Libro Los Dias De Israel

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Spiritual

Published on July 24, 2009

Author: hechos2381

Source: slideshare.net

Los Días de Israel Años atrás, una editorial israelí se planteó traducir el libro "Los días de Israel" de Rab Rabinovich z"l del hebreo y editarlo en español, y en mi calidad de traductor, me encargó el trabajo. Poco tiempo más tarde, el proyecto se disolvió. Varios capítulos se encontraban ya prontos en mi poder, de modo que los guardé en esas carpetas de puntos suspensivos en que guardamos lo que sabemos que algún día habrá de fructificar. Y hoy, siento llegado el momento. Lo que veréis en las páginas siguientes es un trabajo que se apoya en aquel original, y busca trazar, en apretada síntesis accesible a toda formación previa, una historia humana que comienza con la creación de Adám, primer hombre, y llega hasta el final de la época de los Jueces de Israel. No hallaréis aquí ideas de mi autoría, ni explicaciones profundas. Antes bien, un hilo histórico necesario para comprender toda la historia judía ulterior. Rogamos la ayuda del Creador para seguir creando y disponiendo contenido que arroje luz de Verdad sobre la historia y su sentido, para beneficio de todos los hombres de bien. Con mis brajót, DaniEl I. Ginerman Indice de Capítulos Las primeras diez generaciones del mundo 1. El primer hombre y sus hijos Las diez generaciones desde Nóaj hasta Abrahám 2. Nóaj reconstruye el mundo 3. La división 4. El Beit-Midrásh de Shem y Ever 5. El rey Nimród 6. El duro trabajo de las primeras generaciones Abrahám, Itsják, Ia'acóv y sus hijos 7. Abrahám Abinu (nuestro Padre) 8. Itsják Abinu 9. Ia'acóv Abinu 10. Las Tribus de Israel El pueblo de Israel en Mitsráim 11. Lo bueno y lo malo en la tierra de Mitsráim 12. Moshéh Rabeinu Bnei-Israel: el pueblo de Hashém 13. La entrega de la Toráh 14. La Toráh que entregó Hashém al pueblo de Israel 15. El pueblo de Israel en el desierto

La conquista de la tierra sagrada 16. La guerra en la ribera oriental del río Iardén 17. La conquista de la Tierra de Cná'an 18. La primera conquista 19. La conquista del centro del país 20. La conquista del Norte 21. La interrupción de la guerra La época de los Jueces 22. Israel no tiene Rey 23. Los Jueces locales 24. AtaniEl ben-Knaz 25. Ehúd ben-Guerá 26. Shamgár ben-Anát 27. Deborah la Profeta 28. Guideón 29. Abimélej 30. Tola y Iaír 31. Los Jueces de Israel durante los primeros 300 años en su tierra El siglo culminante de la era de los Jueces 32. Iftáj 33. Ivtsán, Eilón y Avdón 34. Shimshón (Sansón) 35. Elí el Cohén Gadól Las primeras 10 generaciones del mundo Del año 1 al 1056 El primer hombre y sus hijos Es muy poco lo que sabemos acerca de las generaciones humanas anteriores al gran Diluvio. Cuando D's creó a Adám, le otorgó una gran inteligencia y lo alojó en el Jardín de Edén (que sale de la raíz hebrea de "adín" = "lo sutil") donde todo lo bueno y lo bello estaba a su disposición. Nada faltaba allí de lo necesario para una vida sagrada y plena, y el hombre disponía de energía y tiempo para construirla. La propia existencia de Adám y cuanto le había sido entregado, debían ser consagrados a través de "mitsvót", de los preceptos que D's le había encomendado cumplir, observar y transmitir a su descendencia, de modo tal que pasaran de generación en generación hasta que llegara el momento en que la humanidad mereciera la Toráh completa. Pero Adám transgredió las órdenes de D's. Tenía prohibido comer del Arbol del Conocimiento del Bien y del Mal, que crecía en el Edén. No había hasta ese momento "bien" y "mal" confrontados en el mundo, sino una vida "justa" que se desarrollaba bajo la guía de D's. Pero Adám y su mujer Javáh, incitados por la

serpiente, observaron que era bello el fruto y se veía "bueno para comer", y apetecieron el conocimiento, y desobedecieron a D's. Así comenzó todo: su transgresión les valió ser expulsados del Jardín de Edén, del mundo unitivo, hacia el mundo de la multiplicidad, donde con trabajo habría el hombre de proveerse el pan y con dolor pariría hijos su mujer. En este mundo, estaba todo por hacer. Los hombres eran grandes y vigorosos y estaban preparados para el trabajo duro, y pronto aprendieron a sacar provecho de los animales y de la tierra, a construir viviendas y herramientas para los más variados usos, y a proveerse alimentos en gran variedad. Las familias criaban numerosos hijos que se sumaban al esfuerzo por tornar a este mundo disfrutable. Pero la conquista de la "extensión", el hecho de que los hombres se dispersaran por la Tierra, hizo que se debilitara la enseñanza recibida de las primeras generaciones. Los hombres fueron paulatinamente perdiendo el Temor a D's y desconociéndolo, con lo que sus vidas perdieron poco a poco el sustento moral: al no haber un patrón superior que indicara actuar con rectitud, ésta y el sentido de justicia se fueron perdiendo de la sociedad humana. Abundaban entonces el robo y la mentira, conductas que producen los hombres cuando su voluntad de recibir, de poseer, es un fin en sí mismo y no un medio para participar del bien común. Al cabo de diez generaciones, D's consideró que la situación era insostenible, que no habría modo de rescatar a los hombres de la oscuridad en que habían sumido a sus vidas, y buscó advertirles, darles la oportunidad de volver en "teshuváh": de recuperar la enseñanza y enderezar sus vidas en el camino de D's. Ya antes, en los días de Enósh, había castigado con un diluvio la amoralidad de los hombres. Eligió entonces a Nóaj, un hombre que cultivaba los valores verdaderos, y le anunció su voluntad de arrasar al resto de la humanidad, y dar lugar a una nueva humanidad a partir de su descendencia. D's instruyó a Nóaj que advirtiera a los hombres acerca de una última oportunidad para aplacar el rigor con que actuaría. Le informó que produciría un diluvio que borraría a la humanidad de la faz de la Tierra. Y le instruyó detalladamente qué debería hacer él para salvarse, con su familia, y con ejemplares de cada especie animal, que serían los gérmenes de una vida nueva sobre la Tierra. A partir de las instrucciones recibidas de D's, pasó Nóaj 120 años construyendo un enorme Arca cerrada, que no sucumbiría a las aguas. Durante todos esos años advirtió a sus semejantes de la calamidad que sobrevendría si no volvían sobre sus pasos y suplicaban piedad del Creador. Ignorantes, embrutecidos por una vida arraigada en lo material y sin referencia alguna a D's ni a valores morales, le desoyeron una y otra vez. Hasta que llegó el momento en que Nóaj recibió de D's la orden definitiva de entrar al Arca. Haciendo como se le había dicho, llevó a ella a toda su familia, ejemplares de cada especie animal, víveres: todo lo que sobreviviría a la catástrofe. Y entonces, se desató la ira de D's sobre la Tierra y se derramaron las aguas, sobre todo lo que vivía, durante cuarenta días y cuarenta noches sin interrupción. Y finalmente, amaneció un nuevo comienzo para la vida de los

hombres sobre la Tierra, y D's regaló a Nóaj el arcoiris por señal de que no volvería a suceder destrucción semejante. Y agradeció Nóaj a D's cuando bajaron las aguas, y la paloma que envió a por tierra seca volvió hasta él, con una rama de olivo en el pico; tal, desde entonces, el símbolo de la paz. Las diez generaciones desde Nóaj hasta Abrahám Nóaj reconstruye el mundo Un año entero permanecieron Nóaj y los suyos en el Arca, y salieron luego a un mundo devastado, en el que no se encontraba ya ninguno de los hombres que poblaban antes la Tierra. Era ya anciano Nóaj cuando tuvo lugar el diluvio, y era experto en todos los oficios. Tal como el primer Adám, debió construir su mundo desde cero. Pero disponía de un gran conocimiento, y compartía con sus hijos el idioma hebreo; y gracias a ello fue mucho más rápida su gestión que la de las primeras generaciones del mundo. D's bendijo a Nóaj y a sus hijos con una gran descendencia, y se multiplicaron pronto, y construyeron casas y cultivaron viñedos y todo tipo de árboles, y plantaron cereales, y criaron ganado . La división Cuando la población comenzó a crecer a ritmo veloz, se hizo necesario comenzar a buscar nuevos lugares sobre la Tierra en que los hombres pudieran vivir; y tras asentarse en puntos distantes unos de otros, construir caminos que los unieran entre sí. Los hombres eran ahora mejores que los de antes del diluvio, puesto que sentían Temor de D's: estaba muy fresca la catástrofe en la memoria de todos. Ahora, la mayoría de los hombres cuidaban las mitsvót de D's, aún cuando el pecado acechaba en la conducta de muchos de ellos. Había hombres que creían poder igualarse a Hashém y hacerse más poderosos que El. Ellos comenzaron la construcción de una enorme torre, que quisieron hacer llegar hasta el firmamento. Hashém los castigó y dispersó a los constructores a lo largo y ancho del mundo entero; y confundió sus lenguas de modo que ya no se pudieran entender. Desde entonces los hombres, aún cuando son todos descendientes de Nóaj, tienen ideas diferentes y hablan distintas lenguas . El Beit-Midrásh de Shem y Ever En un lugar, donde ahora se encuentra Jerusalem, se encontraba el Beit- Midrásh o Centro de Estudio, dirigido por Shem y Ever, hijo y nieto de Nóaj respectivamente. Ellos eran hombres sabios y justos, y enseñaban a los hombres las mitsvót y cómo cumplirlas. Del Beit-Midrásh de Shem y Ever salieron muchos hombres buenos, que enseñaron al resto de los hombres a ser buenos. Pero un Beit-Midrásh no era suficiente para enseñar y educar a todos los hombres del mundo.

El rey Nimród Había en esos días un hombre malvado y muy poderoso, llamado Nimród (su nombre, pleno de significado como todos los nombres en la Toráh, significa "nos rebelaremos"). Era su voluntad dominar a los hombres y coronarse rey sobre todos ellos. Era un hombre de hermosa apariencia, y no deseaba que los hombres rindieran culto a D's porque nadie le había enseñado sobre El y no le conocía. Se volvieron nuevamente los hombres a rendir culto al Sol, a la Luna, a las estrellas, a los árboles y los animales, porque no había quién les enseñara sobre D's, la divinidad Unica que mora en los Cielos, invisible a los ojos del hombre. Nimród sirvió de ejemplo a muchos hombres fuertes, que se propusieron ser gobernadores y reyes. Y se erigieron entonces numerosos reinos diferentes, en todos los lugares en que los hombres habían establecido sus moradas. El duro trabajo de las primeras generaciones En esos días, trabajaban los hombres mucho más que en la actualidad. No tenían un día de descanso como el Shabát, que aprendieron los pueblos a cuidar recién mucho después de que se difundiera la Toráh entre ellos. Trabajaban en general desde el amanecer hasta la puesta del sol. Pero no sufrían de cansancio porque dormían abundantemente, durante todas las horas que se prolongaba la oscuridad, cuando no podían trabajar. Durante las guerras que llevó a cabo, Nimród enseñó a sus hombres a convertir en esclavos a los enemigos cautivos, que eran sometidos a las más pesadas labores. Valiéndose de estos medios, edificó Nimród enormes ciudades: si bien mucha gente vivía en chozas y aún en cuevas a flor de tierra, los había ya que habitaban palacios y casas de decoración exquisita. Quienes poseían esclavos estaban exentos del trabajo, de modo que se constituyeron en un sector de la sociedad dedicado a aprender distintas formas de la sabiduría, a refinar su inteligencia, alrededor de los hombres importantes y sabios que cada generación proveía. Algunas veces, entre los propios esclavos había maestros, y los señores ordenaban al resto de los esclavos aprender con ellos Toráh. Agradó a D's que hubiera hombres sabios que desearan expandir la sabiduría, y les concedió una naturaleza inteligente y hábil, capaz de desarrollar inventos y transmitir conocimiento. Era difícil escribir en aquellos tiempos, puesto que no existían el papel ni las actuales herramientas de escritura. Muchos hombres documentaban, tanto lecciones de sabiduría como contratos comerciales, trazando su escritura sobre piedras y pizarras de orígenes diversos. Donde no había sabios, y donde aquéllos descuidaban la educación de sus hijos, los hombres se corrompían con facilidad; mas en muchos lugares, la vida se parecía a la de la actualidad: los hombres vestían prendas limpias y adornadas, frotaban sus cuerpos con aceites aromáticos, fabricaban joyas y herramientas especializadas, plantaban jardines de esmerado diseño, adoquinaban sus calles y continuamente creaban y progresaban; sus calles estaban llenas de animales de monta como camellos, burros y caballos, y no faltaban de ellas los carruajes en toda una variedad de formas y tamaños. Los peores y más peligrosos, eran los sacerdotes encargados del culto a los ídolos. En su esmerado ejercicio del mal, crearon ritos temerarios que llegaban a incluir sacrificios humanos. Esos ritos tenían un poder enorme, que atrapaba

a quienes no estaban suficientemente resguardados. Mientras estos cultos existieran, no habría esperanza de que la humanidad se mantuviera en el sendero del bien. Abrahám, Itsják, Ia'acóv y sus hijos 500 años de historia Abrahám Abinu (nuestro Padre) Llegó la décima generación después de Nóaj, y a un hombre llamado Téraj, que rendía culto a los ídolos, le nació un hijo al que llamó Abrám. Y D's puso en Abrám una gran inteligencia, y un corazón capaz de sentir más que ningún otro; por lo que ya a los tres años de edad, había comprendido que Hashém está en los Cielos, y que no lo podemos ver, y que es atento a cuanto sucede en el mundo, y que todo sucede por su palabra. A los cuarenta y ocho años, Abrahám era muy fuerte en su fe; creía firmemente en Hashém y enseñaba acerca de El a los hombres, instruyéndoles las mitsvót que muy pocos conocían. Se esmeraba especialmente en dar ejemplo de bondad, de piedad, para contagiar y expandir por doquier el camino del bien. En una oportunidad que signaría para siempre su vida, Abrám destruyó los ídolos que reinaban en casa de su padre Téraj. Enterado de la hazaña, el rey Nimród quiso castigar su coraje y lo condenó a ser quemado. Pero Hashém le salvó de la sentencia, y salió entonces Abrám con su padre de Ur en Caldea, donde había nacido, y se dirigieron juntos a Jarán. Allí se reveló Hashém a Abrám, y le ordenó salir de Jarán para enseñar a los hombres, en todo el mundo, sobre El y sobre el cuidado de las mitsvót. Le prometió que de su descendencia nacería un pueblo que reconocería al verdadero D's, el mismo pueblo que luego fue llamado "judío" o "hebreo": nuestro pueblo. Abrám fue el primer hebreo. Llegó Abrám a la tierra de Cnáan; le presentó Hashém a Cnáan como la tierra sagrada que habrían de heredar sus descendientes, cuando aprendieran a rendir culto a Hashém y a temerle. Y le mostró los caminos que habría de recorrer su descendencia antes de merecer su tierra y una vida de paz. Dispuso que Abrám se llamara, en lo sucesivo, Abrahám, que en hebreo alude a que sería como un padre no sólo para su propia descendencia sino también para los otros pueblos, que aprenderían de él a rendir culto a Hashém y a ser buenas personas. Por ello, cuando alguien se convierte al Judaísmo, se acostumbra llamarle "ben-Abrahám", hijo de Abrahám, porque pasa a ser como otro hijo de Abrahám aún si biológicamente no es su descendiente. Durante toda su vida anduvo Abrahám de uno a otro sitio, y junto a su esposa Saráh enseñó a los hombres a cumplir las siete mitsvót, a rendir culto a Hashém, a orarle, y a ser buenos los unos con los otros. Muchos aprendieron de él, e iniciaron a muchos más en la sabiduría. Aún cuando no todos permanecieron discípulos fieles a las enseñanzas de Abrahám, cada uno portaba algo de ellas consigo, y en mayor o menor medida, a todos llegó de algún modo el ejemplo de Abrahám.

D's cerró un pacto con Abrahám, según el cual sus descendientes serían los elegidos de D's, y tendrían la importante misión de enseñar al resto de los pueblos a rendir culto a D's. Pero antes de ello, pasarían cuatrocientos años muy duros, de preparativos para ser el pueblo de Hashém, y pasarían por experiencias difíciles y aún amargas, para aprender a ser fuertes y fieles a Hashém. Cuando tenía Abrahám cien años, tuvo un hijo de su esposa Saráh, que de noventa años, daba a luz por primera vez. A través de un milagro, Hashém hizo que tuvieran un hijo a tan avanzada edad, para que llegara al mundo Itsják: sobre él recaería continuar el camino de su padre Abrahám, y enseñar a los hombres con el ejemplo del culto a D's. Con sus otras esposas también tuvo hijos Abrahám; mas estos hijos, si bien aprendieron de él, no se le parecieron. Abrahám los envió a distintos países, en los que enseñaron pequeñas partes de la Toráh de su padre. El pueblo más grande de entre los hijos de Abrahám nació de Ishmaél hijo de Hagár, y son los árabes de nuestros días. Los demás se mezclaron entre los pueblos, y no son identificables en la actualidad. Abrahám es llamado "Abinu" (nuestro padre), su esposa Saráh "Imeinu" (nuestra madre); estos nombres hacen honor a su carácter de los primeros hebreos, de los inauguradores de nuestro pueblo . Itsják Abinu Itsják era un hombre santo, que había consagrado su vida a D's desde el la niñez: tan es así que estuvo dispuesto a ser sacrificado a D's, cuando El ordenó a Abrahám ofrendarlo en señal de fidelidad y obediencia, en el monte Moriáh: un lugar que luego se convertiría en el Kódesh HaKodashím, el espacio más sagrado dentro de lo sagrado, en el centro del Beit Hamikdásh, el Templo de Jerusalem. Pero D's sólo quería probar a Abrahám y de ningún modo requeriría la muerte de Itsják, quien salió inmensamente fortalecido de la experiencia, y elevado de espíritu por haber consentido constituir él mismo la ofrenda. Abrahám tomó a Rivkáh, de entre su propia familia en Arám, por esposa para su hijo; evitó así que se uniera a alguna de las hijas de la tierra en que vivían, donde la gente en general no solía tener las mejores cualidades. Rivkáh era desde su niñez una persona buena, y a su llegada al hogar de Abrahám e Itsják aprendió Toráh y alcanzó en cualidades y sabiduría a Saráh Imeinu, su suegra, gracias a lo cual mereció ser considerada también una de las matriarcas de nuestro pueblo, con el nombre de Rivkáh Imeinu. Itsják y Rivkáh tuvieron dos hijos mellizos. Mientras fueron pequeños, alentó Itsják la esperanza de que ambos serían tsadikím y devotos de lo sagrado. Mas cuando arribaron a la adultez, fue claro que los malos instintos de Esáv eran muy poderosos, y lo guiaban hacia la comisión de malas acciones. Aún así no quiso Itsják perder las esperanzas a su respecto, y mantuvo la expectativa de que, con el paso del tiempo, se uniría a Iaakóv y juntos originarían un único pueblo que rendiría culto a Hashém y seguiría el camino de la Toráh. Pero no sucedió así: Esáv abandonó a su padre Itsják y emigró a la tierra de Seír,

donde se relacionó con quienes la habitaban, y de ellos en conjunto salió más tarde el pueblo de Edóm. Ia'acóv Abinu Ia'acóv pasó muchos años aprendiendo Toráh de su padre Itsják así como en la academia de Shem y Ever. Se estudiaban allí las siete mitsvót que Hashém entregó a Nóaj, y sus detalles, y todo lo concerniente a la sabiduría relacionada con ellas; se aprendía cómo cumplir con las mitsvót y cómo criar y educar hombres justos y sabios; cómo rendir culto a Hashém y cómo alejar a los hombres de la idolatría y de las malas acciones. Más tarde, se dirigió a la tierra de Arám en que residía la famila de su padre, donde trabajó la haciendo de Laván; al cabo de los años contrajo matrimonio con Leáh y más tarde con Rajél. También a ellas las llamamos "nuestras Madres", pues a través de ellas, apoyadas también en Bilháh y Zilpáh (que a pedido de Rajél y Leáh tomó Ia'acóv por esposas también, para que multiplicaran la descendencia de hombres justos), surgieron las doce tribus de Israel: Reubén, Shimón, Leví, Iehudáh, Isasjár, Zevulún, Dan, Naftalí, Gad, Ashér, Ioséf y Biniamín. Ia'acóv pasó veinte años en la tierra de Arám, y desde el día de su llegada se dedicó a enseñar a la gente los caminos de vida correctos. Aún cuando no contamos con detalles acerca de su influencia, no cabe duda de que sus enseñanzas cundieron entre los pobladores de Arám, y a través de ello, incidieron en el desarrollo de la cultura Aramea. Debemos considerar que, aunque Abrahám Abinu y sus hijos hablaban hebreo, también dominaban el arameo, que se convirtió en una suerte de segunda lengua de Israel, hasta el punto en que todos los Jumashím (libros de Toráh) de nuestros días, incluyen su traducción al arameo realizada por Onkelus y por Ionatán ben-Uziel. En la última etapa de su vida, vivió Ia'acóv durante diecisiete años en Egipto. Al igual que su abuelo Abrahám, también él enseñó a muchas personas todo lo relacionado con el culto a Hashém, y cuanto se debe saber para cumplir con el propósito de ser buenos. Faraón, rey del país inmenso y próspero que era Egipto, solicitó de Iaakóv su bendición; y el pueblo entero lo veló y acompañó a su sepultura en la tierra de Cnáan, porque reconocían en él a un Hombre consagrado a Hashém. El pueblo de Israel en Mitsráim Las Tribus de Israel Los doce hijos de Ia'acóv son conocidos por el apodo de "Las Tribus de Hashém", las tribus que pertenecen a Hashém, porque todos ellos eran hombres que consagraban sus acciones, y que estudiaban y aplicaban la sabiduría, y de ellos surgió el pueblo todo de Israel. Ellos, con todas sus familias, descendieron a Egipto para sumarse a su hermano Ioséf, que se había convertido allí en un hombre poderoso; y hasta él llegaron, huyendo de la hambruna que asolaba la tierra de Cnáan.

En su juventud, Ioséf y sus hermanos habían vivido una pelea muy dura que había separado sus destinos. Ioséf era un joven iluminado y sabio, y Iaakóv su padre le dedicaba atención especial y le daba mucha importancia. Sus hermanos, por el contrario, sentían que Ioséf tenía una exagerada fantasía y vanidosamente deseaba ser reverenciado, lo que avivaba los celos que les producía la evidente preferencia de su padre. De modo tal que llegaron a la conclusión que, así como IshmaEl había sido desterrado de la casa de Abrahám para que no corrompiera a Itsják, y así como Esáv había abandonado el hogar de su padre Itsják, también Ioséf debía ser enviado lejos de la casa de Ia'acóv. Una vez que hubieron tomado la decisión, lo entregaron a unos mercaderes ishmaElitas que iban rumbo a Egipto, a través de un acto simbólico de venta por una suma irrisoria, realizado para que los ishmaElitas lo consideraran esclavo de su propiedad. Así fue como Ioséf llegó a Egipto. A la postre, como sucede siempre con los hombres que rinden devoción al bien y a lo sagrado, los hermanos de Ioséf se descubrieron equivocados y se arrepintieron de su acción, y la familia se reunió en Egipto bajo excelentes condiciones gracias a la posición alcanzada por Ioséf durante su larga estancia allí. Fechas importantes Abrahám Abinu nació en el año 1948 (1812 antes de la Era Común); Itsják Abinu nació en el año 2048 (1712 antes de la Era Común); Ia'acóv Abinu nació en el año 2108 (1652 antes de la Era Común); Ia'acóv y sus hijos descendieron a Egipto en el año 2238 (1522 antes de la Era Común) Nótese que todas las cifras terminan en 8 para nuestra cuenta, y en 2 para la cuenta de la Era Común. El pueblo de Israel en Mitsráim Lo bueno y lo malo en la tierra de Mitsráim Ia'acóv y sus hijos llegaron a Egipto ("Mitsráim", en hebreo, que significa "opresiones") en un momento en que la tierra de Cnáan luchaba contra la hambruna. Durante casi ciento diez años, estuvieron cómodos y fueron prósperos en Egipto. El egipcio era un pueblo sabio y rico, pero eran idólatras y cometían todo tipo de malas acciones. Los descendientes de Israel, que aún no habían recibido la Toráh, aprendían de ellos porque vivían juntos, y los hijos de ellos se educaban en las escuelas de los egipcios; escuelas en cuya institución los egipcios fueron pioneros del Mundo Antiguo. Entonces Hashém produjo un vuelco en el sentir de los egipcios, que comenzaron a temer que los hijos de Israel terminaran por sobreponerse a ellos y apoderarse de su territorio: el pueblo de Israel era cada vez más numeroso, y

a medida que se reproducía, se expandía territorialmente también. Y sumada a la sabiduría heredada de su familia, conocían también todo lo que los egipcios sabían, lo que a ojos de éstos los convertía en aún más peligrosos. De modo que decidieron los egipcios que era tiempo de desestimular por el crecimiento de los hebreos, y para lograrlo, les sometieron a una esclavitud feroz y despiadada, que fue sólo el inicio de una serie de acciones llevadas a cabo con saña: tal sucedió, por ejemplo, cuando por un decreto de Faraón, los recién nacidos entre los hebreos eran arrojados al río; y cuando las parejas de Israel eran separadas de hecho, por vía de forzar a los hombres a pernoctar en el campo para extender más fácilmente su jornada laboral. Así estuvieron las cosas, desde que se acabó la época de bonanza, durante casi noventa años. Los hebreos gritaron entonces suplicando a Hashém que los salvara, que los redimiera de esa horrible esclavitud, para poder rendirle culto como lo hicieran sus ancestros Abrahám, Itsják y Ia'acóv. Hashém atendió a sus ruegos y envió a Moshéh como emisario frente a Faraón, con la orden de terminar con el sometimiento, y librar a la voluntad de los hebreos su vocación de servir a Hashém y salir a rendirle culto. Faraón no se mostró dispuesto a liberar a sus esclavos, y en cambio, prefirió denigrar a los hebreos y a la fe de éstos en Hashém. La respuesta de Hashém fue progresiva y contundente, dándole oportunidad entre pena y pena de arrepentirse y desertar del camino del mal: diez terribles plagas abatió sobre Egipto y gran cantidad de castigos, para hacerles reconocer el Reinado de Hashém sobre toda la Creación; y para no dejarles más opción que liberar al pueblo de Israel de su yugo vil, y auspiciar la salida de Israel de Egipto, hacia donde Hashém les indicase realizar las acciones que requiriesen el culto y la devoción. Los egipcios mantuvieron tercamente su negativa por largo tiempo, y ni bien se desvanecía el pavor que sucedía a cada plaga y castigo, nuevamente se endurecían sus corazones, y martirizaban aún más a Israel. Hasta que finalmente cejaron, y empujaron a Israel hacia fuera de su tierra. Poco duró, aún así, su buena voluntad y su temor: se arrepintieron de haberlos liberado, y salieron entonces a dar captura a los hebreos. Los arrinconaron contra la costa del Mar Rojo, seguros de atraparlos y aniquilarlos. Pero ese fue el momento que escogió Hashém para revelar uno de los más imponentes milagros que produciría a lo largo de toda la existencia de Israel: separó en dos las aguas del Mar Rojo de modo tal que dos murallas verticales de agua demarcaban un sendero completamente seco, por el que el pueblo de Israel pasó hacia la otra margen del Mar. Incrédulos aún de que se tratase de un milagro al servicio de Israel, se lanzaron tras ellos por el sendero de tierra seca que atravesaba el mar; mas ni bien estuvieron todos ellos entre las murallas de agua se desplomaron éstas sobre ellos, ahogando a Faraón y todo su ejército sin excepción. Quinientos años después del nacimiento de Abrahám y cuatrocientos años después de que naciera Itsják, estaba por fin el Pueblo de Israel atravesando el desierto, en camino de retorno a la tierra de Cná'an. Eran seiscientos mil los hombres, con quienes iban las mujeres, los niños y gran cantidad de conversos, provenientes tanto de Egipto como de otras naciones y pueblos que habían presenciado los milagros de Hashém, y habían reconocido que Hashém, el D's de Israel, es el único D's verdadero, y habían decidido entonces rendirle culto junto con Israel.

Moshéh Rabeinu Ciento treinta años después de que descendieran a Egipto los hijos de Israel, nació Moshéh Rabeinu, Moshéh nuestro maestro, nuestro Rab. Sobre la grandeza de Moshéh y la magnitud de su virtud, dirá después Hashém en la Toráh: "Mi siervo Moshéh, en toda mi morada, es fiel", así como "Y el hombre Moshéh es muy humilde y más que cualquier otro hombre sobre la faz de la Tierra". Obtuvo esa grandeza merced a su especial cercanía con Hashém, y a las enseñanzas que recibía de El. Pero estaba en él, desde un principio y de su propia naturaleza, una profunda sabiduría; y ya cuando nació se llenó de intensa luz la casa de sus padres, porque acababa de llegar al hogar ese alma sagrada con vocación de bien y devota de Hashém. Moshéh nació en días muy difíciles para el Pueblo de Israel: justamente cuando Faraón acababa de decretar que todo hijo varón que naciera en las familias de Israel, debía ser arrojado al río Nilo. Su madre, Iojébed, sufrió muchísimo mientras hacía un gran esfuerzo por ocultarlo y salvarlo. Finalmente, lo depositó entre los juncos y cañaverales a la orilla del Nilo, con la esperanza que no allí no se oyera su voz y, por consiguiente, no fuera encontrado. Pero rápidamente lo halló, no la siniestra policía de Faraón, sino una hija de Faraón, de espíritu bondadoso, que llena de piedad lo rescató para salvarlo. Cuenta el Midrásh que Batia, tal su nombre, padecía de lepra cuando halló a Moshéh, y que merced a su acción piadosa, le envió Hashém instantáneamente la curación milagrosa. Y desde ese momento, creció Moshéh como un niño egipcio privilegiado, en el palacio de Faraón. Pero Moshéh albergaba la conciencia de su identidad hebrea, sabía de su pertenencia al Pueblo de Israel, y sufría por la esclavitud y la miseria a que estaban sometidos sus hermanos. En secreto, aprendía con su padre y con los ancianos de su pueblo, e intentaba por todos los medios beneficiar a Israel. Incluso influenció en Faraón de modo tal de lograr que los hebreos tuvieran el Shabát por día de descanso de su sometimiento, y acudía a las casas de ellos a consolarles e insuflarles ánimo y esperanza. Pero hubo un tropiezo, un punto de inflexión en el rol que desempeñaba Moshéh en Egipto. Quiso un día evitar que un guardia egipcio se ensañara sobre uno de los esclavos hebreos. Y sólo pudo salvarlo del tormento, dando muerte al egipcio. Ni bien hubo cometido ese acto de justicia, y enterado que fue rápidamente el Faraón, ordenó éste capturar a Moshéh para ejecutarlo en castigo por su acción. Moshéh se vio obligado a huir prestamente y salir de Egipto en dirección a otras tierras en las que verse a salvo; y llegó así a Midián, donde tomó a Tsiporah, hija del sacerdote midianita Itró, por esposa; y permaneció con ella allí, en casa de su suegro, por muchos años. Al cabo de este tiempo regresó Moshéh a Egipto, finalmente. Hay quienes dicen que, en medio, fue rey en la tierra de Cush. Retornó a sus hermanos tal como Hashém le ordenó hacer, y realizó, siguiendo la guía de Hashém, maravillas y milagros a ojos de todo Egipto, en la tierra y en el mar. Una vez liberado el Pueblo de Israel de la esclavitud y muertos Faraón y su ejército, Moshéh fue designado por Hashém para conducir al Pueblo de Israel durante cuarenta años de tránsito por el desierto, y para hacerles entrega de la Toráh y enseñarles a cumplir con sus mitsvót. No estableció Moshéh por iniciativa propia ni una sóla Ley, ninguna regla, ninguna norma. Todo lo que transmitió al Pueblo de Israel lo hizo en obediencia a las órdenes claras que recibió directamente de Hashém. Aún así, es llamada la Toráh con el nombre de Torát Moshéh, "la Toráh de Moshéh", porque deseó

Hashém ensalzar y dar honor de este modo a Moshéh: su siervo leal y fiel maestro de su grey. Bnei-Israel: el pueblo de Hashém La entrega de la Toráh Durante casi dos mil quinientos años, Hashém requirió del hombre el cumplimiento de sólo siete mitsvót. Pero aún estas siete eran transgredidas por los hombres, que desconocían a D's, y practicaban cultos idolátricos. Siempre había entre los hombres, sabios sobresalientes con vocación de maestros, que deseaban enseñar a los demás cómo debe conducirse un hombre en el camino correcto. Mas ellos ignoraban cuál fuera el camino correcto. Los hombres no tenían Toráh, no contaban con la Enseñanza Verdadera. Cuando Bnei-Israel estuvieron preparados y aptos para ser redimidos de su esclavitud en Egipto, comenzó Hashém a instruirlos acerca de cómo ser buenas personas, y como rendir culto a D's con pureza y sacralidad. En el último mes de la estancia de Bnei-Israel en Egipto, les fue ordenado hacerse unas pizarras especiales, llevar a cabo una ofrenda de Pésaj y todo el ritual de Pésaj, y recibieron otras mitsvót relacionadas tanto a la relación del hombre con el Creador como a la relación del hombre con su prójimo. En un lugar del desierto llamado Maráh les fueron dadas otras mitsvót. Pero todo ésto no fue sino preparación y prólogo para la Entrega de la Toráh en Sinai. Antes aún de la Entrega de la Toráh en Sinai, fueron entregadas a Bnei-Israel las mitsvót de Hashém por intermedio de Moshéh. Y recién entonces se reveló D's ante todo el pueblo, y oyeron Su Voz y Su Palabra. El pueblo todo se estremeció, porque la voz de D's era sublime, imponente y poderosa, y también el aspecto de la montaña se veía terrible, porque la montaña se había convertido en parte del Mundo Superior, se había incorporado al Reino de los Cielos. Casi salió de sus cuerpos el alma de cada uno de Bnei-Israel por el terror que experimentaron, y pidieron a Moshéh que él aprendiera en lo sucesivo directamente de Hashém la Toráh y luego viniese a enseñarles a ellos, porque no podrían aprender directamente de Hashém. Hashém aceptó su ruego. Moshéh subió hacia Hashém y estuvo con El hasta que aprendió toda la Toráh completa. Sobre dos grandes piedras escribió Hashém cuanto había escuchado el pueblo directamente de El al pie del Sinai. Estas piedras fueron colocadas en el Arca Sagrada que ordenó Hashém erigir en el sector del Mishkán que lleva el nombre de Kódesh HaKodashím (lo más Sagrado de lo Sagrado), y en el Arca Sagrada estuvieron siempre. Luego, enseñó Moshéh a Bnei-Israel cuanto Hashém le había enseñado e instruido transmitirles, y escribió en un libro, de acuerdo a la orden recibida de Hashém, una síntesis de toda la Toráh que había aprendido. El resto de la enseñanza le instruyó Hashém transmitirla al pueblo de forma oral, porque eran explicaciones y extensiones de la Toráh escrita y sería preferible que las supieran de memoria, para que se la pudiera explicar a cada uno de acuerdo a su propia capacidad, punto de vista y entendimiento (en todas las formas de sabiduría el hombre recibe título de experto si domina el conocimiento de que se trate sin necesidad de apoyarse en el texto escrito). Parte importante de la sabiduría la

transmitió Moshéh sólo a hombres sabios especialmente preparados: partes de la sabiduría que la mente y el corazón de la gente común no se encuentra preparada para absorber. Esta parte de la sabiduría se llamó "Cabaláh", que significa "recepción", porque en ella el papel fundamental en la transmisión está en quien recibe y no en quien da, por cuanto todo depende de la propia preparación para comprender la profundidad y la trascendencia. La Toráh que entregó Hashém al pueblo de Israel La Toráh se compone de cinco libros; todos ellos dictados por D's a Moshéh que los trasladó al pergamino. En una primera etapa, escribió todo el libro de Bereshít (Génesis) hasta la sección conocida como "Mishpatím". Subió luego nuevamente a aprender de Hashém la Toráh completa. Y no escribió lo que aprendió durante esos cuarenta días con sus noches que pasó junto a Hashém, hasta que recibió la orden expresa de hacerlo, ya en Ohel Mo'éd (la Tienda del Testimonio), habiendo acampado el pueblo en Arvót Moáb. La explicación de la Toráh la transmitió de modo oral, mientras la Toráh escrita se encontraba en exhibición ante los ojos de sus discípulos. Hay, no obstante, quienes interpretan que todas sus enseñanzas las brindó de modo completamente oral, y que recién al cabo de los cuarenta años de tránsito por el desierto, depositó en letras escritas sobre pergamino cuanto Hashém le había ordenado escribir. En la actualidad, todas estas explicaciones residen en los tomos del Talmud de Babilonia y el de Jerusalem, así como en las recopilaciones de Midrásh. La mayor profundidad de las explicaciones fue brindada por Moshéh sólo a unos pocos; ésto es: a quienes estaban preparados y dispuestos a recibirla. Esta enseñanza se transmitió oralmente, de maestro a discípulo, por muchas generaciones, y hoy se encuentra en los numerosos libros de la "Cabaláh", no obstante lo cual, aún contando con ellos, se sigue transmitiendo de igual modo, recibiendo el conocimiento cada discípulo de su maestro , y perpetuándolo en enseñanza, cada uno, a su vez. El pueblo de Israel en el desierto Aún cuando Moshéh se encontraba al frente del pueblo y lo guiaba, y aún cuando contaba con otros grandes hombres que le secundaban y aún con su hermano Aharón, y aún cuando el propio D's no dejaba detalle de la realidad sin dar a su respecto instrucciones precisas a Israel, aún así, no faltaban obstáculos y pruebas a superar todo el tiempo. No fueron pocos los pecados y transgresiones de esa generación de Bnei-Israel que salió de la esclavitud de Egipto, y que estuvo luego frente al Monte Sinai. Mas estaba en los planes de Hashém obrar por el bien de Israel y por el bien del mundo entero, y tal propósito exigía expandir y profundizar el entendimiento de esa generación para que enmendaran sus acciones y se hicieran buenos, hasta que el pueblo de Israel entero mereciera el nombre sagrado y fuera maravilla y ejemplo ante los ojos de los demás. Por esa razón y en aras de dicho fin, Hashém castigó de inmediato cada uno de sus pecados.

Esta fue la razón de que permanecieran nada menos que cuarenta años en el desierto, durante los cuales Hashém les brindó alimento proveniente de los Cielos de modo milagroso. Así como cae para nosotros el agua a modo de lluvia desde lo alto, así recibieron Bnei-Israel durante cuarenta años el Man cayendo para ellos cada día de los Cielos. El Man tenía por misión, además de alimentar el cuerpo, afianzar la fe en el alma. Por consiguiente, estaba prohibido conservar de él de un día para el siguiente, de modo tal que no había más certeza de alimentos para cada día que la fe en que el Man sería provisto por Hashém, puntual y fresco, sin interrupción. Sólo un día por semana, los viernes, para completar la maravilla, descendía a los campos una porción doble de Man, destinado al mismo día y al siguiente, Shabát, en que la recolección estaba prohibida. También el agua para beber les proveyó Hashém durante todos esos años de modo milagroso, y la sombra que los protegiera del calor del desierto, envolviéndoles desde las nubes espesas que les acompañaban durante el trayecto. Al cabo de cuarenta años, el pueblo de Israel era ya sabio y tsadík en alto grado. Eran vigorosos y valientes, y estaban entrenados en las artes de la guerra. Podían ya enfrentar a los ejércitos que les aguardaban en su Tierra, conquistar su lugar y erigir en él un Reino Sagrado. Fechas importantes: Entrega de la Toráh: Jeshván de 2448 (1392 A.E.C.) Fin de los 40 Años en el Desierto: Jeshván de 2488 (1272 A.E.C.) La conquista de la tierra sagrada La guerra en la ribera oriental del río Iardén Cuando comenzaron Bnei-Israel a viajar rumbo a su Tierra, los pueblos que la habitaban salieron a impedirle el paso. La Tierra Sagrada se encuentra en la ribera occidental del río Iardén, que la recorre a casi todo su largo de norte a sur. Al este y al sur del río vivían numerosos pueblos. Al sur los Edomitas, los Amonitas y los Moabitas. Fue donde éstos habitaban la primera tierra que atravesaron Bnei-Israel en su camino. Hashém ordenó a Bnei-Israel evitar la guerra con estos pueblos, entre los que había mucho bien: entre los Edomitas, restaba algo de la Toráh que su ancestro Esáv recibiera de su padre Itsják; en los Amonitas y Moabitas, quedaba la Toráh aprendida de Lot, sobrino y discípulo de Abrahám. Todos ellos hablaban hebreo, y había entre ellos quienes en el futuro se convertirían a la verdadera fe y tomarían para sí también, por emblema y camino de vida, la Toráh que Hashém acababa de entregar a Bnei- Israel. De modo que, para evitar la confrontación con ellos, se dirigieron Bnei-Israel rumbo al norte. Vivían allí dos pueblos poderosos gobernados por dos reyes, cuyos nombres eran Sijón y Óg. Estos pueblos eran malvados y pecadores. Aún así, Bnei-Israel prefirieron no trabar lucha con ellos, porque no sería por la fuerza que podrían enseñarles a rendir culto a Hashém y practicar el bien. Moshéh les envió mensajes de buenas palabras, mensajes de paz y de verdad; y les solicitó autorización para pasar, con todo Bnei-Israel, a través de sus tierras rumbo a la

tierra que se hallaba del otro lado del río Iardén, la Tierra Sagrada en que ordenó D's a Bnei-Israel asentarse para erigir en ella un Reinado Sagrado devoto de Hashém, del que todos los pueblos pudieran aprender cómo practicar el bien y consagrarse al culto de la verdad. Estos pueblos no aceptaron las palabras de Moshéh porque no estaba en su intención creer en Hashém, y no se mostraron dispuestos a permitir que Bnei- Israel erigieran una tierra sagrada. Ellos estimaron que podrían vencer y exterminar a Israel y salieron a su encuentro con un ejército enorme. Entonces ordenó Hashém a Moshéh salir a la guerra contra ellos. La guerra de Moshéh estuvo llena de maravillas, porque Hashém iba ante él, con él y a su retaguardia. Muy pronto conquistó Moshéh las tierras de Sijón y de Óg, y el camino hacia la tierra en la ribera occidental del río Iardén quedó despejado ante ellos. Bnei-Israel se establecieron por un tiempo en las ciudades conquistadas, mas no estaba en los planes de Moshéh permitirles reposar mucho tiempo allí, porque todos ellos debían cruzar el Iardén y llegar a la tierra que les había sido destinada desde siempre. Sólo dos de las tribus, Reubén y Gad, a la que luego se unió la mitad de la tribu de Menashéh, solicitaron a Moshéh quedarse de ese lado del Iardén, comprometiéndose a estar junto al resto del Pueblo de Israel en todas las batallas que les esperaban en la ribera occidental. Argumentaron que sería una buena medida hacerlo así, de tal modo que el Pueblo de Israel contara con una tierra más extensa, al tiempo que no les parecía conveniente abandonar esas tierras fértiles, conquistadas por orden de Hashém, desiertas e improductivas. Moshéh aceptó su propuesta, luego de que se comprometieran a tomar parte de la conquista de las tierras de la ribera occidental. Más tarde, la falta de esas dos tribus y media en la Tierra de Israel generó inconvenientes, porque no había suficiente gente para poblar toda la tierra que les era propia, y Bnei- Israel terminaron relacionándose en exceso con los cnaanitas, de quienes no aprendieron buenas lecciones. Tras finalizar la guerra contra Sijón y Óg, completada su misión, impuso Moshéh a Iehoshúa como líder sucediéndole, y se despidió de este mundo tras haber contemplado, a la distancia, la soñada tierra de Cnáan que habría de convertirse en Israel. La conquista de la Tierra de Cná'an La tierra que se encuentra junto a las orillas del Mar Mediterráneo, desde el norte junto a las montañas del Líbano, hasta el sur rozando el Mar Rojo, es apta y está preparada para una vida sagrada y pura. Con ese fin fue creada por D's. Pero por muchos años, no hubo en el mundo personas adecuadas, cuya naturaleza y su conducta fueran aptas para aprovechar la especial sacralidad de la tierra. En esos tiempos, se asentaron en ella pueblos descendientes de Cná'an, cuyo estilo de vida contradecía el carácter sagrado de la tierra, que fue contaminada por sus malas acciones. Cuando Bnei-Israel salieron de Egipto, les ordenó Hashém llegar hasta su tierra y consagrarla a una vida de santidad y pureza, de acuerdo a la Toráh que les entregó. En cuanto hace a los pueblos que se habían establecido en la tierra de Cná'an, Hashém instruyó a Israel poner ante ellos tres posibilidades: podían, en primera instancia, someterse a la fe verdadera y adoptar en sus vidas las siete mitsvót que había dado Hashém a Nóaj, cuyo incumplimiento pone a los hombres casi en pie de igualdad con los animales; y tornarse así "guerím toshavím", extranjeros con derecho a convivir con Israel en su tierra. Si

rehusaban hacerlo, aún podían abandonar la tierra de Cná'an y mudarse hacia otro de los muchos territorios que se hallaban disponibles y vacíos entonces. Mas si se negaban tanto al cumplimiento de las siete mitsvót como a irse de la tierra, deberían Bnei-Israel salir a la guerra contra ellos, hasta no dejar ni uno de ellos con vida en la tierra de Israel. Todos los pueblos les temían. Uno de estos pueblos, el Guirgashí, abandonó la tierra y halló nueva residencia en una de las tantas tierras que se encontraban libres entonces, junto a tantos otros pueblos que se movían, nómades, de lugar en lugar y se cedían unos a otros sus tierras. Otro pueblo, el Guiv'oní, decidió acogerse a las condiciones del Pueblo de Israel. Incluso una mujer se unió por propia cuenta a Israel, y ocultó a los espías hebreos en su casa, y reconoció a Hashém como único D's en los cielos y sobre la tierra. La mayoría de los otros pueblos, no obstante, optaron por atrincherarse en sus ciudades amuralladas. No salieron a la guerra contra Israel, pero tampoco abrieron sus puertas ni permitieron a Israel ingresar por ellas. Entonces, comenzó la guerra por la conquista de la tierra. La primera conquista La primera ciudad que aparecía en el camino de Bnei-Israel, Ierijó (Jericó), cayó a través de un milagro imponente: por orden de Hashém, tocaron Bnei- Israel toques de shofár, y las murallas se abatieron ante ellos. Eso les generó la certeza de que toda la conquista sería rápida y fácil de lograr. Pero tuvo lugar el pecado en el seno del pueblo, y fallaron en su intento de conquistar la segunda ciudad que apareció ante ellos, conocida por el nombre de Ai. Los pueblos de la tierra, que ya habían concluido que no había modo de hacer frente a Israel, reconsideraron la cuestión de pronto, y optaron por fortificarse en sus ciudades y negarse a obedecer a las mitsvót de D's y también a abandonar sus lugares. Y aún cuando Israel conquistó luego la ciudad de Ai, el cambio de actitud del resto de los pueblos vecinos ya se había consolidado, y esperaban a Israel dos guerras difíciles que librar antes de seguir adelante. La conquista del centro del país La primer guerra tuvo lugar en el centro del territorio, cerca de donde se encuentran Ierushalaim y Jebrón. Ese territorio estaba repartido en pequeñas fracciones gobernadas por quienes se llamaban a sí mismos reyes, que fueron cayendo todos a manos de Bnei-Israel en poco tiempo. En una última batalla en que Guiv'ón comandaba a las fuerzas de Israel, Hashém extendió el largo del día reteniendo la luz del sol en su sitio para que Bnei-Israel pudieran completar la batalla y dar por culminada la conquista de esta región. La conquista del Norte La segunda guerra tuvo lugar en el Norte. Todos los pueblos de la zona, comandados por el rey de Jatsór, salieron a dar batalla en conjunto contra Israel. Sabían de la dura derrota que Bnei-Israel habían infligido a los pueblos del Centro del territorio, pero no había en ellos voluntad de tomar para sí las siete mitsvót que Hashém les había ordenado, y tampoco estaban dispuestos a abandonar el lugar en que habitaban. Hashém instruyó a Iehoshúa para que los

enfrentase con coraje y con fe, y siguiendo las órdenes recibidas, todo el Norte del país quedó pronto en manos de Israel. La interrupción de la guerra Se interrumpió la guerra entonces. No porque la tierra hubiera sido ya completamente conquistada, sino por la necesidad de Israel de llevar sus vidas a un régimen de normalidad. Ciento cincuenta años habían pasado: noventa de ellos, haciendo el pesado trabajo de confeccionar los ladrillos y edificar y tomar sobre sí los trabajos del campo a que los forzaban los egipcios; cuarenta años más en el desierto, y los siete últimos, en las guerras de la conquista. Siete años más dedicó el Pueblo de Israel a distribuir la tierra, mediante un régimen de sorteo entre las tribus, tal como les instruyó Hashém. Cada tribu recibió un sector de la tierra en heredad. No obstante, no llegaban al número suficiente como para poblar el país entero, y dejaron por ello a numerosos pueblos viviendo en distintas zonas del país. La interrupción de las guerras no contradecía la voluntad de Hashém. Bnei- Israel habían sido autorizados a dedicar un tiempo para ordenar su nueva vida y distribuir la tierra para su trabajo, de modo que no comenzaran a proliferar las fieras y la vida salvaje en su tierra. Pero Bnei-Israel estaban cansados de la guerra y no se mostraron dispuestos a renovar y completar la conquista una vez cumplidos los objetivos de su interrupción. Cuando por fin emprendieron nuevamente la campaña de conquista, faltó en ellos el fervor de los primeros tiempos, y no abocaron ya el mismo esfuerzo por librar la tierra de los pueblos idólatras que la contaminaban de pecado. Y finalmente, aún sin completar la tarea, se abocaron a los asuntos de su vida en la tierra y abandonaron la conquista por completo. Anunció entonces Hashém a Bnei-Israel que la etapa en que la conquista había sido fácil y por vía milagrosa, y así se habría podido completar, había culminado. Que ya no podría Israel expulsar de su tierra a los pueblos vecinos a los que había permitido permanecer en ella. Israel ya se había adaptado a la convivencia con sus vecinos y recibía de ellos permanentemente influencias negativas; y el permiso de hacerse con la tierra completa había tenido por condición, desde su inicio, la santidad y la consagración de tierra y vida al culto de Hashém y el cumplimiento de la Toráh. Desde el momento en que Israel no se demostraba capaz de ponerse a la altura que Hashém le reclamaba, desde el momento en que Israel no era celoso de la sacralidad de su vida y de su tierra, habría de pasar una prueba más dura todavía: convivir con los otros pueblos en su propia tierra, y aún así, evitar su influencia, evitar la adopción de las costumbres y los vicios y las creencias con que esos pueblos lo querrían contaminar. Y la advertencia era clara: si Bnei-Israel no cumplían en lo sucesivo con esta condición, serían duramente castigados; puesto que para la consagración y la vida regida por la Toráh les había sido entregada su tierra en heredad . La época de los Jueces

los primeros 300 años Israel no tiene Rey Eran tres las órdenes que Bnei-Israel debían obedecer tras la conquista de la tierra, para llegar a convertirse en el "Reino de Sacerdotes y Pueblo Sagrado", como se les había instruido en el Monte Sinai. Para comenzar, debían coronar un rey. En segundo término, debían luchar contra el pueblo de Amalék que residía en el SurEste de su tierra, y no sólo eran los peores enemigos de Israel sino, y sobre todo, los más radicales enemigos de la Toráh desde su negativa a rendir culto a Hashém, D's de Israel. En tercer término, por fin, ya cumplidos los requisitos previos, construirían el Beit-HaMikdásh, el Gran Templo en Jerusalem. El primero y más difícil de los desafíos consistía en la elección de un rey. Este debía ser un hombre especialmente grande en Toráh y en sabiduría, honesto, devoto de Hashém, consagrado al bien y a la verdad. Un hombre capaz de liderar y dirigir al pueblo en un camino de integridad y pureza, y que de él aprendiesen sus hijos para sucederle. De ningún modo se lo podía elegir a partir de los criterios comunes de los hombres, sino que debía ser un profeta, inspirado directamente por Hashém, quien lo señalase y lo impusiese en su función. Iehoshúa, al igual que Moshéh antes que él, suplicó a Hashém que le permitiera avanzar este paso, que le indicase de entre el pueblo quién sería capaz de cumplir tan alta misión, y sin flaquear jamás, dirigir a Israel, salir a las guerras al frente del pueblo y retornar con él, y gobernarlo con sabiduría también en tiempos de paz. Pero Hashém no respondió a sus ruegos: no había aún en el pueblo de Israel un hombre a la altura de tal misión. Los Jueces locales Siguiendo el modelo de gobierno que instruye la Toráh, Iehoshúa nombró Jueces (shoftím) y Policías (shotrím) en todas las ciudades de Israel. A su fallecimiento, fueron éstos los únicos que quedaron a cargo de liderar al pueblo, y no había un líder supremo, una personalidad carismática que pudiera dirigir a Bnei-Israel con mano fuerte, como Iehoshúa y antes Moshéh habían hecho. En su afán por llevar una vida por fin normal, y de hacer producir a la tierra las riquezas que se les había dicho produciría, Bnei-Israel llevaban una vida de mucha labor. Gran parte del pueblo se había instalado en las ricas ciudades conquistadas a los Cnaanitas, donde todo estaba dispuesto para una vida de fasto y categoría. Ellos se dedicaban al comercio, intercambiando mercaderías con quienes cruzaban la tierra de Israel en camino hacia otros lugares, así como con los pueblos vecinos, aquéllos que no habían sido expulsados de la tierra. Otros, habían optado por establecerse en pequeñas colonias rurales, dedicadas a cultivar la tierra y criar ganado, y trabajaban con tesón, juntándose con sus vecinos cnaanitas para aprender de ellos los oficios de la tierra. El estudio era un deber de muy difícil solución en aquellos tiempos. Faltaban muchos siglos para la aparición de textos explicativos de la Toráh: solamente se contaba con la Toráh "escrita", y aún ésta era muy difícil de copiar para ponerla al alcance de todos. De modo que el estudio era, mayormente, oral; y viviendo como vivían, el hábito de estudiar se debilitaba con frecuencia. Esto produciría, inevitablemente, que grandes porciones de la enseñanza se fueran perdiendo y olvidando con el correr de los años. Al debilitamiento en el estudio, que es lo que sostenía la fuerza de la Toráh en la vida de Bnei-Israel, se sumó su trato cotidiano con los Cnaanitas: se

relacionaban con ellos; hacían con ellos negocios, y aprendían de sus oficios. De tal modo, que comenzaron Bnei-Israel a aprender de los Cnaanitas también hábitos y actividades que repugnaban a D's, y a participar de las fiestas y las formas de culto que aquéllos dedicaban a sus ídolos. Hashém, actuando desde un justo enojo, hizo que cayeran sobre Israel los Aramitas, que residían en el NorEste de la tierra. Bnei-Israel fueron atacados por sorpresa, dado que se sentían seguros del temor que inspiraban a los pueblos vecinos y no esperaban que ninguno de ellos los enfrentase. Pero ese temor era como una protección provista por Hashém a su pueblo, en tanto éste se comportara como la sacralidad y la pureza imponían. En el preciso momento en que Bnei-Israel incurría en el pecado y se dejaba llevar por las prácticas idolátricas de sus vecinos, la protección se suspendía. Y Bnei-Israel fueron, por consiguiente, fácilmente derrotados por los Aramitas, que se impusieron a ellos y los dominaron. AtaniEl ben-Knaz Bnei-Israel comprendieron muy pronto lo que había sucedido, y se apresuraron a enmendar sus acciones para merecer una vez más el favor de D's. Uno de los discípulos de Iehoshúa, AtaniEl Ben-Knaz, se destacó por su capacidad de liderazgo. Había sido, en vida de Iehoshúa, comandante de parte del Ejército hebreo, y era un hombre valiente y grande tanto en su conocimiento de Toráh como en su devoción. El asumió, entonces, la dirección del pueblo, y se transformó en el Juez sobre todos los Jueces de las ciudades, y en el guía del pueblo en su retorno a Hashém. Conocedor de la realidad del pueblo, rogó cada día a Hashém que le permitiera coronar un rey, y nunca resultó haber en el pueblo alguien capaz de cumplir con todas las condiciones en que un rey no debería faltar. Así fue que el pueblo comenzó a volver a la Toráh, a una vida sagrada y pura, durante todo el tiempo que fue gobernado por AtaniEl Ben- Knaz; mas aún no tenía raíces profundas este retorno en el seno del pueblo cuando le tocó a AtaniEl Ben-Knaz despedirse de esta vida, y quedó el pueblo acéfalo otra vez. Entonces se repitió lo previsible. La Toráh y las mitsvót no eran aún un hábito asentado entre Bnei-Israel, y todos sus vecinos tenían variedad de prácticas idolátricas, rituales estrafalarios y cultos pecaminosos, y una vez más, empezaron Bnei-Israel a desviarse de su camino solitario con rumbo a vidas como las de sus vecinos. Una vez más se sumaron a sus fiestas y aún a sus reverencias, otra vez descuidaron la Toráh y merecieron el castigo que los llamase al arrepentimiento. La derrota que había infligido AtaniEl Ben-Knaz a los Aramitas había bastado para que éstos no tuvieran voluntad de arremeter contra Israel una segunda vez; y pasarían cientos de años antes de que lo intentaran nuevamente. Esta vez, fue el turno de los Moabitas. Ehúd ben-Guerá Los Moabitas eran un pueblo pequeño, descendientes de Lot, el sobrino de Abrahám; y vivían en el sur de la tierra. Cayeron sobre Israel y le dominaron. Y una vez más, Bnei-Israel comprendieron su error y su traición al Pacto sellado con Hashém, y una vez más se arrepintieron y retornaron al camino de la Toráh, y lloraron a Hashém suplicándole los salvara de este nuevo yugo. Ehúd Ben-Guerá había sido discípulo sobresaliente de AtaniEl Ben-Knaz, y ya entonces había demostrado su capacidad de liderazgo. De modo que, tras el fallecimiento de aquél, fue Ehúd Ben-Guerá el enviado por Hashém para guiarles, no menos en la batalla contra el mal que habitaba en ellos, que en la

guerra urgente para expulsar de sobre ellos al reino de Moáb. Ehúd Ben-Guerá ya se había erigido en líder del pueblo, y había tomado a su cargo el presentar ofrendas al rey de Moáb para que disminuyera su presión sobre Bnei-Israel. De modo que, en el momento indicado, salió al frente de Israel para expulsar a Moáb, y de su mano triunfaron en la guerra y se liberaron de la opresión. Pasada ya la guerra, permaneció Ehúd Ben-Guerá al frente del pueblo y encabezando a los Jueces durante sesenta y dos años. Sumado a los doce años en que había liderado al pueblo de Israel previo a la guerra, su largo liderazgo duró ochenta años en total. Shamgár ben-Anát Durante todos esos años, también Ehúd esperó la oportunidad de coronar un rey sobre Israel, mas no había aún nadie que pudiera, a jucio de Hashém, ocupar dicho puesto y cargar con tal responsabilidad. Cuando falleció Ehúd, sólo un sabio y valiente mas ya anciano de sus discípulos pudo tomar su lugar, y desmpeñarse como Juez sobre todos los otros Jueces. Este sabio se llamaba Shamgár Ben-Anát, mas era muy anciano y falleció en el mismo año en que había asumido su función. Entre los hombres "grandes" del pueblo, se contaba en ese entonces una mujer, de cuya gran sabiduría todos sabían y acudían a su arbitrio y su consejo. Esta gran mujer, de nombre Déborah, a través de su constante estudio y de su profunda devoción, mereció por fin el don de la profecía, convirtiéndose en profeta de Israel. Mas entretanto, ya se había desviado una vez más el pueblo de Israel del camino que D's le indicara, y otra vez había acudido a las prácticas pecaminosas de sus vecinos, a lo largo y ancho de toda la tierra de Israel a ambas márgenes del Iardén. Deborah la Profeta Hashém se apresuró a castigar a Bnei-Israel, desde su designio de que se hicieran por fin pueblo sagrado. Por voluntad de Hashém se irguieron los Cnaanitas que permanecían en la Tierra de Israel, se hicieron de un soberbio poder bajo el mando de Iabín rey de Jatsór, y de Sisrá, comandante de su ejército, que se impusieron sobre Israel. El pueblo de Israel estaba distraído de su camino, descuidado del estudio, y su conciencia moral se había debilitado por causa de la desidia y el instinto. No obstante, fue claro el mensaje para el pueblo de Israel, que despertó otra vez de repente a su identidad y se apresuró a corregirse y enmendar su camino, bajo la influencia y el mando de Déborah la Profeta, y de los Jueces ubicados en todas las regiones del país. Hashém ordenó a Déborah ocupar el puesto de Jueza Suprema y enfrentar, junto a su esposo Barák, la guerra contra los Cnaanitas. Juntos, comandaron a las fuerzas de Israel, con todas sus huestes arrepentidas de los años de alienación y abandono del camino de Hashém, y aniquilaron a los Cnaanitas que les oprimían con dureza.

Mas tampoco durante los días de Déborah vio nacer Israel al hombre apto para portar la corona de Rey y guiar con energía a su pueblo más allá de ese círculo vicioso de idolatría-sometimiento-arrepentimiento-redención en que tantas generaciones habían incurrido. A la muerte de Déborah, quedó otra vez el Pueblo de Israel sin cabeza visible, por cinco penosos años. Guideón Otra vez, los años en que faltó una guía fuerte y centralizada, un Juez Supremo carismático y capaz de orientar al conjunto del pueblo, fueron funestos para la conducta de éste. Los hebreos volvieron a desviarse del camino de D's y siguieron los bajos ejemplos de sus vecinos, actuando contra la voluntad del Creador de que se volvieran por fin un pueblo sagrado, y vivieran a la luz de la Toráh. Envió entonces Hashém a los Midianitas, que cayeron sobre Israel con gran fuerza y se hicieron del control de la tierra. Y volvieron a clamar Bnei- Israel a D's por auxilio, y en la congoja se arrepintieron de sus malas acciones. Entonces, envió D's a un hombre de la tribu de Efraím llamado Guideón, y le ordenó ponerse a la cabeza del pueblo y enfrentar a los Midianitas. Guideón les venció en la guerra y el pueblo, deseoso de contención, quiso coronarlo rey. Mas él sabía que no estaba destinado a ello, y desconfió de la capacidad de su descendencia de ser reyes de Israel, y declinó. Y fue Juez Supremo sobre todo el Pueblo de Israel durante cuarenta años . Abimélej Bastó que se despidiera Guideón de esta vida para que sus temores respecto de sus hijos se demostraran en la realidad. Uno de ellos, Abimélej, consideró que le correspondía heredar a su padre en la dirección del Pueblo de Israel, y decidió coronarse rey de Israel. Mas sus hermanos se opusieron a su intento, y Abimélej, decidido a hacerse del poder, les asesinó. Secundado por los hombres de su pueblo, Shjém, se coronó a sí mismo. A Hashém no le podía complacer semejante rey para su pueblo. Tras tres años de reinado, mientras intentaba sofocar una rebelión en su contra, una mujer le mató . Tola y Iaír Abimélej murió unos trescientos años después de que Bnei-Israel comenzaran la conquista de su tierra. Y siguieron a él ot

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