. Y era su nuevo vecino. Sabía solamente que su nuevo vecino era un antiguo oficial naval en recuperación de unas heridas sufridas en combate. Aunque el tío Mel no se lo había dicho, suponía que su nuevo vecino era un SEAL, porque eso era lo que era el tío Mel. El hombre surgió a la superficie, Max saltando y ladrando felizmente a su alrededor. No parecía que diera miedo... parecía que diera pavor. La otra noche tuvo la impresión, en la oscuridad, de que el peligro pendía de un hilo. Un oficial herido en la puerta de al lado. Estaba predispuesta a hacer algo por él. Después de todo, le habían herido en el servicio por su país. Así que había horneado unas galletas, con la intención de pasarse e invitarle a una copa de vino y galletas como gesto de buena vecindad. Entonce ella le vio, una enorme figura en la semi-oscuridad, con el rostro sombrío y aterrador. Una pierna extendida, más delgada que la otra, que estaba bien llena de músculos. La pierna dañada parecía tan destrozada y con cicatrices que dolía mirarla. Él se giró hacia ella e incluso en la penumbra su rostro daba miedo, hablaba de las cosas terribles que había visto. Las cosas terribles que le habían hecho. Murmuró unas palabras, dejó las galletas en el balcón entre ellos y se retiró a su apartamento porque el tipo sentado ahí fuera en la oscuridad no parecía un vecino agradable. Parecía un asesino. Ahora él se alzó de entre las olas, con el agua goteándole. Y subía y subía. Era alto y enorme. O había sido enorme. Ahora era más bien delgado, pero tenía los huesos de un hombre grande: hombros amplios, piernas largas y manos enormes. Cruzadas de cicatrices. Tremendas cicatrices. Cicatrices mortales. En la parte superior de esa pierna destrozada. Paige se quedó allí y miró fijamente. Parecía una criatura de otros tiempos, un guerrero devastado, fuera de lugar en su modesto trocito de playa. Max le saltó encima otra vez y Paige rompió el hechizo en el que se encontraba. Tenía que salvar a su perro. Este hombre podría hacerle mucho daño con un movimiento de aquellas manos enormes. —¡Abajo, Max, abajo! —gritó, corriendo hacia la orilla, con el corazón latiéndole fuertemente. Estaba lista para enfrentarse al hombre por defender a su perro, pero por todos los cielos, él tenía un aspecto que daba miedo.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~1111~~ Max volvió a dar un brinco y vio que el peso del hombre cambiaba a la pierna destrozada y que se tambaleaba. —¡Max! —Paige dio palmas porque el instructor de perros, uno de los muchos a los que había llevado a su encantadora pero absolutamente incorregible mascota, le había dicho que era una señal para que los perros se calmaran. Pero Max no. Él estaba jugueteando en las olas, saltando sobre el hombre. El hombre hizo un gesto con su enorme mano y para su asombro, Max se calmó un poco, bajando sus patas delanteras al agua. La piel de su espalda se erizó y Paige abrió los ojos de par en par. —¡No! —gritó. Pero era demasiado tarde. Max se meneó por completo, empapándola a ella y al hombre. Él ya estaba mojado igualmente, pero ella tendría que darse otra ducha antes de ir a trabajar. Ay dios. Max había derribado a ese hombre y lo había bañado en agua con olor a perro. ¿Cómo reaccionaría? Y entonces el hombre la miró y sonrió. Fue sólo un flash, un movimiento en las comisuras de su boca, un destello de dientes blancos y entonces su cara regresó a sus sombrías líneas de siempre. —Dama de las Galletas —dijo—. Las galletas estaban fantásticas. Su voz era inusualmente grave y oscura, completamente fuera de lugar en aquella brillante mañana soleada. Ella tembló. —Sí. Dama de las Galletas. —Lo miró: su altura, su anchura, aquel rostro que ahora no sonreía ni un poco. Tenía que hacerse. Ella era la que estaba equivocada. Su perro había hecho que un hombre con una pierna inválida se cayera al océano. Así que tenía que hacer lo correcto y ofrecerle la mano. Esperando que él no notara que le temblaba. Esperando que se la devolviera sin daños. A Paige le desagradaba estrecharle la mano a los hombres del tipo macho. Necesitaba las manos para hacer trabajos de laboratorio delicados. Muchas veces los tipos necesitaban probar su masculinidad apretando al saludar. Este parecía como si pudiera destrozarle la mano sin esfuerzo alguno. Pero... su perro le había saltado encima. Y el tío Mel era su Comandante en Jefe. —Lo siento mucho, mucho. Me gustaría decir que no sé qué le ha entrado a mi perro, pero siempre es así. Parece que me paso todo el tiempo disculpándome por él. Soy Paige. Paige Waring. Su mano envolvió la suya con un agarre fuerte y amable. Su mano se sintió como acero cálido.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~1122~~ Tal vez estuviera herido, pero su agarre era como tocar un cable vivo, soltando electricidad. Ella estaba tan sorprendida que dejó su mano en la de él como si la electricidad hubiera creado algún tipo de unión química. —Max. Al oír su nombre Max dio un feliz ladrido y saltó sobre los dos. Paige perdió su pie en la orilla y habría caído si un gran brazo no la hubiera sostenido inmediatamente, tirando de ella hacia arriba contra él con un agarre inamovible. Sus piernas tal vez estaban destrozadas y podía estar demasiado delgado, pero no había duda de la fuerza de sus músculos contra los que se encontró aplastada. Era algo tremendamente embarazoso y (¡uau!) increíblemente excitante. El único otro hombre que parecía así de fuerte era el tío Mel, pero nunca le había dado un completo abrazo frontal. Jamás había sentido a un hombre así de fuerte. Su padre, bendita fuera su alma, había sido delgado y de hombros estrechos y seguramente en estos momentos estaba consultando sus libros de historia antigua en el cielo. Y los hombres con los que salía eran principalmente compañeros científicos. Chicos majos, pero en su mayoría frikis. Nada así. Absolutamente nada. Incluso habiendo estado en el frío Pacífico, radiaba calor y un tipo de electricidad muy masculina que ella jamás antes había encontrado pero que había reconocido inmediatamente, como si cien años de fortalecimiento femenino y su doctorado se hubieran borrado de repente, dejando a una hembra jadeante reaccionando ante un macho alfa. Él también estaba reaccionando, sólo un ligero levantamiento contra su estómago cuando Max ladró y volvió a saltar. Paige se alejó, apartando de ellos las patas de Max. —Abajo, chico —le reprendió. —Abajo. —Levantando la mirada le pilló la rápida expresión que le cruzó la cara, sus ojos llameando. Se acabó tan rápidamente que se preguntó si se lo habría imaginado todo. Pero mientras tanto, su pulso se aceleró y se le secó la boca. Esto era ridículo y muy poco propio de ella. Él era su vecino (un soldado herido y antiguamente bajo el mando de su padrino) y su perro le había saltado encima. Él se merecía algo más que una mujer atacada por las hormonas, convertida en una masa jadeante por un macizorro. Se enderezó, inclinando la cabeza para mirarlo directamente a los ojos. Ojos castaño oscuro, muy intensos. Y también altamente inteligentes. Eso la dejó en shock

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~1133~~ por un momento. Estaba totalmente desacostumbrada a encontrar inteligencia masculina como complemento a unos músculos. En su mayoría, según su experiencia, la inteligencia masculina iba ligada a batas blancas de laboratorio. Definitivamente no a enormes cantidades de piel dura, desnuda y bronceada. —Lo siento muchísimo, Teniente… —Max —dijo él y su perro ladró. ¿Pero por qué decía él que...? ¡Oh! —¿Tu nombre también es Max? —Como tu perro. —Él agachó la cabeza, ella seguía teniendo su mano en las suyas—. Maxwell Wright. Acortado en Max. —Él es Maximilian. Acortado en Max. Ella dio un tironcito y él le soltó la mano. Se sintió como si la hubieran desenchufado de algún tipo de poder arcano. —Teniente Wright. —Ese había sido el nombre que le había dicho el tío Mel. Otra expresión cruzó su rostro. No de calor y diversión, si no de pena. Una pena profunda y dolorosa. Ella acababa de perder a su padre, comprendía la pena, la comprendía en sus huesos. —Teniente no —dijo él—. Ya no. Involuntariamente Paige miró hacia su pierna. Con esa pierna —mucho más delgada que la otra, repleta de cicatrices— él ya no sería oficial naval, no. Una pierna estaba morena y fuerte, profusamente musculada. La otra era pálida, atrofiada. Y todas esas cicatrices. Cicatrices de cirugía, líneas blancas con pequeñas incisiones a cada lado, marcando su pecho. Una redonda estrellada en su hombro, que incluso ella podía ver que era de un disparo de pistola, se veía más antigua que las otras. El perro miró a uno y a otro mientras ellos hablaban, sus ojos marrones seguían a su ama y a su nuevo mejor amigo. Obviamente había decidido que toda esa charla era aburrida, así que encorvó los hombros, que era lo que siempre hacía antes de saltar. Paige jadeó. El otro Max, el humano, iba a sufrir otro salto, otro golpe. —¡Max, no! ¡Chico malo! Fue perfectamente inútil porque Max nunca obedecía. Se detuvo para agarrarlo del collar cuando el Max humano hizo otro ligero gesto con una gran mano y su Max se relajó.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~1144~~ Increíble. Entonces ella levantó la mirada hacia el gran hombre y comprendió porqué Max se había repensado su filosofía de Saltar Sobre Cualquiera es Divertido. El hombre tenía escrito “ordeno y mando” por todo él, como el tío Mel. Era impensable que cualquiera, hombre o bestia, no le fuera a obedecer inmediatamente. Debía de ser genial tener ese don, uno que a ella, tristemente, le faltaba. Su Max lloriqueó, mirando una y otra vez entre ambos. El Max humano le rascó la cabeza a Max, sin apartar en ningún momento la mirada de ella. Era algo enervante, ser observada tan de cerca, especialmente por un hombre que se las apañaba para proyectar una personalidad tan fuerte incluso estando descalzo en la orilla, vestido únicamente con las bemudas de baño. Tal vez era por todos aquellos músculos. Tenía que irse. Aunque se sentía casi hechizada por el hombre alto, silencioso y serio delante de ella, iba a llegar tarde al trabajo si se quedaba ahí más rato, babeando por sus anchas espaldas y su habilidad de hipnotizar a su notoriamente ingobernable perro para que aparentemente obedeciera. —Bueno pues. Hum... —Dios. Sus ojos eran tan oscuros, tan atrayentes... que casi alarga la mano para simplemente volver a sentir aquella conexión otra vez. Pero eso sería de locos. Paige no era ninguna loca. Era una científica seria, normalmente inmune por completo a las urgencias hormonales como la de desear agarrar la fuerte mano de un hombre a los pocos minutos de conocerlo. Max levantó una pata sobre su muslo, mojando su vestido de verano. Hora de irse. —Lamento muchísimo que mi perro te saltara encima, hum, Teniente. —Max —dijo él, su voz tan profunda que estaba sorprendida de que el agua donde estaban no vibrara. —Max —repitió obedientemente. Tiró de la cadena de su Max—. He intentado entrenarlo, pero como puedes ver, no he tenido mucho éxito. No nació con el gen de la obediencia. —Le disparó una mirada seca al perro a su lado. Vaya, Max no se calmó para nada al ver que se nombraban sus faltas. Su cola marrón y rubia se meneaba tan rápido que dejaba caer gotas de agua salada. —¿Qué es? Parece que haya algo de border collie en él. —La gran mano del hombre le estaba rascando a Max tras las orejas. Max sabía que estaban hablando de él y su grupa ahora se movía al ritmo de la cola. Era un perro en el séptimo cielo. Ella suspiró. —Fue un perro rescatado y es un mestizo. Algo de border collie, está claro. El chico de la perrera dijo que también tenía algo de labrador y pastor alemán. Él me

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~1155~~ súper-prometió que Max iba a ser todo decoro y obediencia. —En retrospectiva, Paige estaba sorprendida de que un rayo no hubiera caído de los cielos para fulminar a aquel estudiante universitario tan amable de la perrera. Su perro sonrió, con la lengua por fuera de la boca, perfectamente consciente del hecho de que ni la obediencia ni el decoro estaban en lo alto en su lista de cualidades perrunas. —Venga, grandote —Paige le hizo un gesto con la cabeza a su perro—. Se ha acabado el paseo. Hora de regresar a casa. Tengo que ir a trabajar. Algunos de nosotros trabajamos para vivir, ¿sabes? Su perro era muy listo y se había aprendido unas cuantas palabras. Lástima que quieto, gira y siéntate no estaban entre ellas. Pero trabajo, lo que significaba que ella lo iba a dejar encerrado en su pequeño patio trasero todo el día... bueno, esa palabra la entendía perfectamente. Max había perfeccionado el arte del chantaje emocional. Al instante de oír la palabra trabajo, se encogió de miedo, gimoteando. Sus grandes ojos marrones parecían implorar. Paige casi pone los ojos en blanco. Levantó la vista hacia el alto hombre oscuro a su lado. Él no estaba sonriendo, no exactamente. Pero sus facciones se habían suavizado. —Probablemente estarás pensando que saco el látigo de forma regular por cómo está reaccionando, cuando en realidad está mimado a muerte. Si fuera por él, mi trabajo principal consistiría en sacarlo a dar paseos interminables y alimentarle. 24/7. Pero el hecho es —cambió su atención al gimoteante perro, levantando la voz—, el hecho es que hoy es día de trabajo, lo que hace que alguien juegue sucio. Esa era otra palabra que reconocía. Él se congratuló con un alegre ladrido. Ella se giró hacia el alto soldado. —Así que me disculpo de nuevo por mi ingobernable perro y ahora nos apartaremos de tu vista. —Tiró de la correa y Max hizo su numerito habitual de encogimiento, como si ella fuera el Ángel de la Muerte que hubiera ido a por él—. Venga ya, Max. Se ha acabado el recreo. —Volvió a tirar, caminando hacia atrás. Algunas veces tenía que, literalmente, arrastrarlo desde la playa, sus zarpas dejando marcas en la arena. Ya le habían echado un par de malas miradas por eso. —Se puede quedar conmigo. —La voz era baja pero le llegaron las palabras. —¿Perdón? —Evidentemente no desea que lo encierren, no todavía. Y yo... yo tengo algo de tiempo libre. Estaré feliz de darle otro paseo. Lo dejaré en la playa un rato más.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~1166~~ Ella no lo pudo evitar. Miró abajo, a la pierna destrozada. Cuando volvió a levantar la mirada, vio calma en aquellos ojos oscuros. —No hará que me caiga. Tengo buen equilibrio. Me pilló por sorpresa, pero no volverá a pasar. —No lo sé... no se cansa fácilmente —le advirtió. Eso le provocó una pequeña sonrisa. —Ni yo tampoco. Bueno, no. Si había sido un SEAL podía probablemente ganarle a su bullicioso perro. Lo observó cuidadosamente, para nada escondiendo su escrutinio. Él se quedó quieto, con la cara remota y sin expresión y le permitió examinarlo. Paige no tenía ni idea de quién era, en realidad. Aunque se quejaba muchas veces por la gran energía de su perro y su completa falta de obediencia, él era una alegría. En los días en los que el trabajo iba mal, lo que últimamente sucedía cada vez más, llegar a casa con Max era un momento de gozo en su día. Lo quería tremendamente. Aunque Max era un perro amigable, había tenido bastantes e inesperadas reacciones hostiles hacia los hombres. Una, con un colega que había resultado un maltratador; otra, con un borracho; y una memorable noche le había gruñido a un banquero perfectamente normal que había ido a recogerla para ir a cenar. La sagacidad de Max era mejor que la suya porque a ella le llevó toda una cena comprender que el banquero era un imbécil. Cuando la llevó a casa no aceptaba un no por respuesta y sólo cuando Max le gruñó (enseñándole los dientes blancos y afilados) finalmente se retiró. Así que confiaba en las reacciones de Max más que en las suyas porque aunque el hombre estaba de pie completamente quieto, una mano seguía rascándole a Max detrás de las orejas. El Pequeño Max era un yonky de la atención, pero no estaría reaccionando así si el Gran Max estuviera enviando malas vibraciones humanas. —Él es muy importante para mí —dijo finalmente, todavía mirando a los ojos profundamente castaños del hombre, insondables e inteligentes. Él inclinó la cabeza hacia delante. —Comprendido. Estará a salvo conmigo. —Max dio un fuerte y feliz ladrido. Su perro no podía saber lo que estaban discutiendo pero en lo que a él concernía, cada minuto no pasado en su diminuto patio trasero y en la presencia de su ama y su nuevo mejor amigo era un minuto de felicidad.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~1177~~ Paige suspiró. La decisión estaba tomada, ella sólo lo estaba postergando. —Ok. —Le pasó las cosas de dar-paseos-con-Max. Correa. Algo menos divertido que la correa—. Eso es el equipo de recogida. —Lo miró, sospechosa—. ¿Sabes cómo funciona? El lo cogió en sus manos, mordiéndose los labios para evitar lo que parecía una sonrisa. —No, pero parece bastante claro. Creo que lo descubriré. Ella se miró el reloj y gimió. Ay. Tenía que darse prisa si quería llegar a su hora. Además estaba esperando que Silvia llamara. —Me encontraré contigo en tu puerta en veinte minutos y te pasaré los boles de comida de Max, algo de comida para perros y un Milk Bone. —Max ladró al oír el sonido de sus palabras favoritas—. Si me das tu número de móvil te meteré en mi agenda del teléfono y te daré el mío cuando te traiga las cosas de Max, para que me puedas llamar si pasa algo. —Me lo puedes dar ahora —dijo. Él estaba desnudo excepto por el bañador. —Pero no llevas el móvil contigo. —Puedo recordar un número de diez cifras. Confía en mí. Ella le dio su número y, para tranquilizarla, él se lo repitió perfectamente. Cualesquiera fueran sus heridas, ciertamente no le habían dañado el cerebro. Podría contactarla si Max se ponía demasiado pesado. Y tenía que darle una opción alternativa. —Te daré la llave de mi patio trasero cuando me detenga. Si te cansas de él, sólo abre la puerta y hazle entrar. Arrastrará los pies y parecerá que le has roto el corazón, pero ignóralo. —Le echó a su perro una mirada para acallarlo, que él felizmente ignoró. Cayeron algunas babas a la arena—. Se puede volver realmente pesado. El hombre se paró por completo. —¿No me conoces y me vas a dar la llave de tu patio trasero? Paige sonrió. —Para empezar, te voy a dejar a Max, que es mucho más precioso para mí que el patio para el que siempre estoy demasiado ocupada como para cuidar de él y donde Max excava todas las plantas de todos modos. No hay nada ahí para robar, ni siquiera flores. Y el tío Mel te envió aquí. Mi padrino. El tío Mel más o menos camina sobre las aguas en lo que a mí concierne. Si fueras un asesino en serie, me lo habría dicho. Su rostro se volvió sombrío.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~1188~~ —No soy un asesino en serie, lo prometo. Si fuera un asesino en serie, sería uno solitario. Paige reconocía la soledad y la estaba viendo justo frente a ella. Él estaba tan sólo, que incluso la compañía de su perro increíblemente bullicioso era bienvenida. —De acuerdo —dijo suavemente—. Dejaré las cosas y te veré esta noche. Y como agradecimiento por cuidar de mi perro, incluso te cocinaré la cena. Cena era una palabra que Max definitivamente reconocía. Le contestó con un excitado ladrido. —Yo secundo la moción —dijo el otro Max con su profunda y sexy voz.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~1199~~ CCaappííttuulloo 22 Tío, la Dama de las Galletas era jodidamente magnífica. Max estaba realmente contento de haberla visto primero en la playa, tranquila y relajada, porque cuando ella se detuvo a dejarle las llaves y la comida para el perro, estaba toda envuelta en el traje de Mujer Ejecutiva y parecía otra mujer por completo. Ese cabello castaño dorado sujeto atrás apretadamente en una trenza francesa. Traje oscuro conservador. Zapatos sensatos. Maletín. Gafas. En absoluto como la mujer sonriente con vestido de tirantes y sandalias, el pelo suelto alrededor de los hombros, jugando con su perro. Era el reverso de Marian, la bibliotecaria, abotonada hasta arriba, pero demasiado tarde porque Max ya había visto la versión del corto vestido de tirantes, las piernas desnudas, el cabello suelto y sin gafas y era sorprendente. Notar a las mujeres era algo nuevo. En el País de Arena primero y después de la explosión y mientras le recomponían, no había deseado a ninguna. No había nadie a quien desear en el campo y en el hospital, tío, no conseguías una erección por una señora que limpia tu cuña de hospital y tu culo. Además aquel último año, no es que algo al sur de su frontera, incluyendo las piernas, hubiera funcionado mucho. Pero las piernas —o una pierna, al menos— ahora funcionaban y como si estuviera conectado, todo había regresado esta mañana en una gran oleada. En la playa. Mientras llevaba unas bermudas de baño que le perfilaban bien. Mierda, había estado cerca. Allí quieto en el oleaje con esta hermosa y sonriente mujer que trataba (y fallaba) de mostrar arrepentimiento por su perro, tan cerca que pudo oler algo parecido a flores por encima del olor a sal del océano, tan cerca que pudo ver las manchas verdes en los ojos azules, tan cerca que pudo tocar esa piel clara y ligeramente bronceada… tuvo que apretar las manos en puños. ¿Sin extender la mano y tocarla? Bien, le costó toda la autodisciplina de un SEAL. Porque lo que quería más que nada era ir con la oleada de hormonas que inundó de repente su cuerpo. Bajarla sobre el suave oleaje matinal y rodar encima de ella.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~2200~~ Podía sentirlo, casi podía saborearlo. Bajarla con él, levantar la ligera falda, rozar los muslos con la mano, arrancarle las bragas y perderse ambos en el oleaje poniendo la mano entre las piernas... Su largamente inactiva polla se había alargado y engordado y estaba camino de levantarse, preparada para celebrar el final de dos años de sequía. Tuvo que hacer que toda la sangre que había desertado de su cabeza, para ir a su polla, hiciera el camino de vuelta para poder mantener una conversación racional con ella sin asustarla. No había tenido sexo en mucho tiempo, el deseo era tan intenso como cuando era un chico con una erección perpetua. El deseo caliente ardía en sus venas, las manos le hormigueaban y su pecho se llenó con calor. Pero cuando había sido un adolescente cachondo, cualquier mujer que no te hiciera huir gritando y que tuviera el equipamiento adecuado, le ponía. Esta vez esos sentimientos intensos estaban enfocados completamente en ella. Paige Waring. Dama suculenta. La dueña de Max. Bonita, sonriente y exquisita. Y entonces la patada. Una verdadera sorpresa. ¡Una invitación a cenar! ¡Y sexo después! Había sido como un puñetazo al pecho, aunque la pequeña parte de su cerebro que era todavía capaz de pensar racionalmente se dio cuenta de que una invitación a cenar no era una invitación a tener sexo. Eso era sólo un pensamiento de su pene. Era una invitación de lástima. Para el soldado paralizado, completamente sólo. No importaba. Ahora no se sentía como un soldado paralizado. Ahora se sentía como un hombre con una misión. Meter a la deliciosa Paige Waring en su cama tan rápidamente como fuera humanamente posible. Y dado que no había límite de tiempo porque ya no estaba en el servicio activo (el corazón dio su habitual golpeteo agudo ante el pensamiento) iba a mantenerla allí durante mucho, mucho tiempo. Porque tío, el sexo había vuelto. Gran momento. El perro tiró de su correa, bailando en las ondas. Quería jugar. Bien, también Max. Después de dos años de miseria y dolor, estaba listo para jugar otra vez. * * Era difícil mantener a Max fuera de su mente. El Max humano, Maxwell, no su amigo peludo.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~2211~~ Paige tenía un día increíblemente frustrante, tratando de juntar archivos corruptos de la investigación de la Estación de Investigación de Argentina y esperando que su amiga Silvia, que trabajaba allí, contactara con ella. El proyecto de investigación de Argentina era interesante y un poco escalofriante. Como genetista de plantas, Paige estaba fascinada por todo lo que la naturaleza podía hacer por sí misma. Pero ahora su compañía, los Laboratorios GenPlant, una rama de una enorme multinacional de alimentos, había unido el gen humano de la hormona del crecimiento con el maíz, creando una nueva variedad, HGHM-1, pensando producir un tipo de maíz que creciera tan rápidamente como para poder obtener tres cosechas al año, cada cosecha duplicando el tonelaje. Sus campos de investigación estaban en los vastos latifundios de la compañía a unos seiscientos cincuenta kilómetros al sur de Buenos Aires y una de sus mejores amigas, Silvia Ramirez, era la directora local del proyecto. Habían estado jugando al gato y al ratón por teléfono durante días. Silvia había enviado un archivo con resultados preliminares, pero de algún modo, el archivo se había corrompido, casi imposible de reconstruir. Sin los archivos y sin Silvia para ayudarla, Paige estaba bloqueada. El HGHM-1 era la prioridad absoluta de la compañía actualmente y no tenía ningún otro proyecto urgente que necesitara su atención. Así que Paige pasó todo el día con, básicamente, nada que hacer excepto pensar en su nuevo vecino. Sin obsesionarse. Sólo... pensando en él. Tenía dolor. Suprimía respingos cuando ponía demasiado peso en esa pierna delgada y mutilada, pero ella podía decir que le dolía. Aunque él no había dicho ni una palabra sobre ello, fingiendo que absolutamente nada estaba mal. De hecho, se ofreció a cuidar de su perro. Había sido una verdadera sorpresa para ella cuando abrió la boca para decir “no” y había salido un "sí". Por mucho que la exasperara Max, adoraba a su perro. La única vez que lo había dejado con extraños fue cuando tuvo que salir de la ciudad en viaje de negocios y entonces sólo en la perrera certificada que había revisado con cuidado. Así que decirle a un hombre al que no conocía que dejaría a su perro con él durante el día no estaba en su carácter. El asunto era, que por un segundo, el Max humano había parecido tan perdido y solitario. El mejor remedio para eso era pasar tiempo con su Max. Su Max te haría perseguirlo sin aliento y riendo mientras tanto. No tenías tiempo de sentirte solitaria. Max era la alegría reencarnada.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~2222~~ Aunque el otro Max no estaría solo mucho tiempo, una vez que se recuperara. Había un mundo entero de mujeres allí fuera que adorarían jugar con él. El hombre exudaba sexo. Le salía por los poros. Se preguntó si su Max podía oler las feromonas que liberaba, aunque quizá los machos no notaban las hormonas del mismo género. Era un pensamiento interesante. Cuando Max la agarró poco antes de tropezar en el oleaje, había sido como recibir una descarga eléctrica. Durante un segundo, pensó que podría oír el chisporroteo de electricidad, aunque probablemente lo que oyó fueron sus neuronas friéndose. Ser sostenida con fuerza contra ese cuerpo excesivamente flaco y súper-duro interfería con su sistema neuronal. Si ella hubiera sido una de sus plantas de prueba, se habría marchitado de la sobrecarga. Ciertamente su cerebro había abandonado su cuerpo. Era una locura que le permitiera cuidar a Max durante el día. Por supuesto, el hombre era un oficial naval, acostumbrado a una enorme responsabilidad. Era un SEAL. O un ex SEAL. Esos hombres sabían cómo hacer de todo y ella estaba segura que podría cuidar de un perro indisciplinado pero amistoso. ¿Invitarlo a cenar? Bien, eso había sido un poco loco. No era su estilo. Era bastante fría con los hombres. No podía recordar haber invitado jamás a un tipo a una cita. No es que la cena fuera una cita, por supuesto. No lo era, en absoluto. Era sólo un gesto amable y amistoso hacia un vecino. Una cena de agradecimiento. Pero una vez que había tenido tiempo de pensar… de pensar demasiado, habría dicho Silvia, se dio cuenta de que estaba fuera de su elemento. Le habría llamado para cancelarla, excepto que… bien, excepto que había una parte de ella que esperaba con ganas esta noche. Se preguntaba si la chispa que sintió cuando lo tocó fue un caso excepcional. Si iba a trazar su reacción emocional con los hombres en ejes X e Y, la línea vagaría suavemente sobre el tercio más bajo de la página. Esa experiencia había estado, literalmente, fuera de los gráficos. Subiendo hasta arriba y desapareciendo en la estratosfera. Su teléfono móvil sonó. Lo agarró, esperando que por fin fuera Silvia y oyó estática. Entonces, ligeramente: —¿Paige? —Silvia, sonando como si llamara desde el lado oscuro de la luna—…. te envío…

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~2233~~ Paige agarró el aparato. —¡Silvia! ¡Por fin! El archivo de datos que enviaste… Pero hablaba con el aire. Había desconectado. Otra vez. Paige cerró el móvil con un ceño. Silvia no contestaba a los correos electrónicos, nunca estaba en línea según Skype, no posteaba en Twitter y su página de Facebook no había sido actualizada, algo que hacía por lo menos tres veces a la semana. Silvia, la persona más gregaria que Paige conocía, parecía haberse caído de la faz de la tierra. Nunca dejaría que Paige se preguntara donde estaba. Si Silvia fuera capaz de darle un toque, Paige sabía que lo haría. Y el archivo que envió había sido pirateado y corrompido. Paige estaba segura de ello. ¿Pero a quien quejarse? El adjunto de Silvia había sido personal, no parte de las actualizaciones regulares de los informes de la Estación de Investigación Argentina a la central. Oficialmente, el envío no existía. Bien, este había sido un día improductivo. Preocupándose por Silvia y pensando en su vecino de al lado. Colgó su bata de laboratorio, se soltó el pelo, su propia señal personal de estar fuera de servicio y salió a las grandes puertas de cristal del edificio de dos plantas del complejo de investigación. La preocupación golpeteaba en su corazón. Por su amiga y porque tenía una aplicación de restaurar archivos que un friki enfermo de amor había diseñado una vez para ella en la escuela de postgraduados, con la esperanza de atraer a Paige a su cama. La treta no había funcionando pero la aplicación sí. Parecía que el archivo había sido degradado por un profesional, pero la aplicación friki había restaurado piezas y trozos. Una frase había saltado, provocándole escalofríos. Fuertes evidencias de un cáncer… La frase estaba incompleta, pero la única palabra en el idioma inglés que empezaba con esas letras era "cancerígeno". Algo de lo que Silvia estudiaba provocaba cáncer en humanos. Y Silvia estaba ilocalizable. No había absolutamente nada que Paige pudiera hacer, no en ese momento. El jefe de su departamento, el doctor Warren Beaverton, estaba en Estonia para una conferencia. Y aunque el doctor Beaverton era excelente en lo que hacía, fuera de generar datos de laboratorios era un ser humano inútil con apenas columna vertebral para enderezarse. Y justo por encima de él estaba el Vicepresidente para la Investigación Dean Hyland, que, en una escala de humanidad, de uno a diez, se situaba en menos cinco.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~2244~~ Y, quien, siendo ejecutivo, sabía menos que la señora de la limpieza sobre genética. Ella no tenía la menor idea de cómo había conseguido su doctorado. Comprado, probablemente, a alguna compañía con base en Montenegro. Instintivamente, Paige supo que no podría implicar a ninguno de ellos. Algo andaba realmente mal. A veces, cuando Paige levantaba su extensión, había un sonido leve de zumbido antes del clic de conexión. No tenía que leer libros de suspense para saber lo que significaba. Su teléfono e indudablemente su ordenador estaban pinchados. No serviría de nada agitar el teclado ya que podían rastrear lo que escribía tecla a tecla. Silvia era lista y también ella. Si sólo podían comunicarse brevemente, podrían encontrar un modo de hablar sin ser oídas por casualidad. Podrían establecer un sistema de mensajes, podían inventarse nuevos nombres en Skype, podrían comunicarse a través de móviles desechables. Pero primero, Paige tenía que poder hablar con Silvia. Y Silvia no estaba en ninguna parte. Al menos esta noche tenía a dos Max para quitarse de su mente sus preocupaciones.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~2255~~ CCaappííttuulloo 33 Max estaba en el umbral, tratando de evitar que se le cayera la mandíbula, bebiendo la vista de Paige a través de la puerta abierta. Esta era la tercera versión de Paige Waring que había visto y si las dos primeras le habían dejado boquiabierto, ésta quitaba la respiración. ¡Boom! Posición de muerto. La sonriente playera y la empresaria seria se habían ido. En su lugar estaba esta maravilla sexy. El cabello brillante y ligeramente castaño, en cantidad suficiente como para unas seis mujeres, brillaba sobre los hombros, reflejando la luz con cada movimiento que hacía. Se había maquillado para resaltar los grandes ojos azul turquesa y su exuberante boca era una obra de arte. Llevaba un vestido de verano de color turquesa sencillo, elegante, sexy y vaporoso, pulseras blancas y turquesas y sandalias que mostraban las uñas de los pies de un rosa brillante. Incluso sus jodidos dedos de los pies eran sexys. Una versión más fuerte del perfume que había olido esa mañana mezclado con su piel tibia lo habría puesto de rodillas, si pudiera flexionar ambas rodillas. Era un sueño húmedo viviente, vivía en la puerta de al lado e iba a alimentarle. Max se inclinó para soltar al perro y darse tiempo para ocultar su reacción, porque mirar fijamente con la boca abierta a la mujer era definitivamente una grosería. En el instante que soltó la correa, el perro saltó hacia adelante. Estaba ansioso de llegar donde su ama, aunque Max había aprendido hoy que ansioso era la forma natural del perro. Había estado ansioso por perseguir a las ardillas en el pequeño parque para perros al otro lado de la playa, había estado ansioso por jugar al frisbee en la arena, había estado ansioso por jugar a traer un palo desde las olas. Estaba ansioso por todo y mantenerlo fuera de los problemas había mantenido a Max en movimiento y de buen humor todo el día.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~2266~~ Max saltó sobre su ama, tratando de alcanzarle la cara y lamerla. Paige retrocedió, casi cayendo bajo el peso del perro. Max salió del trance sobre Paige. —¡Max! —Puso orden en su voz—. ¡Siéntate! Inmediatamente, Max se sentó sobre sus patas traseras en el suelo. La disciplina duró un segundo mientras temblaba de entusiasmo, entonces los músculos traseros ondularon para dar otro salto sobre Paige. —¡Quieto! —ordenó Max y subrepticiamente le deslizó una golosina. Nunca había pensado intentar esto con sus hombres. Darles una orden, luego entregarles una barrita Mars cuando obedecieran. Ahora fue la bonita mandíbula de Paige la que cayó. Miró con ojos bien abiertos a su perro y luego a él. —¡Oh, cielos! ¡Te ha obedecido! Es asombroso, ¿cómo lo has logrado? —Entrecerró los ojos—. Y no te atrevas a decir que es porque eres un hombre. Él apretó la mandíbula, porque bien, era verdad. Estaba acostumbrado a hombres dominantes. Meterle algo parecido a la disciplina a un perro era algo fácil para él. —No lo diré. Lo prometo. —Max no era tonto. Quería seguir cayéndole bien—. Ten —y sacó la mano de detrás de su espalda para mostrarle un ramillete de flores—. Créelo o no, tu perro las escogió. Olió todos los ramilletes de la florista y se decidió por éste. Se sentó delante y no se movió hasta que lo compré. No tengo ni idea de que flores son. Ella sonrió mientras cogía el ramillete, oliendo con interés. —Gracias, aunque no era necesario. Veamos... tenemos susanas de ojos negros, margaritas africanas, gladiolos, zinnias y ásteres. Él elevó las cejas. —Impresionante. Yo distingo las margaritas de las rosas, pero eso es todo. Conozco setas comestibles y cuales te envenenarían. Y cómo hacer té mortal de adelfa. —No estés muy impresionado —dijo Paige mientras entraba en la bonita y pequeña cocina, llena de luz y volvía con un jarrón—. Conocer las plantas es mi trabajo. Soy genetista de plantas. —Le miró a la cara y rió—. Consigo ese mirada en blanco muchas veces. Nadie sabe qué decir a eso. Debe ser como tu línea del trabajo. Entra y siéntate; ¿puedo servirte una copa de vino? El perro gimoteaba y se contoneaba a sus pies. Max miró a Paige. —Gracias. Me encantaría una copa de vino. ¿Qué hacemos con Max? Creo que hemos alcanzado los límites de mi curso de entrenamiento de un día.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~2277~~ Paige volvió a la cocina, sus palabras arrastrándose tras ella. —Bien, sucede que tengo algunas golosinas para un perro bueno. —Como si las palabras fueron un disparador para saltar, Max se levantó y corrió a la cocina, las uñas raspando el suelo de baldosas. Bien, fue bueno mientras duró. Nadie podía esperar que un perro apenas mayor que un cachorro permaneciera quieto para siempre. Especialmente después de sólo un día de entrenamiento. Max saltaba arriba y abajo, lanzando ligeros gritos de alegría. Paige se agachó con la mano abierta y él comió las golosinas delicadamente de su palma, luego la lamió. Paige rió y le rascó el pelaje de la cabeza mientras él la miraba con adoración. Max lo comprendió perfectamente. En el instante que había visto a Paige en el umbral, tan bonita y sonriente, algo en él, algo doloroso, oscuro y retorcido, se agrietó, sólo un poco. Sorprendente. El trabajo preliminar había comenzado en un día soleado con un perro enérgico y cariñoso y ahora el trabajo estaba completo con la presencia de su dueña. Paige exudaba calma. Serenidad atractiva y resplandeciente. ¿Existía tal cosa? No tenía ni puta idea. Pero si lo había, ella lo tenía a cantidades. El modo en que se movía, esas curvas esbeltas y suculentas, alguna clase de perfume que iba directamente a la nariz de un hombre y destrozaba la parte pensante del cerebro: eso estaba allí. Pero también había alguna clase de campo de fuerza lleno de paz alrededor de ella. Se movía a su alrededor como si se tratara de alguna clase de ángel enviado a la tierra para recordarle que la vida era buena y que merecía la pena vivirla. Esa vida no era batalla, muerte y pérdida. Sangre y dolor. Esa vida tenía cosas por las que valía la pena luchar. Paige y su gracioso e hiperactivo perro, joder, sí, por ellos valía la pena luchar. Lo que estaba viendo era una escena que era inconcebible en ciertas regiones. Una mujer serena, exitosa y única que vivía sola con un perro. Dónde él había pasado los últimos años de su carrera, en este momento una mujer como Paige sería azotada y luego apedreada, su perro azotado y despreciado. Estaba realmente contento de haber trabajado tan duro para crear un mundo donde esa clase horrible de crueldad pudiera ser derrotada. No se arrepentía de nada. Especialmente no ahora, en este cuarto lleno de luz con una hermosa y sonriente mujer. Había algo especial en ella. El mundo necesitaba mujeres así.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~2288~~ Necesitaba mujeres que pudieran hacer que las cosas fueran mejor simplemente por estar ahí. Y allí mismo, en la colorida cocina de Paige, tomando una copa de excelente vino blanco frío con su perro bailando a sus pies, mirándola moverse tan elegantemente, algo le sucedió a Max. Había pasado años en lugares muy malos. Culminando en el año pasado en Afganistán, que le rompió el corazón y el cuerpo. Y luego el hospital, atado a la cama por el dolor y la debilidad. Años oscuros, años con seres feroces a su alrededor, años sintiendo que el mundo colgaba de cuerdas que se deshilachaban y deshacían. Ahora mismo, en este momento, mirando la luz del atardecer que inundaba el bonito apartamento, algo poderoso le atravesó, alguna fuerza que fue lo bastante fuerte para mover la oscuridad que había en él, oscuridad que pesada como el hierro y era dura como la piedra. Algo hecho de luz, intangible pero muy real y muy fuerte. Lo que fuera, estaba íntimamente conectado con la hermosa mujer que tarareaba una melodía de la radio encendida en una emisora de rock suave. De repente, quiso saberlo todo sobre ella, averiguar qué tenía por dentro que podía levantar esas planchas de hierro de su alma. Averiguar cómo podía llenar la habitación con luz. —¿Cómo es ser genetista de plantas? ¿Qué haces? ¿Cómo llena un día un genetista de plantas? Ella se giró hacia él con sorpresa, el suave pelo cayendo por sus hombros. Una expresión fugaz le cruzó la cara, una que él no pudo descifrar, el más mínimo atisbo de oscuridad, como si el ala de un pájaro se hubiera interpuesto entre ella y el sol. Luego se fue. Pero cuando contestó, su voz fue ligera y divertida y se preguntó si se había imaginado la oscuridad. Era casi imposible conectar a esta mujer con cualquier clase de oscuridad. La boca llena y suculenta se curvó por las comisuras. —Es algo difícil de explicar y aburridamente técnico. —Fui a la escuela —dijo él suavemente. En realidad tenía dos masteres. Uno en historia militar y otro en ciencias políticas. De los días en los que trataba de comprender el mundo. Esos días se habían ido. Ahora sólo trataba de defender su pequeño rincón y sobrevivir—. Podría tratar de seguirte. Ella revolvió algo con una cuchara de palo, lo sacudió contra la cazuela y puso la cuchara en un plato de cerámica. Diablos, lo que fuera que estaba cocinando olía de maravilla. Apagó el fuego.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~2299~~ —Vale, está hecho, pero le llevará unos diez minutos asentarse. ¿Por qué no nos sentamos a la mesa y disfrutamos del vino? —Suena bien. Colocó dos sitios, en ángulo recto en vez de enfrente el uno al otro. Estaban tan cerca que él podía oler algo florido por encima de lo que se estaba cocinando. Tan cerca que podía tocarla sin ningún esfuerzo. Agarró su copa y tomó otro sorbo. Maldición. Incluso el jodido vino era perfecto. Ella sorbió el vino, ladeó la cabeza y le estudió. —Volviendo a lo que hablábamos, siento mucho si di la impresión equivocada. No quería decir que no pudieras entender lo que hago, en el sentido de ser incapaz. Lo que quería decir es que, como en la mayoría de los trabajos, lo que hago día a día es la punta del iceberg y tendrías que saber lo que hice ayer y lo que planeo hacer mañana para tener la imagen completa. La versión corta es que investigo cómo la Madre Naturaleza diseñó la vida vegetal y entonces pienso en maneras de mejorar eso. La imagen grande es realmente excitante porque de algún modo estamos descubriendo los secretos de la vida misma. »Pero el asunto diario es realmente tedioso y aburrido. En el laboratorio de investigación pasamos todo nuestro tiempo mirando por el microscopio, verificando los cultivos en discos de petri y registrando meticulosamente cambios cada minuto, puntuado con días en el campo, verificando filas de cosecha, midiendo el crecimiento por milímetros. No es emocionante a menos que seas un friki de la botánica. Imagino que describir tu trabajo también es difícil. Si pudieras contármelo sin tener que matarme después. Sonrió y Max se tensó. Aquí estaba. El asunto SEAL. Las mujeres no podían pasarlo por alto. Algunas mujeres trataban a los SEAL como figuras de acción con armas, hombres capaces de saltar de edificios altos con un simple movimiento. El asunto era, que los SEALs no eran superhombres. No eran una casta especial de hombres con capacidades sobrehumanas. Sólo eran hombres decididos e implacables que desarrollaban habilidades especializadas trabajando como demonios. Lo que podían hacer lo aprendían del modo difícil. Trabajaban duro, luchaban duro, a menudo sangraban y morían. Eran guerreros, pero también aprendían idiomas, orientación e historia y tenían que saber cómo cavar un pozo, aplicar una tablilla y tramar un camino. La mayoría de las personas no iban más allá del asunto de luchar. No podía contar las mujeres que le habían mirado a la cara con avidez mientras le preguntaban cuántos hombres había matado. A veces le miraron con asco mientras le

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~3300~~ preguntaban, como si él fuera una especie de asesino a sueldo. Un animal apenas domesticado. A veces la curiosidad ávida se transformaba en un deseo que tenía mal sabor y que le revolvía el estómago. Porque claramente les gustaba la idea de follar a un asesino. De cualquier manera, no podía haber explicado lo que hacía. —No te mataría —dijo suavemente—. No importa lo que te hayan dicho. Es un mito. Oh, diablos. No podría matarla, no podría herirla de ninguna manera. Viendo a Paige sentada a su lado, con la piel suave y ligeramente bronceada, la bonita cara abierta y sonriente, amistosa y amable… ella era todo por lo que siempre había luchado. La idea de herir a una mujer o un niño siempre le había puesto físicamente enfermo. Paige, herida… Dios. Paige le miró directamente a los ojos, le miró abiertamente. Él no tenía la menor idea de lo que ella veía, pero de repente asintió con la cabeza, como si confirmara algo. —No —dijo—. No me harías daño. —Malditamente correcto —respondió él. Hubo un momento eléctrico de silencio. Max dejó salir el aliento en una lenta exhalación. Había mucho significado detrás de sus palabras. A nivel superficial, por supuesto que no iba a herirla, matarla. Pero el significado más profundo era que ella sentía que él no era un hombre al que temer. Max apenas podía recordar no ser grande y fuerte. Cuando tenía doce ya se había disparado hasta el metro ochenta y parecía tener dieciséis. Nadie se metía con él y si lo hacían lo lamentaban. La vida que vivió, especialmente después de unirse a la marina y pasar el BUD/S, le había hecho aún más grande, más fuerte y proporcionado un aspecto más malvado. Era malo. Jódeme y lo lamentarás. Pero elegía sus batallas. No estaba fuera de control y le molestaba que una mujer le tratara como un personaje de una película de acción o un adicto a la violencia. —Entonces —dijo Paige con suavidad—. ¿Qué tal si no hablamos de nuestro trabajo y hablamos de otra cosa? Como por ejemplo de Max, aquí presente. A sus pies, Max movió la cola. Había algo en el modo que el perro se sentaba junto a ella, totalmente concentrado… Max apartó el mantel y… ajá. El perro tenía la cabeza contra el muslo de Paige. Algo con lo que él podía identificarse. También le gustaría tener la cabeza contra el muslo de Paige.

LLiissaa MMaarriiee RRiiccee FFaattaall HHeeaatt ~~3311~~ Frunció el entrecejo. —¿Le alimentas por debajo de la mesa? Ella respingó. —Pillada. —Eso no es bueno —dijo con remilgo, presumiendo de moralidad e intentando con fuerza mantener la cara seria mientras miraba su reacción. Su piel era fascinante, mostraba cada emoción. En ese momento estaba ligeramente sonrojada como si hubiera sido atrapada con las manos en la masa. —Lo sé —dijo con seriedad—. No creas que no sé que está mal. Después de sacar a Max de la perrera, leí. Soy investigadora, sé cómo aprender cosas. Leí miles de páginas sobre el cuidado de los perros y todos enfatizaban que los perros no deben comer de la mesa. Es malo para ellos y fomenta vicios. —Se frotó la frente con la palma de la mano—. Lo sé. Pero… mírale. Tira de tus fibras sensibles. ¿Cómo puedo resistirme? Max se inclinó. El perrito Max giró el morro hacia él, de repente alerta al hecho de que quizá había otro tontorrón en la mesa. Otra persona a la que camelar. Movió la cola más lentamente ahora, como si hubiera agotado su energía de repente. Gimoteó y tembló, con aspecto patético y golpeado. Se acercó un poquito a Max, pero con precaución, como si Max tuviera un palo oculto con que golpearlo y no fuera el hombre con el que había pasado todo el día, jugando en la playa. Mientras Max miraba, el perro lentamente bajó, tembloroso, al suelo, colocando el morro entre sus patas delanteras, como si estuviera demasiado débil para levantar la cabeza. Max levantó la cabeza. Paige se encontró con su mirada y puso los ojos en blanco. —No me lo digas, lo sé. —Suspiró—. Cualquiera pensaría que acaba de salir de algún campo de concentración donde le azotaron y le mataron de hambre. En vez de haber sido alimentado. —Te lo has tragado —acusó él—. De cabo a rabo. —Una y otra vez —estuvo de acuerdo—. ¿Qué puedo decir? Soy una debilucha. Se miraron a los ojos otra vez y se echaron a reír. Eso sorprendió a Max. La risa le subió directamente del vientre. Verdadera, despreocupada, imparable. La primera vez que se había reído, reído de verdad, en… años. Y persiguiendo a la risa, algo más, algo agudo y vivo, moviéndose rápidamente, como un tiburón en el agua. Peligroso. Subterráneo. Irresistible.

LLiissaa MMaarr

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