La trata de blancas

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Published on March 3, 2014

Author: maupassant3

Source: slideshare.net

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La saga completa de "La trata d

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3 LA TRATA DE BLANCAS Jean Louis Dubut de Laforest

5 Título original.- La Traite des Blanches Compuesto por los libros: I.- La Traite des Blanches II.- Madame Barbe-Bleu III Les marchands de femmes IV Trimardon Portada.- Dibujo de Théophile Alexandre Steinlen. Paris. Editorial Fayard. 1899 Traducción de José Manuel Ramos González Pontevedra, marzo 2014.

7 A JOSE MARÍA DE HEREDIA DE LA ACADEMIA FRANCESA AL MARAVILLOSO POETA DE TROPHÉES QUIÉN, ENTRE OTROS TESTIMONIOS LITERARIOS, ME CONCEDIÓ EL HONOR DE ESCUCHAR Y APRECIAR MIS ARGUMENTOS. D.L.

9 INTRODUCCIÓN Habiendo sido abierta una «investigación» por la Fiscalía del Sena contra la novela: LA TRATA DE BLANCAS, el Sr. Raymond Poincaré aceptó la defensa del autor, el Sr. Dubut de Laforest, mientras el Sr. Antony Aubin se encargaría de los intereses del Sr. Fautrel, gerente del Journal. El juez Sr. Malepeyre acaba de desestimarla: un acto de elevada justicia. He aquí – sin más comentarios – el alegato que el Sr. Dubut de Laforest debía pronunciar en la novena Sala: Caballeros, Tengo el honor o el deshonor de presentarme ante ustedes como cómplice de un ultraje a las costumbres cometido, en La trata de Blancas, por el Sr. Fautrel, gerente del Journal, puesto que los artífices de nuestras leyes relegan a un segundo plano a los escritores y hacen principales autores del crimen o del delito a los directores de los periódicos, editores o gerentes, e incluso, según una nueva jurisprudencia, a los impresores (asunto Paul Dupont). En virtud de mis títulos universitarios y de mis antiguas funciones judiciales y administrativas, hubiese podido vestir la toga y adornar la muceta con algunos bordados de laurel. El decorado habría carecido de simplicidad y yo soy un hombre muy sencillo. El Sr. Antony Aubin ha hecho una brillante exposición de las circunstancias, en defensa del Sr. Fautrel… tanto o más atenuantes en cuanto yo no tengo colaborador y por tanto reivindico la plena y entera responsabilidad de mi obra.

10 Yo solo, caballeros, apareceré, muy modestamente – yo lo he dicho– pero sin temor; y me he levantado y permanezco de pie con orgullo, viendo en el estrado, y dispuesto a defenderme, al ilustre diputado de la Meuse, al antiguo ministro de la Instrucción Pública y a una de las glorias de la abogacía de París, al gran orador: Raymond Poincaré. Caballeros, La Trata de Blancas, novela del Journal, es el corolario de Los Últimos Escándalos de París. Esos Escándalos fueron inaugurados en 1898, hará pronto dos años, mediante La Virgen del Arroyo, y, comenzando la novela del Journal, he dicho a mis lectores: «¿No os he aburrido demasiado?... ¿Queréis que el Negro continúe… y os traiga a las Blancas? » Ellos me han respondido: «¡Sí!» mediante un aumento de ventas del Journal; y es por lo que, caballeros, veis aquí, amable, sonriente, bien dispuesto, a pesar de un gran esfuerzo, y respetuoso con la justicia, al autor de La Trata. En la Trata de Blancas, «La Sra. Barba Azul», personaje central, representa «el Cieno de Impurezas» del que hablan las Escrituras, y el epígrafe de mi obra lo he tomado de la Biblia: «¡Que tu corazón no se desvíe por los derroteros de esta MUJER y que no te arrastre por sus senderos, pues ella ha herido a varios mortalmente y ha matado a otros que eran más fuertes!» ¿Qué observamos en torno a los ardides de la mujer extranjera, de la generala Antonia Le Corbeiller, nacida en Hamburgo, hija de una amazona española y de un turco, domador de animales feroces? Observamos a seres generosos y seres malvados, la eterna lucha de la humanidad. La Barba Azul llega, repito, de Hamburgo, tras haber justificado el vocablo asesinando a Muhieddin-Pacha, su primer enamorado, y al cónsul general Glandoz, su primer marido. Ha encontrado el medio de seducir a uno de nuestros valerosos e ilustres soldados, y hela aquí convertida en generala Le Corbeiller. Para Antonia – cito la novela – este hombre encarna el obstáculo.

11 El obstáculo, porque una vez muerto, ella se hará rica, gracias a la buena fe del general que casándose con ella, sin fortuna, tras haber derrochado del dinero de los muertos que ha ido dejando, él le ha legado todo lo que la ley le permitía legar; el obstáculo, porque, viuda, ¡sería libre! «La Sra. Barba Azul» no es una mujer que tenga vicios: ¡ella es el Vicio! No es una pecadora: ¡ella es el Pecado!; ¡ella es el Sacrilegio! Ha matado al general; es libre, y su comedia de viuda desconsolada resultó ser tan hábil, que nadie – aparte de la hija del general – acusa a la asesina, y la propia Srta. Éve Le Corbeiller va a ser víctima de la Sra. Barba Azul. Entonces, entre las orgias de la libertina, comienza para Éve una vida de martirio, mientras Antonia trata de mancillar esa flor virginal. Entre los amantes de la Sra. Barba Azul, se distingue un ciudadano poco recomendable, Ovide Trimardon. Es, yo creo, el mejor tipo de mi galería, a menos que no quiera rivalizar con la baronesa Lischen de Stenberg. Ovide y Lischen – este, francés, por desgracia; aquella, alemana, ejercen en París el oficio de proxenetas. Uno y la otra ayudan a la Sra. Barba Azul, o bien actúan solos, en diversas operaciones cuyas intrigas configuran la Trata de Blancas. ¿De qué vale contaros todas estas historias? Más valdría rogar a la Srta. Flor de París, una de mis heroínas más simpáticas, que os lea la novela. Flor de París está en su taller o en la Exposición, y la novela tiene más de veinte mil líneas. La lectura se hace imposible. Debo solamente, caballeros, mostraros el cuidado que aporto a mi composición y a mis argumentos. Entre el tráfico de carne humana en París, y con el que colaboran numerosos personajes: El Crío-Chuchín, la Rizos, el Guapo-Nénesse, el Terror de Montparno, la Sra. Hermosa Álvarez, la Sra. Elodie Brochon y demás ralea; entre estas diversas

12 maniobras, la viuda Le Corbeiller se ha prendado de los hermosos ojos de un joven escultor, César Brantôme, y de los blasones de un viejo aristócrata, el marqués Valentin de Beaugency. Desde el principio de la novela planteo que Brantôme era el novio de la Srta. Le Corbeiller… Celos de la madrastra, trampas al amor, resistencias de Éve y de César; intervención de otro enamorado, el duque Melchior de Javerzac, y ascenso de la generala al marquesado. Se ve surgir, en medio de idas y venidas de los mercaderes de mujeres, una gran sociedad: La Amiga de la Adolescente, teniendo como presidenta honoraria a la princesa de MabranParisis, y, por presidenta efectiva a una burguesa, la Sra. Thérèse Alban, la tía de César Brantôme. A través de la Sra. Barba Azul y Los Mercaderes de Mujeres, dramatizo y analizo observaciones personales y las notas del Congreso Internacional de Londres, los documentos del cardenal de Westminster, de la condesa de Aberdeen, de lady Batterses, del Sr. Sabourow, de la baronesa de Montencha, del Sr. de Meuron, del Sr. Bérenger, senador, del Sr. Henry Joly, abogado, etc.; los artículos del New York Herald, del Times, de la Revue Philantrophique, los corresponsales del Temps y otros periódicos franceses y extranjeros. Mis disertaciones se establecen a favor o en contra de miss Madu Gonne, Madame Louise Michel, el conde de Haussonville, el Sr. Charles Benoist, y demás filósofos, y demás moralistas, conservadores o revolucionarios, y, por los hechos esenciales, con La Gazette des Tribunaux. Explico el rol de la obra: La Amiga de la Adolescente, asociación constituida por unas admirables cristianas, guidadas por su arzobispo que fue soldado; y, tras haber evocado los discursos de Gambetta, y del Sr. Presidente Deschanel sobre la Mutualidad, manifiesto, ampliando el horizonte de la Trata de blancas: El autor de LOS ÚLTIMOS ESCÁNDALOS DE PARIS, al no ser ni un clerical, ni un republicano sectario, ni un ambicioso, aceptará todas las observaciones y es una investigación tan seria y más amplia como la que el Figaro me hizo el honor de abrir, a consecuencia de mi novela:

13 El Abandonado, en la que testimoniarán, mediante relevantes entrevistas o cartas: el Sr. Félix Voisin, antiguo Prefecto de policía, consejero en la Corte de casación; el Sr. Leveillé, profesor de derecho criminal en la Facultad de París; el Sr. Henri Monod, miembro de la Academia de medicina, director de la Asistencia y de la Higiene Públicas en Francia; el Sr. Lagarde, director de la administración penitenciaria; el Sr. Ch. Blanc, director de la Petite-Roquette. ¡Solicito una suscripción nacional para la protección de las jovencitas huérfanas o abandonadas; solicito un encuesta sobre la labor de las obreras; pido una ley contra la Trata de Blancas! Sí, lo he dicho en el transcurso de mi obra, y quiero proclamarlo una vez más: «¡La mujer es una mercancía!» Es la frase de cabecera de los amantes de la prostitución, que divierte a los esnobs y atrae a los libertinos; ¡es el verbo de ignominia que los gobernantes y los legisladores no escuchan! «¡La mujer es una mercancía», y, no solamente la criatura ya organizada, sino «la niña» – las pequeñas y pequeños, en el «¡Baile de los Ángeles!» ¡He aquí, Caballeros, La Trata de Blancas! Durante los viajes que, después de tres inviernos, acabo de realizar por el París nocturno, a menudo solo, algunas veces con colegas y médicos, o bajo la égida de los principales inspectores de la Sûreté, puesta amablemente a mi disposición por el Sr. Prefecto de policía, he podido valorar la desgracia tanto como el desenfreno, y regreso de mis excursiones con el alma inquieta, turbada, dolorida. La Trata de Blancas – como los demás «escándalos» – es una novela, pero es también la historia contemporáneos, y la más extraña y real! Reconoceréis conmigo, caballeros, que no tengo necesidad de publicidad – vista la conmovedora simpatía con la que me honra la Fiscalía del Seine, y me permitiréis exponer algunos detalles de las ventas en librería.

14 En mí conviven dos escritores –diría que uno es casi un sabio, si me remitiese a los maestros benevolentes de la ciencia – y un autor popular. Cuando me dirigo al gran público, desvelo los monstruos, y cuando abordo estudios de medicina, el precio de las obras aleja las curiosidades inútiles y peligrosas; así, Pathólogie Sociale cuesta diez francos, en la editorial Paul Dupont; Los Últimos Escandalos de Paris, en volúmenes independientes, a sesenta céntimos, y en fascículos a diez céntimos, en los editories hermanos Fayard; y la Trata de Blancas, en el Journal, a un centavo. Caballeros, todos mis íntimos podrían deciros cuanto me horroriza hablar de mí y de mis trabajos, y excusaréis que omita el catálogo de donde se desprende la nobleza de mi alma literaria y médica, y donde van a precisarse los «considerandos» de vuestro juicio. Gracias a esa doble herramienta, la pluma y el escalpelo, entre el Palacio Borbín y el Palacio de Luxemburgo, todos los Palacios de la Repúblilca, comprendidos el de Justicia; entre los hospitales y los laboratoriao, los teatros, los talleres, las cuarteles, el Bois, los clubs, los salones, los reservados, al igual que uno de los filófofos del cuadro de Couture asistiendo a la orgía romana, busco el enigma de nuestro Museo vivo de horrores y de dolores, y debo reconocer que la civilización es, junto con la naturaleza, la responsable. Debemos deterner el mal, en nuestra impotencia ahogar el germen, pues si se conocía, después de Lucrecio y su De natura rerum, le mecanismo de la vida en los seres animados, siempre se ignora, desde Darwin y su Origen de las Especies, el moviento de la materia que engendra la universiladad de los mundos. La investigación está abierta, y lo estará por mucho tiempo aún; yo llamo a todas las mentes brillantes del Instituto y especialmente a mi querido e ilustre amigo d’Arsonval, que nos hizo beber «aire líquido» en un banquete de los limousinos, en Paris, y me ha invitado a pasar unos días de descanso en su Laboratorio de Bretaña.

15 Pero vuelvo al Tratado de Blancas. Durante la instrucción del proceso – aparte de las cortesías – el Sr. juez Malepeyre ha sacado a la luz algunos pasajes bastatne intensos de mi novela, y el Ministerio público los subrayó. Yo respondo: «He corrido la cortina cuando era necesario, y la prueba de ello es la frase de una de mis espirituales y demasiado alegres lectoras, según una canción de Yvette Guilbert: «¡Este animal se detiene… en el instante en el que es más lechuzo!» He sido un poco duro – lo reconozco – con las lesbianas, hacia la Sra. Barba Azul queriendo «donjuanizar» a Éve, su hijastra, y hacia la Srta. de Chandor, sembrando en una casa religiosa honorable, las semillas de Madame Don Juan, baronesa de Mirandol. Tal vez debo a la flagelación de la Srta. de Chandor, de esa media o cuarto de virgen, el apóstrofo de un sacerdote periodista y defensor de los dormitorios religiosos, incluso en sus excepcionales errores: «Dubut de Laforest, ¿tenéis conciencia de vuestros actos? «Dubut de Laforest, ¡sois el Arcangel del Mal! «Dubut de Laforest, ¡yo os desafío y os maldigo!» ¡Ah! hete aquí, en mi rebaño de blancas, una misa negra! ¿Cuál es el nombre del abad y el título de su oscuro periódico?... ¿Por qué dar publicidad a este Arcángel…. Del Bien?... El Paraiso debe bastarle, ¡sin el Infierno a mí no me basta!... Pero, si los miembros del Tribunal lo ordenan, yo lo contaría todo en presencia del Abogado de la República y de nuestros defensores, no para llevarnos a la seriedad, sino para ampliar la diversión! Además, Caballeros, no pertenece a los curas periodistas o a los periodistas curas conceder maldiciones, excomuniones menores o mayores, y que nuestro Santo Padre, el Papa, conserve este exclusivo privilegio; me gustaría tener por arbitro al propio Leon XIII si actuase – no para medir mi fe que no importa a nadie – sino mi respeto hacia las verdaderas y útiles creencias. Y haría a León XIII, este alegato político: «Nuestro Santo Padre, ¿me he equivocado en tirar por los suelos los altares de

16 Lesbos?... ¿Es condenable el hombre que escribía, allá, en Les Ecuries d’Augias, novela del Figaro, precedente de La trata de Blancas, novela del Journal: «… A través de Los Últimos Escándalos de París, y, por encima de los mil y un Ecuries d’Augias, a lo largo de nuestro camino, hemos admirado esas santas mujeres en cuadros de enfermeras, entre los doctores; nada las desalienta, nada las espanta; todo les es fraternal! Y para nosotros, que de ordinario viajamos más bajo, porque las rutas departamentales, nacionales y universales de la humnanidad son menos altas; para nosotros que observamos más a menudo el vicio del bulevar que el cielo de la virtud; para nosotros cuya ambición es divertir y corregir a los hombres, es nuestro orgullo levantarnos y descubirnos ante Gabrielle y Marthe, las apóstoles sublimes de la Caridad!» Desdeñemos, Caballeros, al sacerdote «de misa negra» y dos pobres hojas sin estima, sin autoridad, sin tirada; vacilemos ante otro órgano que, en un mes de intervalo, bajo dos firmas, es cierto, me denuncia a vuestra justicia, luego me iguala a Voltaire y me predice una estatua. Tengo En ese peródico– los dos extractos están a disposición de mis jueces – un amigo y un enemigo, pues eso tal vez os divertiría, pero me temo amargamente que los dos redactores son el mismo hombre Vos sabéis, caballeros, como la noticia de la persecución contra la Trata de Blancas ha sido acogida en la prensa: un silencio honorable para ella, halagador para nosotros, y para vos… casi injurioso, de tal modo es luminoso y visible vuestro error! Varios de mis distinguidos colegas se disponían a organizar una protesta en mi favor, yo no he creido deber aceptar. Caballeros, incriminando la Trata de Blancas, se ha querido arrojar el descrédito sobre mi obra y sobre Le Journal, y hemos debido invesigar y encontrar los motivos de esta insólita persecución. Hay, en la Fiscalía del Sena, un sustituto letrado encargado de la lectura de los periódicos y libros.

17 Ahora bien, ni el Sr. substituto, ni el Sr. procurador de la República, ni el Sr. Procurador general, se han escandalizado con la publicación cotidiana durante más de dos meses, y la información fue abierta por el juez Sr. Malepeyre por una carta del Sr. Secretario, jerárquicamente tansmitida. Laspersecuciones serian motivadas por quejas dirigidas al Secretario. ¿De quién emanaban las quejas? Algunos policías, antiguos o nuevos – a nuestras órdenes – han venido a decirnos: «Buscad entre los editores envidiosos de la casa Fayard o entre los periódicos preocupados por la expansión del Journal!...» Estimamos que nuestros rivales, son nuestros colegas – y no nos hemos dignado a investigar por ese lado. ¿Esas quejas vienen de los chulos y las matronas a través de oscuros canales?... ¡Tal vez! He querido mirar a otra parte, y, como decía el honorable Charles Dupy, os someto a este dilema: O el Gobierno ha querido vengarse de la política del Journal, que le es hostil; o bien, uno de los ministros del gabintete Waldeck-Rousseau no ha sido muy bien tratado al verse nombrado, no en la Trata de Blancas, sino en otro libro de los Últimos Escándalos de París, que tengo el honor de pasar al Tribunal. Entonces, se trata de una cuestión «política» o una cuestión «personal» – en definitiva una mala cuestión. Abandono… a fin de que meditéis y declaro: 1º Si un ministro es reconocido en uno de los protagonistas de los Ültimos Escándalos de Paris, se equivoca por completo, pues mis libros son estudios, no panfletos; creo a mis tipos con combinaciones, sin preocuparme de personalidades tan efímeras, e ignoraba a ese ministro nombrándole; 2º Si es una cuestión «política». Yo la dramatizaré en la próxima edición de los Écuries d’Augias, de esos Écuries del Palacio Borbon donde hay bravas personas y aún más de subveterinarios -¡Oh, Gambetta! – los subveterina-

18 rios cuyos escándalos obligaban, ayer aún, al presidente Deschanel a cubrirse, en plena Exposición, ante el extranjero! Caballeros, en tiempos de Francisco I y de Gargantúa, se quemaban vivos los escritores e impresores: Etienne Dolet, por ejemplo. Los castigos de la Tercera República son mas suaves; pero si una breve estancia en la nueva y agradable prisión de Fresnes y una multa de cincuenta luisies no tienen nada de escandaloso para los novelistas que no tienen dinero y se encierran; si nuestos legisladores expanden la ordinaria amnistía, no es menos cierto que de unas inculpaciones audaces puede nacer el peligro grve de sobrexcitar a los escritores. No tendrían razón; deben conservar toda su serenildad; y, aquí mismo, entre la violencia de las requisitorias y la buena o mala fortuna de vuestros jucidos, encarnais – para el filósofo – a unos personajes sometidos a su observación desinteresasa y altiva, sin haber dejado de ser magistrados. ¿La virtud? ¿La moral? ¿El pudor? ¿Queréis toda la luz? Pues bien, el Sr. Bérenger y yo nos «marchamos» para la misma casa y somos dos charlatanes. Él gruñe, mostrándosos la droga: «¡Probad eso!...» Vos sabeis que la píldora es amarga; haceis muecas de disgusto, y os alejais… Yo, os digo, alegre: «Venid, hijos míos, voy a contaros alegrías y tristezas, y os deslizo, en medio de las risas, la droga y… la sustanciosa médula!» Señor Abogado de la Republica, El autor de los Últimos Escándalos de París observa y dramativa, en su obra, a millares de personajes, oficiales y soldados del ejercito humano; ellos han deshojado el árbol de la Ciencia, el Arbol del Bien y del Mal; representan el Vicio y la Virtud, y podría llamar al conjunto y hacerlo desfilar ante vos, al paso, con sus estandartes! Depués del juicio, bueno o malo, el autor perseguirá su tarea, no ignorando que la satira debe pretender menos recompensas académicas u oficiales que las alabanzas y las bendiciones! El autor no solicita nada del Ministe-

19 rio, pero debería sonrojaros haberos visto obligado a traerlo a este banco, en lugar de sus protagonistas, matronas, chulos, etc. ¡Y si vuestros TRIBUNALES son pequeños, cambiadlos! ¿Que es lo que queréis, Sres. abogados de las Repúblicos y los Reinos – o aquellos que os ordenan – de mis Ultimos Escándalos de Paris? El año pasado, el Jurado de Limburgo (Bélgica) absolvió a madame Don Juan, libro V; y como la Fiscalia del Sena abre una información sobre la Trata de Blancas, esa misma Bélgica, «Reina de los Pornógrafos», a criterio del menor de nuestros sustitutos, incrimina los Últimos Escándalos de Paris, toda la obra, y me traduce ante la Corte de Flandes occidental, en compañía de tres escritores célebres: El Sr. Octave Mirbeau, por el Jardin de los Suplicios, el Sr. Camille Lemonnier, autor de El Hombre enamorado, y el Sr. George Eeckhoud, por EscalVigor. ¡Brujas! ¡cuna y el cementerio de Rodenbach!... Pero si Brujas no estaba muerta – ¡morirá!... ¿Debo huir de los balnearios y casinos belgas y añadir a mi despacho un cajón de contenciosos dirigido por los juriconsultos más expertos del Congo?... (Sea dicho, sin herir a los eminentes defensores de mi obra.) ¡Y yo que soñaba con festajar el aniversario de Su Majestad Leopoldo, en el que se distiguenn ciertos rasgos de nuestro Enrique IV, el Verde-Galante! ¿Caballeros, si absolvéis al novelista en Francia, se le absolverá en Bélgica?... Según François Kerrels, abogado de la Corte de Bruselas, los asuntos de los Últimos Escándalos de Paris (pues hay dos) están fijados para dedicarle cinco días; y, en cinco días, se pueden abrir los oídos, y, según el argot del Crío-Chuchín, no eternizarse Vientre hambriento

20 ¡Aquí y alla, tengo esperaznas. En Francia y en Bélgica, jurados y magistrados no revelan más que la ley y su conciencia, y no hipocresías burguesas y rencores ministeriales!1 Considerad, caballeros, el destino de un escritor libre; es un poco como la nave que lleva en su escudo la Ciudad de París, si el termino no parece exagerado para un observador de trajes negros… marítimos. En 1882, yo publicaba Tête à l’Evers, en la Biblioteca Charpentier. Alexandre Dumas quiso, algunos años más tarde, escribir el prólogo del Faiseur d’Hommes, y me predijo, con ocasión de otra obra, La Crucifiée, en Calmann Lévy, el editor del maestro: «¡Antes de diez años, seréis de la Academia francesa!» 1 Los acontecimientos acaban de justificar mis previsiones. A consecuencia del archivo de la denuncia, producido en París, a la Trata de Blancas; y, mientras corrijo las prueba de este «Discurso» del que he querido conservar su nota primordial, la otra «doble noticia»– la belga – me llega a Royat (Puy-de-Dome) y aumenta la dulzura de las vacaciones: Brujas, 31 de julio de 1900. Querido Serñor, Tengo el placer de comunicarle que mi colega Michel Geraets, de la abogacía de Hasselt, y yo, hemos obtenido del jurado de la Flandes Occidental, que pasa sin embargo por ser el más severo de Belgica, en la materia incriminada, la absolución POR UNANIMIDAD de vuestras obras (ULTIMOS ESCÁNDALOS DE PARIS): La Virgen du trottoir, Le Dernir Gigolo, Le Lanceur de Femmes, Les petits Rastas, La Bonne a tout faire. El 2 de agosto – próximo jueves – defenderemos con el concurso del Sr. Alfre Moulaërt, del Colegio de Abogados de Brujas, los demás fascículos. Desde ahora, es infinitamente kprobable, por no decir seguro, que el Ministerio publico sufrirá una nueva derrota. Quisiera agregar, etc. FRANCOIS KERRELS, Abogado de la Corte de Apelacion de Bruselas Y el 4 de agosto, este telegrama: “Segunda absolución _ POR UNANIMIDAD KERRELS.

21 Todas las glorias de la literatura aceptaban el horóscopo de Dumas – los espíritus más serios y los más ligeros – Jules Simon, que me felicitó con motivo de un estudio; Maxime Gaucher, el eminente profesor, el añorado crítico de La Revue politique et littéraire, donde yo figuro en buen lugar; François Coppée, uno de mis padrinos en la Sociedad de los Hombres de Letras; Edouard Pailleron, Guy de Maupassant; Labiche, del que uno de mis lejanos escenarios, Mesdames les Hommes, conserva la introducción; Paul Bourget, otros académicos ilutres leían y discutían mis libros; Paul Hervieru se encontraba con Francis Magnard y Grosclaude para juzgar muy original una gran escena del Gaga: «El Banquete de la universal Debacle»; Aurélien Scholl glorificaba Bell-Maman; Anatole France se complacía con los decorados burgueses de La Bonne á tout faire; André Theuriet, en casa de nuestro editor común, me hacía el honor de pedirme el «ultimo nacido»; a Jules Claretie y a Philippe Gille les gustaba Angéla Bouchadu, heriona del Limousin; Francisque Sarcey, olvidando nuestras antiguas diferencias, recomendaba L’Abandonné a todos sus lectores; Henri Meilhac me prometía una colaboración dramática; Juean Izoulet, profesor en el Colegio de Francia, me informaba que, para su curso, iba a recomendar mis estudios sociales. Debo remitirme a estos testimonios; y entre los jóvenes escritores, no nombraré más que a uno de los más brillantes, el autor de La Légende de l’Aigle. Este libro – muy diferente de mi estilo – ha aparecido con esta dedicatoria: «A Dubut de Laforest, al escritor, al amigo, su admirador, Georges d’Esparbès.» En la ciencia, he tenido el orgullo de interesar a Pasteur, Charcot, y a los mejores de entre sus alumnos, hoy miembros del Instituto, profesores y agregados de la Facultad de medicina. Vais a escuchar a los vivos, Señorías, y el Sr. Raymond Poincaré os dará lectura de los testimonios de algunos ausentes, retenidos por sus deberes profesiones y cartas de los fallecidos… Perdón, ¡oh queridas sombras! Que vivis en la gloria, lejos de nuestras disputas y de vuestras estatuas, entre los mirtos

22 y los laureles siempre verdes, y las rosas siempre floridas de los Campos Eliseos! En fin, caballeros, se me ha lecho justicia, desde el Gaga, tan maravillosamente defendido por el Sr. Léon Cléry, y reproducido in extenso, en Pathologie Sociale – y heme aquí, no bajo la Cúpula, ni incluso en la Academia de Pézenas, donde me protegería la sombra de Molei+ere, sino ante la novena Cámara! No me irrito; me recojo y digo: «¡Es que en la Fiscalía del Sena no te han leido!» Así pues, evocando toda una carrera de trabajo y de honor, añado, con la frente muy alta: «¡Es que ellos ni te han mirado!» ¡Y me invaden unas formidables ganas de llorar o de reir! Ha llegado la hora de decir «algo a los hombres»: el pueblo se indiga por la avalancha de mentiras y egoísmos; quiere la luz; quierer la verdad; y, tratar de paralizar nuestra obra, supondría aumentar nuestras sabias observaciones con una fuerza vengadora inútil y una desastrosa llamada de rebato! ¿No sentís, caballeros, una conmoción en el ambiente, una especie de descalabro precursor? ¿No estáis a la vez radiantes e inquietos viendo a los académicos de gran talento como François Coppée y Jules Lemâitre, involucrarse en asuntos públicos y enfrentarse con un gran cererbro como Anatole France? ¿No distinguis en sus nuevas obras– y muy al margen de la lamentable «Histroria Dreyfus» – una preocupación por acometer grandes reformas, la necesidad de una humanidan mejor? Sucede hoy, caballeros, lo que ha ocurrido el siglo pasado, en vísperas de la Revolución; ¡y, antes de la tempestad, los filósofos tienen el deber de hablar a los hombres! Y es por lo que, alejándose de los senderos llenos de idilios o de adulterios, he aplicado el hierro candente sobre las llagas sociales, a fin de interrumpir – entre los gobernantes – una criminal letargia! Caballeros, yo no soy un pintor de miniaturas, sino un pintor de frescos; y, tengo el derecho de expresarme en el ámbito de

23 las costumbres, según Alexandre Dumas padre, en la aventura, y con más estima que él por los talladores de los tapones de garrafas: «¡A mí, las minas del Oural! Yo arrojo diamantes – con sus gangas –¡los diamantes de la verdad!» Vereis a partir de ahora en la hisotria de Los Últimos Escándalos, un pintor a la manera de Leandro, el dibujante del Rire, que se inauguró antaño en el Chat Noir, ilustrando uno de mis relatos; de ese Leando cuyas imagnes son extraordinariamente caricaturescas y del mismo modo, extraordinariamente semejantes; de ese Leandro que tiene el talento de la distorsión, en la violación perdonada de las leyes anatómicas! Sí, durante vuestras vacaciones judiciales, encontraréis la posibilidad de escuchar las numerosas armonías de los Últimos Escándalos, distinguiréis allí un leit-motiv contra las lesbianas; y, patriotas, me agradeceréis haber ttratado de frenar – por el ejemplo del castigo – esos amores artificiales que son, junto con las brigadas de ciertos ovariotomistas, una de las causas de la despoblación de Francia. Permitidme recomendaros la lectura de El Doctor Ovariotomista, (libro VII). Aquí, he planteado los proyectos legislativos del Sr. Edme Piot, senador de la Costa de Oro, y la estadística demoledora del honorable senador viene a justificar mi requisitoria: el último crecimiento de nuestra población, comprendido entre 1872 y 1876; alcanzaba 160000 invidivuos; después de esta época, es de 25000, y esa cifra corresponde a la nacionalización de los extranjeros. ¡Así pues, Francia se va – y se va, reducida por el egoísmo de los esposos, manchada por el culto a Lesbos, y hundida por el bisturí! ¿Qué deciros aún de la venta o la masacre d las más hermosa mitad de la especie human, y también de la más frágil? Originario del país de Montaigne y de Brantôme, cirujano de costumbres, doctor en medicina social, podría transformar vuestros asientos y vuestro estrado en mesas de anatomía y tumbar allí a toda la humanidad – una vieja zorra – y analizarosla, y disecarosla, y espantaros como en mis libros!

24 Pero Alphonse Allais, nuestro maestro de la ironía, acaba de incitarme a adoptar la sonrisa, al escuchar el nombre del «Roi Pausole» y de «Andre Tourette», esos magnificos héroes cuyos autores no desconocían al papa de Trimardon, de la Generala y de la buena Álvarez. Ahora bien, caballeros, la Exposición Universal está lista, y los extranjeros afluyen a nuestra ciudad. No veo que se cuiden sus alegrías y sus sorpresas, y afirmo: «Los que practican la Trata de Blancas tienen razón, y yo que me rebelo, pues bien, estoy equivocado!... No hay una palabra de cierto en La Trata de Blancas, ni en Los Últimos Escándalos de París!... Jamás he visto putas haciendo la calle, ni apuestos caballeros utilizando la belleza de sus mujeres o de sus amantes! No hay Tartufos, ni libertinos, ni Tartufos libertinos! Ninguna criada se acuesta con su burgués! Ovide Trimardon, la baronesa de Stenberg, la Sra. Hermosa Álvarez, han podido existir, durante la pasada Exposición; tal vez regresen para la próxima, pero, hoy, no existen! ¿Os créeis en París, en 1900?... ¡Qué error!... Vivimos enPompeya, en el años 79 de la Era cristiana, con la esperanza de que el 23 de noviembre no tengamos una erupción del Vesubio – el diluvio de lava ardiente que engulló la ciudad y cuyos sobrevivientes conocieron «los horribles detalles», gracias al naturalista Plinio el Joven. ¿Es culpa mía si el Sr. Albert Le Page, secretario general y el Sr. Alexis Lauze, secretario de la redacción del Journal, ordenan imprimir, en la calle Richeliu: La Trata de Blancas (Loubeto regnante) cuando yo he escrito: La Trata de Negras, bajo el consulado de Virginio y Regulo, no en la avenida Trudaine, sino en las costas de Sorrente o Stabies, o sobre el rio de Herculano, o en el templo de Isis? ¿Es culpa mía si el Sr. Lucien Tissertan, director de la editorial Fayard, cambia mi título, enviando mis obras al impresor

25 Michels, y os hace leer Los Últimos Escándalos de París, en lugar de los Últimos Escándalos… de Pompeya?... Ovidius Trimardo, Lischenia Stenberga, Puer-Goupinus, Pulcher-Nenessius, Terror Montis-Parnassi y dux Antonia qui de muliereibus adque puellis «traficabunt», urbi et orbi, vos salutant! Super Lutetiae faeminas aedificaverunt «galettam», et adversus eos non proevalebunt portae Inferi! Caballeros, Así como declaraba antes al Sr. Abogado de la República, pertenezco a una familia de las más honorables. Jamás hemos hecho daño al prójimo. Sé mejor que nadie lo duros que son los tiempos; y si, mediante mis revelaciones escandalosas e inciertas de La Trata de Blancas, he podido perjudicar en la cantidad que sea, la industria del Sr. Ovide Trimardon, de la baronesa de Stenberg, de la Sra. Hermosa Álvarez, del Crío-Chuchín, del Guapo-Nénesse, de la Rizos, del Terror de Montparno y de su generalísima Antonia, me compromento a indemnizarles, no con mis derechos de autor que ya he cobrado, y, por desgracia, en parte gastados con algunas de sus bonitas clientes – de aquellas que, según Balzac, nos «hacer perder novelas», sino en consentir a la Sociedad Trimard and C. una delegación y a escribir una nueva obra en el periódico más serio y sobre e tema más austero que dicha Sociedad quiera indicarme. Os reís, caballeros, y cometeríais un grave error cesando vuestras risas, pues yo no soy más que un payaso! Pailleron me llamaba el abogado de las mujeres; Alexandre Dumas y Guy de Maupassant discutían para saber si yo era Suetonio, Juvenal o Propercio; Henry Fouquier ve en mí al pintor Holbein; José-Maria de Heredia juzga y admira varias escenas de la Trata de Blancas… ¡Los honorables fallecidos, se divertían!... ¡Los honorables vivos, se divierten! La verdad, entre nosotros: no soy más que un bufón, un imbécil, iluminado a veces por un rayo de sol o de luna – para

26 despertar la conciencia humana, para exhortaros a tener más piedad hacia los desgraciados, daros una lección seria, para divertiros! He acabado, señores jueces. La opinión de los maestros2 no me había producido el delirio de grandeza, y la requisitoria no me inflige más que la persecución. Mi ilustre defensor Raymond Poincaré sabrá mejor que yo, deslumbrándoos con su elevada elocuencia, ganaros con su indulgente filosofía, contribuir a la libertad de pensar y de escribir; y, ¡después del alegato, vuestro veredicto, Magistrados, y vuestros clamores, Ciudadanos, van a hacer esta jornada inmortal! 2 Los testimonios de los escritores a los que hago alusión, en este «Discurso», han sido publicados en los periódicos, y, especialmente, las cartas de Alexandre Dumas, de Edouard Pailleron y de Guy de Maupassant. Cuando he hablado del gran filósofo Jules Simon, habría debido saludar la memoria de Émile Littré, pues el inmortal autor del DICCIONARIO fue el primero en honrarme con su benevolencia. La carta de Labiche está en una preciosa colección de autógrafos, y discurre por completo, y con qué brío! Acerca de uno de mis proyectos de comedia: Mesdames les Hommes.

27 LIBRO I LA TRATA DE BLANCAS COSTUMBRES CONTEMPORÁNEAS «¡Que tu corazón no se desvíe por los derroteros de esta MUJER y que no te arrastre por sus senderos, pues ella ha herido a varios mortalmente, y ha matado a otros que eran más fuertes!» (LA BIBLIA.– Ardides de la mujer extranjera.)

29 I Esa noche del 20 de diciembre de 1890, el general Lucien Le Corbeiller, cubierto con una bata, con el bigote y la barba rizada, charlaba con su hija, sentada cerca de él, en el fumadero de su suntuoso palacete de la calle Saint-Dominique. Éve, morena y bonita, en la aurora de los diecisiete años, acababa de ponerse un vestido de baile rosa, y respondía, dulce y tímida, a las preguntas paternas. El Sr. Le Corbeiller, tumbado sobre un diván, parecía indispuesto, y uno de sus pies, hinchado y cubierto de vendas, ponía de manifiesto el reumatismo que lo obligaba a hacer efectivo su retiro de general de brigada antes de la edad reglamentaria. Preguntó con una amplia sonrisa: –Así que, hija mía, ¿tienes secretos para tu padre? –¡Oh! ¡no! –¡No sabes mentir!... Conozco tu secreto: tiene veinticinco años… Una barba morena… ¡Es escultor, trabajador y original, que desciende de un gran escritor y se convertirá en un gran artista!... Y se llama… ¡César Brantôme! Graciosa, ella le puso una mano en los labios: –Padre, ¡te lo suplico!... El general reía con más intensidad: –¡Demasiado tarde!... ¡El nombre ha salido!... ¿Se lo has contado a tu madre? Éve se levantó y dijo, trágica: –¡Mamá está muerta!

30 Unas sombras oscurecieron el rostro del general: –Sabes de sobra que hablo de tu segunda madre… de nuestra querida Antonia… La joven bajaba la cabeza y guardaba silencio. Él continuó: –¡Éve, eres injusta con Antonia, y eso me decepciona!...¡ Antonia, mi esposa, es tan buena, tan cariñosa, tan devota! ¡Te quiere tanto! –Sí, me quiere; me lo jura, al menos, – dijo Éve, hablando con ironía – pero su afecto por mí es raro, y, a menudo, ¡me da miedo!... Las caricias que me prodiga me molestan… Las dulces palabras que murmura me parecen contener un misterioso sentido, indescifrable, y sus besos me queman, como si, en lugar de sus labios, aplicase tizones sobre mi rostro. –Niña, ¡nuestra Antonia es exuberante en amistad y en todas lo demás!... ¡Tiene el sol en el alma y en los ojos!... ¿Sabes lo que creía? –No, padre… –Pensé que aprobarías lo que he hecho por ella, lo que le he reconocido mediante contrato, para después de mi muerte – y sabiéndote bastante rica con la herencia de tu madre – ella pudiera disponer de aquello que la ley me permite dejarle. Ella rodeó el cuello del general con sus bellos brazos: –¡Ah! padre, ¡qué mal me conoces! Te he apenado… ¡Perdóname!. Intentaré querer a tu esposa… por el amor que te tengo a ti… ¡Hasta ahora no he podido!... ¡Deberías comprenderme! Yo ya era mayor, cuando mamá murió… Yo la quería… La adoraba… Ella estaba allí, siempre presente en mi corazón y en mis ojos… y, muy a mi pesar, no podía acostumbrarme a ver… aquí… ¡a otra en su lugar! El general interrumpió a su hija: –¡Silencio, Éve… Aquí llega! La Sra. Antonia Le Corbeiller avanzaba, alta y erguida, majestuosa, en todo el esplendor de sus treinta años – en el cenit de las bellas; – y esa mujer recordaba a la leona y a la pantera – a la leona por su cabeza altiva y espesa cabellera salvaje, sedosa,

31 y, aquí y allá, sus prodigiosos rizos rojos y dorados; – a la pantera, por la ligereza felina de su cuerpo; dos ojos enormes de un verde alga marina, brillaban encima de su nariz de aletas rosas y anaranjadas; un ligero bello pelirrojo, puntillado de oro, como sus cabellos, sombreaba unos labios húmedos, vivaces, de una carne nueva, casi sangrienta. Todo en ella exhalaba amor, y las cejas que se fruncían a la menor alerta, sus dientes puntiagudos, las luces de sangre de las pupilas, revelaban, además de la imperial Mesalina de las lujurias, una mendiga muy moderna. Vestida de satén gris, bajo un manto doble de marta cibelina, guantes altos de Suecia, y tocada con un gorro estilo Velázquez con una larga pluma color de fuego, besó al general: –¿Estás mejor, verdad?... ¿Te ha dejado tranquilo ese maldito reumatismo? –Estoy muy bien… ¿Has dado un buen paseo? Antonia se exaltaba: –¡Oh! ¡Soberbio! ¡Cuatro vueltas al lago en automóvil!... ¡Un trajín infernal!... –¿Creía que habías tomado el landau? –Sí, pero me encontré con mi amigo el marqués Valentin de Beaugency, saliendo de su palacete de los Campos Elíseos, en su máquina eléctrica, primera en su género, y, ¡a fe mía, que he dejado el landau para tomar lugar a su lado!... ¿No estás celoso, verdad? –¡Ni de él, ni de nadie! Confío en ti… –¡Enhorabuena! La generala se volvió hacia Éve: –¿Y bien, es que no me vas a besar, querida? La Srta. Le Corbeiller tendió la frente a su madrastra. Vivamente, Antonia le tomó la cabeza y le estampó dos cálidos besos que le sellaron los virginales labios. Luego, sin preocuparse de la confusión de la joven, le tomó las dos manos y la contempló, zalamera: –¡Qué bella estás, ángel mío! ¿No será por casualidad que te has puesto ese exquisito vestido para honrarnos a tu padre y a mí?

32 –¿Olvidáis, señora, que la duquesa de Chandor debe venir a recogerme para ir con su hija Suzanne, a la Opera Cómica? –¡Es cierto!... ¡Diviértete mucho!... En cuanto a mí, no cambiaría mi velada por la tuya; la pasaré entera, en una dulce conversación al lado del fuego con tu padre… Y mirando el reloj de péndulo: –¡Dios santo! ¡Las seis y media! Apenas tengo tiempo de vestirme… Éve, querida, ven conmigo; ¿tendrías tan amabilidad de ayudarme? La Srta. Le Corbeiller permaneció inerte, y una oleada de sangre vino a enrojecer las mejillas de la virgen. ¡Oh! no, ella no quería ir a la habitación de su madrastra y sobre todo de quedar a solas con ella. La casta morena recordaba lo que ocurrió, una noche que ella había seguido a la madrastra: Antonia, saliendo del baño, completamente desnuda, con sus cabellos salvajes desplegados sobre sus hombros, sus ojos brillantes de verdes luces, y su voz pérfida, tentadora, embrujadora, se atrevió a decir: «¡Éve, querida, mírame! Mírame por todas partes y dime si soy bella…» Éve huyó de allí, fuera de sí, sin intentar comprender el enigma, y, después de esa noche, no se aventuró jamás en la peligrosa habitación. A una nueva solicitud, ella respondió, helada: –Disculpadme, señora… Me quedo con mi padre… Isis, vuestra egipcia, está en la salita… Puedo avisarla si lo deseáis. –¡Olvídalo! Ahora, en un inmenso y lujurioso vestidor, Antonia se entregaba a los cuidados de la egipcia Isis, una de sus doncellas. Grande y musculosa como un hombre, con grandes ojos redondos y negros, un cabello moreno abundante, los labios carnosos, la tez amarilla y bronceada, Isis llevaba un traje de egipcia, un poco teatral, y cuyas telas brillantes acentuaban todavía más la extraña virilidad de su persona. Esas dos mujeres, de la misma edad, se conocían desde su infancia; y mientras la sirviente bañaba y enjabonaba el maravi-

33 lloso cuerpo de su ama, de donde se exhalaba un olor natural de menta y verbena, mientras provista de todo un arsenal de esponjas, toallas, limas, tijeras, cortaba las uñas rosas de los pies y de las manos, lustraba la larga y salvaje cabellera, descendía y remontaba alrededor de los huecos y los salientes, de los rosados y las blancuras, de las sombras doradas, de todos los tesoros de amor, la generala evocaba rápidamente su historia con la idea de añadir, esa misma noche, un capítulo más. Descendiente de un turco, domador de fieras y de una amazona española, Antonia Chérif – hoy la Sra. Le Corbeiller – había nacido en Hamburgo, la ciudad cosmopolita por excelencia, la villa de los músicos más innobles de Europa, inmenso mercado de bestias feroces y muchachas de vida alegre, la villa maldita de los animales, la villa bendita de la prostitución. A los catorce años, la Srta. Chérif se evadió de la rulot, no es que careciese de habilidad, ni de ardor para los ejercicios de las jaulas, pues desde muy pequeña figuraba en el espectáculo de su padre, sino porque el medio le parecía grosero, y, cuando menos, sin elegancia. Siguió por Egipto a Muhieddin-Pacha, uno de los amantes de su madre, y se llevó con ella a Isis, una pequeña sirvienta, muy feliz de volver a ver su país natal. El Pachá le había hecho dar una instrucción de las más brillantes, y, para agradecérselo, en Alejandría, en el harén, la hija del domador estranguló al amante; luego, jugando a ser la sultana desconsolada, permitió, gracias a Isis, incriminar y hacer que ahorcasen a una de las otras mujeres. Rica por los regalos del Muhieddin, por los robos y los adulterios, se convirtió al catolicismo, convirtiéndose en la esposa legítima del Sr. Émile Glandoz, cónsul general de Francia, que le reconoció una bella dote sobre su haber, y ella se liberó, una vez más, del segundo marido, y, esta vez, gracias al veneno. Se vio comprometida judicialmente, y, al no poder negar su crimen, lo confesó al propio hermano del esposo, Monseñor Charles-Alix Glandoz, entonces misionero, hoy arzobispo de Bour-

34 ges, a quién ella había confesado razones pasionales. El religioso le evitó la cárcel y la soga. Pasó su duelo viajando a tierras lejanas, siempre escoltada por Isis. La aventurera se detenía algunas veces en París, deslumbrando a todos por su juventud y belleza. En un baile de la Presidencia, el general Lucien Le Corbeiller, viudo de la encantadora y digna madre de Éve, cayo enamorado de la Sra. Glandoz, nacida Chérif, y le dio su apellido… ¿Iba a morir Lucien trágicamente, como los otros dos? A menudo, Antonia echaba de menos las jaulas de los animales feroces; y, para distraerse, para gran horror de la Srta. Le Corbeiller, educaba y domaba a un joven tigre. Una vez vestida, preguntó: –Isis, ¿Has dado de comer a Sultán? –Sí, ama… Según vuestro deseo, le he dado un perro vivo… El tigre lo ha devorado, no queda ni un hueso del chucho… –¡Bien!... Esta noche, prepárate para recibir mis órdenes… Y Antonia bajó al fumador, envuelta en un péplum de cachemira blanco, con sus salvajes cabellos empolvados de oro. Esperando la cena, se pasó al salón, y a ruego de general, la Sra. Le Corbeiller tomó su harpa y cantó: soberbia detrás del instrumento, con los dedos agiles y artísticos, a lo largo de la cuerdas, ejecutaba una melodía que ensalzaba a Galaor, donde destacaba su voz de contralto, bajando casi hasta un registro masculino, voluptuoso, evocando los amores del paladín bien amado para estallar en sonoridades de cobre en la gloria de las batallas. Desde hacía algunos minutos, Hermann, uno de los criados, grueso y rubio mozo, había entrado y permanecía allí, no atreviéndose a interrumpir a su ama. Tras los entusiastas elogios del Sr. Le Corbeiller y el bravo más discreto de la Srta. Éve, Hermann anunció: –¡La Sra. generala está servida! Pasaron al comedor, y, durante toda la comida, el viejo tuvo para su Antonia ojos de un enamorado veinteañero.

35 Cuando Éve salió, en compañía de la duquesa Berthe de Chandor, el Sr. y la Sra. Le Corbeiller subieron a la habitación del general y se instalaron al lado de la chimenea donde, en esa velada invernal, ardía un buen fuego de leña. Muy amable, muy dulce, Antonia leyó un periódico de la tarde a su marido; se tomó una taza de té, y hacia las diez, Lucien, según su costumbre, se quedó dormido en un sofá. Entonces, la mujer se levantó, y de pie ante el general, lo envolvió con una mirada de odio. ¡Para ella, ese hombre representaba el obstáculo! El obstáculo, porque, una vez muerto, ella se volvería rica, gracias a la liberalidad de Lucien, que, al casarse con ella, sin fortuna, tras el despilfarro del dinero de sus difuntos maridos, él le había reconocido todo lo que la ley le permitía disponer, y de ese modo no tendría que soportar la humillación de pedir sumas a sus amantes, y que sin embargo él nunca le rechazaba. El obstáculo, porque, viuda, ¡ella sería libre! ¿Pero, libre? ¿Acaso no lo era ya, y más que todas las mujeres de su alrededor? Ella iba, venía, corría noche y día, y el marido, en su inocencia de hombre decente y su respeto conyugal, hubiese enrojecido por interpretar mal las largas y extrañas ausencias de su ídolo. Muchos vividores y noctámbulos conocían las escapadas de Antonia, y circulaban historias sobre aquella a la que llamaban Sra. Barba-Azul: un individuo que, se dice, fue amado por ella, había revelado la existencia de una pequeña casa en un barrio aislado de Paris, donde ella recibía, en noches de orgía, a sus amantes y queridas, toda la lira de las lujurias; pero el pasado de la hija del domador era desconocido por todo el mundo, aparte de Monseñor Glandoz, por la segunda parte, y por la egipcia, en su totalidad. Por otra parte, los rumores se detenían en el umbral del palacete de la calle Saint-Dominique donde el general Lucien Le Corbeiller, enfermo, permanecía confinado la mayoría del tiempo, y las lenguas se callaban ante Éve.

36 Esta tácita complicidad de los amigos enardecía aún más a la aventurera; y, semejante a Théodora abandonando por la noche su imperial palacio para ir a entregarse a los bestiales amores de los histriones y los gladiadores, la Sra. Le Corbeiller, encendida por sus monstruosos deseos, recorría París, desde los almacenes, los saloncitos y los ricos salones hasta los tugurios, desde los discretos apartamentos de los proxenetas hasta las casas de tolerancia y antros de maricas y lesbianas. No era una mujer que tuviese vicios: ¡ella era el Vicio! No era una pecadora: ¡era el Pecado!”… ¡Era el Sacrilegio! El orgullo, la envidia, la gula, la cólera, la pereza, incluso la avaricia, por ciertos lados, y la lujuria, todas las lujurias, las encarnaba en carne y en sangre; incubo y súcubo, feminizándose o virilizándose, según sus caprichos, el monstruo remaba hacia la isla de Lesbos, no desdeñando aterrizar en Sodoma y Gomorra. Sin embargo, había una claridad en ese fango: Antonia era brava, incluso temeraria, y soñaba con vestirse algún día de primera espada, e ir a afrontar, con el capote en la mano, los furores de un toro en alguna plaza española, o mejor aún de encerrarse en una jaula, dar compañeros a Sultán, y poder domar tigres y leones, para someterlos y finalmente inmolarlos. Con su fogoso temperamento, habría podido ser Charlotte Corday o Judith, hacer historia, pero permanecía siendo Antonia, una criatura sin vergüenza y sin remordimientos, instintivamente sanguinaria, y capaz, al albur de sus pasiones e intereses, de todas las perfidias y todos los crímenes. El general se despertaba; de inmediato Antonia mostró una sonrisa: –Son más de la diez, Lucien… Hay que meterse en la cama, amigo mío… Lo ayudó a desvestirse, rodeándole de filiales ternuras; y, una vez el marido se acostó, ella le presentaba su frente para que él depositase allí el habitual beso nocturno. Pero, el general la atraía en sus brazos:

37 –¿Por qué te vas tan rápido, Antonia? … ¿Por qué, querida, no te quedas a mi lado, como los primeros días de nuestro matrimonio? –¿Y los médicos?... ¿Y tu reumatismo? ¿Y las prescripciones? – sonrió la bella de cabellos salvajes. –¡Al diablo los médicos, los reumatismos y las prescripciones! Él quería amor; ella lo rechazó dulcemente, no por temor a alterar la salud del viejo, sino porque tenía prisa: –No, amigo mío… ¡Debes ser prudente! ¡Vamos, buenas noches!...Y, sin rencor, ¿de acuerdo?... ¡Es por tu bien!... Antes de retirarse a sus aposentos en el primer piso, contiguos a los del general, la Sra. Le Corbeiller se aseguró de que los criados estaban acostados, y penetró en una salita anexa a su cuarto. Muy apropiada al fantástico carácter de Antonia, esa salita, decorada en cuero de Cordoue y amueblada al estilo morisco, con panoplias, mármoles, terracotas, bronces, y un cuadro visible: «Judith con la cabeza de Holoferno en la mano», y otra obra oculta: «Las lecciones de Safo a Lesbos»; luego, una biblioteca exhibiendo libros religiosos y encerrando en sus cajones secretos la colección ilustrada llamada de los Fermiers Generaux, las obras del Divino Marqués y unos horrores más modernos. Sentada sobre una butaca, con la frente entre sus manos, la aventurera pensaba: –¿Por qué esperar más, puesto que mi resolución es irrevocable?... ¿Por qué no esta noche?... Pronto, Éve va a regresar… ¡Hay que acabar! Dieron las once en el reloj de la salita; la Sra. Le Corbeiller se levantó murmurando: –¡Sí, hay que acabar! ¡Quiero ser libre! Tomó una lámpara con tulipa, que estaba encendida sobre una mesa, y salió. El silencio reinaba en el palacete, y fuera, en la calle Saint-Dominique, bajo un cielo mortecino, se producía la ordinaria calma de las noches invernales.

38 Para regresar a la habitación de Lucien, Antonia debió atravesar el salón donde el retrato de Le Corbeiller, en su gran uniforme de general de brigada, parecía querer cortarle el paso. Lanzó una mirada de desafío al retrato, como a una imagen viva, y, reteniendo su aliento, alargando sus pasos ya amortiguados por las mullidas alfombras, la Sra. Le Corbeiller penetró en la habitación del enfermo. Allí, agudizó el oído, escuchó un momento; nada se movía en la casa. Tras haber dejado la lámpara sobre la chimenea, se acercó a la cama donde dormía el viejo… ¡Oh! ¡Ningún peligro! ¡Ninguna alarma!... La mujer tenía una explicación preparada por si, bruscamente despertado, el general se sorprendía por la visita nocturna y amistosa. ¿No acababa de suplicarle que permaneciese a su lado?... Pues bien, ella lamentaría haber sido tan desagradable, y haberse sustraído a su deber conyugal, de modo que acudía a él dócil y enamorada. Antonia no tuvo necesidad de recurrir a ese subterfugio. Lucien dormía profundamente, con los brazos fuera de la cama, su camisa abierta sobre el pecho, la cabeza hundida en una almohada de encajes. La Sra. Barba-Azul contemplaba al dormido y observaba, sobre los labios del hombre, una plácida sonrisa que ella siempre veía cuando lo escuchaba pronunciar su nombre: Antonia. Esta evocación sentimental, muy involuntaria, no la afectó en absoluto; tuvo un gesto de bravura y entró en el cuarto de baño de su marido, de donde volvió de inmediato, con una navaja abierta en la mano, cuya lama brillaba bajo la luz de la lámpara; todo en ella vibraba, sus rojas y espesas cejas casi se juntaban y su cabello parecía aureolado de oro y llamas. El general estaba inmovilizado en el profundo sueño «hijo de la muerte», que la naturaleza concede a los dos extremos de la creación: los niños y los ancianos, como para acercarlos mejor a la nada de donde salen y a la que regresan.

39 Antonia, con la navaja en la mano, hizo un movimiento rápido; él tuvo un estertor siniestro de músculos y carnes; un suspiro se exhaló del pecho de Lucien; y la sangre brotó desde su garganta abierta hasta el rostro de la asesina. La obra de la Sra. Barba-Azul no había terminado; ahora tenía que hacer creer en un suicido, y la criminal se puso a la tarea. Con una sangre fría más extraordinaria que su ferocidad, abrió la mano derecha crispada del muerto y le colocó la navaja. De pronto, una mano la agarró por los cabellos y la arrojó violentamente hacia atrás, lejos de la cama. Horrorizada y desesperada, Éve gritaba: –¡Miserable! ¡ah! ¡miserable! –¿Tú?... ¿Tú?... – balbuceaba la generala, herida de espanto. –Sí, ¡yo!... ¡traída por un presentimiento! Y la Srta. Le Corbeiller, acercándose a la puerta, gritó desesperadamente: –¡Auxilio! ¡auxilio!... ¡Al asesino!... Pero el peligro había devuelto toda su presencia de ánimo a la asesina, que, en lágrimas, abrazaba a la joven: –¡Pobrecita! ¡Pobrecita niña! ¿No ves que tu padre se ha dado muerte voluntariamente?... Yo escuché sus lamentos desde mi habitación, y acabo de llegar… ¡demasiado tarde!... por desgracia… ¡demasiado tarde! Éve murmuró: –¡Es cierto!... ¡Pobre padre!... Cuando sufría de sus heridas,… más dolorosas que los reumatismos… se ocultaba de vos.. y decía ante mí que pondría fin a sus días... ¡Pero yo no le creía! ¡No podía creerle! Antonia gemía, con el rostro embadurnado de sangre y de lágrimas –Acusarme a mí… acusarme a mí que lo adoraba… ¡Oh! ¡es una locura!... ¡Es un crimen, Éve! La joven levantó los ojos hacia la Sra. Le Corbeiller y pronunció, arrepentida:

40 –¿Os pido perdón, madre mía? Por primera vez, ella llamaba así a la esposa del general – ¡y en qué momento! Despertados todos los criados por la llamada de Éve, se precipitaban en la habitación del muerto. Ni uno de ellos se asombró del suicidio; y el doctor Jean Herbier, un viejo amigo de la familia, llamado a la calle Saint-Dominique, no puso en duda que el Sr. Le Corbeiller se hubiese matado, pues era opinión unánime que el general había expresado a menudo la intención de acabar con su vida. Éve y su madrastra, de rodillas ante el lecho fúnebre, parecían postradas por un inmenso dolor – Antonia sobre todo, cuyos ojos desorbitados asustaron al médico. El Sr. Herbier exhortó a la viuda a tomar un poco de reposo, y como esta se resistía, se la obligó a regresar a sus habitaciones. El doctor, después de los trámites legales, disimuló las heridas del general Lucien bajo unas vendas, y Éve permaneció sola, con dos sirvientes, velando el cadáver a las luz de las cirios. Al llegar a su habitación, Antonia recompuso su figura y emitió una carcajada de animal feroz, una risa monstruosa, una risa que evocaba los gritos de las hienas durante la noche, alrededor de la carroña. –¡Libre!... ¡soy libre! – exclamó, triunfante. Entonces, en el éxtasis de su victoria, perdió la noción de los seres y las cosas. Esa casa donde acababa de entrar la muerte gracias a ella, le pareció horrible; esas lágrimas, ese duelo, no estaban hechos para la alegre Barba-Azul… ¿Por qué no hacer uso de su primera noche de auténtica libertad? ¿Acaso experimentaba ella la tristeza y consternación de los demás?... ¡No!... Vibraba de alegría y se enardecía de deseo… Y bien, puesto que nadie sabría nada, ¿por qué no ir a buscar al Sr. Ovide Trimardon, uno de sus amantes que, precisamente, la esperaba en el Moulin-Rouge?

41 Exaltada por esa idea, y sin reflexionar por más tiempo, se dirigió al cuarto de baño. Mientras lavaba su rostro, el agua del lavabo se tiñó de rojo, y la Sra. Barba-Azul todavía emitió una risa sarcástica. –¡Ah! sí, ¡la sangre!... ¡su sangre!... Y pensó en lady Macbeth declarando en sus remordimientos, que el agua de todo el océano jamás limpiaría la mancha de sangre de Banco, que teñía su diestra. ¡Mentiras del talento, pero nada más que mentiras! Para ella, a diferencia de la heroína de Shakespeare, alagunas gotas vertidas de un pequeño frasco, habrían dado cuenta de inmediato de la sangre de su esposo. Una vez finalizadas sus abluciones, se puso un vestido de baile, un vestido violeta de preciosos encajes; luego puso en sus orejas y en sus brazos los tesoros de sus joyeros; tomó un sombrero Lamballe, se envolvió en un abrigo de zorro azul, y, antes de salir, abrió una salida secreta que daba a la alcoba y llamó: –¡Isis! La egipcia que vigilaba, y a la que la Sra. Barba-Azul trataba como una esclava, no pareció en absoluto alterada – a pesar de la siniestra aventura – al ver a su ama en traje de baile. –¿Nada nuevo… por ahí abajo… en la habitación? – preguntó la generala. –No, ama. –Ve a buscarme un coche… Esperará en el lugar de siempre… Luego, irás a decir a la Srta. Éve que estoy indispuesta, pero que eso no me impedirá reunirme con ella antes del amanecer. –Sí, ama. Isis desapareció y regresó para anunciar que el coche estaba estacionado en el lugar indicado. Antonia pasó el cerrojo de la puerta que daba al interior del palacete y bajó, escoltada de la criada, por la escalera de servicio. Salió, en un hábil va y viene de la egipcia, sin ser vista por el portero, y al subir al coche ordenó:

42 –¡Cochero, al Moulin-Rouge!

43 II Ovide Trimardon, el hombre con el que la generala tenía una cita en el establecimiento de la plaza Blanche, todavía se encontraba en su apartamento de soltero en la calle Londres; y, de pie, en frac negro, bajo una pelliza, el sombrero de copa nuevo y brillante, un poco ladeado sobre la oreja, el chaleco con una enorme cadena de oro con gruesos diamantes en los ojales de la camisa, unas sortijas en los dedos, robusto y ventrudo, el rostro amplio y colorado, los parpados arrugados, la nariz gruesa, la mirada inquisidora, el bigote negro y rizado, los dientes brillantes, mechas de cabellos pegadas a las sienes y alargadas como oscuras patas de conejo – ese hombre amenazaba con su bastón a una joven que lloraba, con la frente entre sus manos. –¡Como te digo, serás muy feliz con esas damas del Papagayo! –¡Oh, no! ¡No quiero ir…!Prefiero seguir de camarera en el Duval! –Ser camarera del Duval no es una buena vida, pero, dama de lupanar-cervecería, ¡es estupendo!... ¡Además, me he comprometido!... Todos los papeles están en regla, en la Prefectura, en el negociado de Costumbres y en el local del tío Sumatra!... ¡Vamos! Y, a pesar de sus llantos, Claire Massonneau, rubita de diecisiete años, a la que Ovide Trimardon acababa de reclutar en el restaurante Duval, se vio obligada a subir a un coche y seguir a su amo que la dejó en el Papagayo Gris, una casa de putas del bulevar Rochechouart, antes de dirigirse al Moulin-Rouge.

44 Solo, en el coche, Ovide encendió un cigarro. ¿Cómo era posible que ese individuo, más bien feo y vulgar, había inspirado una pasión e incluso deseo en la generala? Muchas mujeres tienen esos misterios ante los cuales todas las religiones y sistemas filosóficos son como monarquías muertas, y la mejor razón era la de la Sra. Barba-Azul: « ¡Le gustaban… las narices gruesas! » El hombre de gruesa nariz practicaba la Trata de Blancas: buscaba jóvenes en los tugurios, en la calle, en los talleres, hasta en sus familias y en el campo; y jamás campesino alguno en una feria examinaba el caballo que deseaba adquirir con tanta ciencia y conciencia como lo hacía Ovide con sus neófitas. En su apartamento de la calle de Londres, llevaba al día su contabilidad: inscribía los apellidos, nombres y domicilio de las reclutadas, la edad, la altura, el estado de salud, la forma del rostro, el color del pelo y de los ojos; y a esas indicaciones físicas y ese informe médico, añadía íntimos peritajes. Cuando tenía tiempo, es decir cuando la oferta superaba la demanda, él se daba el título de «consejero de revisión»; y, solo, emulando al médico principal y a los cinco jueces (prefecto, consejero de prefectura, general, consejero general, consejero municipal), veía pavonearse a sus reclutas ante él, escrutaba los dientes, verificaba el frescor del aliento, toqueteaba los tesoros, y todo eso en una actitud seria y legal, y sin que su carne de hombre experimentase el menor estremecimiento al contacto de todas esas voluptuosidades. Para Trimardon, la mujer era un objeto, un bibelot, una mercancía natural y viva. A sus numerosas y sucesivas amantes, las iniciaba en las complejas tareas del amor, y menos por placer que por deber; las emperifollaba antes de exhibirlas en el Bois, en los circos, los teatros, los conciertos y los restaurantes, e indicarles «el caballero o la dama en cuestión », pues el innoble Trimardon también hacía servicios en honor a Lesbos. No considerándose bastante distinguido y apuesto en el rol de un chulo en frac, y no queriendo enarbolar el sombrero de tres picos, se hizo negociante, especialista en mujeres, como

45 otros lo son en vinos, en alimentación o en telas; actualmente, debía restringir su comercio a las rápidas indicaciones que le valían algunos luises o a los suministros más o menos ventajosos entre los proxenetas, tales como la baronesa Lischen de Stenberg, o colocar a las chicas en grandes casas públicas o incluso en los bajos tugurios del bulevar Rochechouart; siempre sabía discernir, y si Claire Massoneau, camarera en el restaurante Duval, iba a instalarse en el Papagayo Gris, era porque el maestro lo estimaba en función del justo valor de la chica. Trimardon solamente reclamaba de sus «alumnas» una mensualidad proporcional a sus ganancias; pero esperaba extender el negocio y ver calentar y hervir marmitas de oro en París, en Londres, en Berlín, en Viena, en Roma, en Madrid, en San Petersburgo, en toda Europa, ¡sobre toda la tierra! Experto en la Trata de Blancas, operaba con tanta astucia y brío que había sabido crearse unas relaciones honorables, ser miembro de varios clubs, de varios círculos, y a veces se le veía en fiestas, en compañía de personas que pertenecían a la mejor sociedad. Ovide Trimardon y la baronesa Lischen de Stenberg adiestraban a las muchachas e incluso a las niñas, y en torno a ellos hormigueaba toda una muchedumbre de mercenarios3. *** 3 Nosotros los hacemos actuar en el transcurso de este relato; desvelamos sus mentiras, entre las risas y las lágrimas; y, para nuestra nueva obra, que es el corolario de los ULTIMOS ESCÁNDALOS DE PARIS y dirigiéndonos hacia la novela social, reivindicamos el honor de haber precedido, una vez más – y especialmente en el Abandonado – a los moralistas y a los legisladores. En efecto, por una de esas maravillosas casualidades, para goce y orgullo de los escritores, rem

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