La convivencia religiosa en el siglo XI

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Published on March 5, 2014

Author: cursoantoniolopez

Source: slideshare.net

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Comentario sobre la convivencia religiosa en el siglo XI, publicado en el blog topitocava.wordpress.com

LA DIFÍCIL CONVIVENCIA RELIGIOSA EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XI. Durante mucho tiempo, se afirmó, supongo que interesadamente, que la convivencia religiosa durante los siglos medievales en España fue estupenda, y que durante los siglos de la Reconquista se fueron generando entre las distintas religiones unas magníficas relaciones sociales, un intercambio intercultural, y no sé cuantas cosas más llenas de colorido y buen rollo. El centro de aquel paradigma y modelo de convivencia plural lo formaba la llamada Escuela de Traductores de Toledo, donde se supone que musulmanes, cristianos y judíos, con unos valores civilizadísimos convivían intercambiando libros de Aristóteles, Platón y Avicena a la par que comían juntos unos boquerones en vinagre y bebían hidromiel (la bebida de la época). Nada más lejos de la realidad. La tal escuela no existió nunca, los matrimonios nunca fueron mixtos, y eran raros los sujetos de distintas religiones que comían y bebían con gente de otra religión, excepto que estuvieran dispuestos a pecar con los alimentos impuros del supuesto amigo. El intercambio cultural tuvo que ver más con las compras y ventas de los mercados, y con determinadas élites cultivadas, que con más curiosidad que violencia, se acercaron al “extraño” para saber de sus lecturas y textos. En la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT hago un recorrido de la segunda mitad del siglo XI, y muestro, creo que con claridad e interés, la realidad de lo que sucedía en la época en aldeas y ciudades tan emblemáticas como Toledo, León, Valladolid (fundada en 1095), Burgos, Compostela o Granada. En estas páginas podemos apreciar que la convivencia consistía más en soportarse, agredirse y ningunearse, que en hermanarse y cazar juntos. Nos encantaría bajo el buenismo sociológico del zapaterismo haber sido la cuna de la Alianza de Civilizaciones que proclamaba, pero la verdad es que tal modelo utópico nunca existió como tal, y es bastante difícil, dada la naturaleza humana, que la convivencia multicultural sea posible. Me explico: con el que es distinto, estamos dispuestos a comer su comida (nosotros los cristianos que comemos de todo), y nos compramos una kebab de vez en cuando, pero no nos gustan las instituciones musulmanas, ni sus relaciones con las mujeres, ni muchas otras costumbres suyas. Y a ellos tampoco les hacemos demasiada gracia, la verdad. En el fondo estamos igual que ayer, donde el multiculturalismo era tan complicado de vivir como hoy, que seguimos siendo etnocéntricos y provincianos hasta la estupidez. En el siglo XI las comunidades religiosas no se relacionaban entre sí más que de manera circunstancial. Los judíos vivían aislados en sus aljamas (barrios), dentro de las mismas ciudades. Ese aislamiento no era igual que lo que vimos en el ghetto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial (encierro y exterminio obligatorio), pero sí se parece a algunos barrios actuales de ciudades como Londres, París o Nueva York. Deambular por sus calles es cambiar de mundo, es aterrizar en un planeta distinto, y en verdad lo es. El multiculturalismo se agrupa en barrios y se aísla para protegerse. Igual que ayer: barrios y ghetos. Las aljamas de antaño contaban con puertas para entrar, empalizadas (como todas las ciudades y pueblos medievales) y recintos cerrados dentro de las mismas ciudades. En una ciudad como Toledo deambular por ella no era fácil. Desde la puerta de entrada a la capital de la taifa - actual puerta de la Bisagra (Bab Sagra – hasta llegar al barrio judío se podían atravesar y cruzar varios de estos portones. Por eso tenían su entrada y salida de la muralla principal quinientos metros hacia el Tajo. Las puertas de

la ciudad, las interiores y las exteriores, se cerraban por la noche para evitar asaltos de los vecinos de otros barrios. Sabemos con certeza que en Toledo y en el siglo XI la convivencia entre cristianos mozárabes y musulmanes estuvo plagada de incidentes y levantamientos. Estos cristianos residuales y resistentes que no se habían convertido al Islam y mantenían la fe desde la época visigótica eran todavía numerosos en Toledo. Teóricamente tenían sus iglesias y debían ser respetados, pero en la práctica muchos de sus templos fueron convertidos en mezquitas en el mismo siglo de la conquista de la ciudad por Alfonso VI (1085). No eran extraños los saqueos de casas mozárabes, con agresiones cometidas por turbas crecidas por su mayor número y fuerza que creaban matanzas y levantamientos cada poco tiempo. Supongo que algo parecido sucede hoy en Siria o en otros lugares del Islam donde las minorías cristiano-orientales son perseguidas “de facto”, esclavizadas o simplemente desterradas o expulsadas, cuando no asesinadas. Llevan allí mil quinientos años, pero da igual. Las minorías no tienen demasiados derechos cuando las masas arremeten. También hay que decir que esas mezquitas volvieron a ser iglesias cristianas con la conquista del rey. La mayoría manda la cultura en antropología. También se acordó en la rendición que la Gran Mezquita siguiera siendo musulmana, pero en cuanto se largó el rey de la ciudad de Toledo, la reina presionó para que el obispo la sacralizara y la convirtiera en Catedral. Viva la convivencia. Los mozárabes que se sintieron violentados por los musulmanes más fanatizados de la ciudad en tiempos de al-Qadí, esperaron la llegada de sus hermanos de fe cristiana como agua de mayo. Ciertamente habían visto durante décadas como los vecinos musulmanes del barrio de la Antequeruela habían atacado y quemado sus casas y viviendas. De hecho, el propio Al-Mamún, gobernante musulmán de la taifa toledana se las vio y se las deseó para mantener el orden entre sus muros. La caída de la ciudad en el año 1085 se debió a la petición que hizo al rey Alfonso VI para que le ayudara a sofocar las revueltas, pues se veía incapaz de mantener el orden público. Detrás de esas revueltas seguro que hubo intereses nefandos y codiciosos, de otras taifas y con las luchas intestinas tan nuestras por el poder, pero que duda cabe que el ambiente no era idílico para vivir. Cuando llegaron los castellanos (muchos) y leoneses (pocos), los mozárabes fueron ninguneados y sometidos litúrgicamente a los rituales latinos que imponía el Rey siguiendo las costumbres más modernas de la época. Se permitió, por ser casi toda la población de Toledo mozárabe, que continuaran con sus rituales e iglesias. Eso sí, tuvieron que soportar que el rey nombrara a un obispo latino y no mozárabe, y quitara al obispo mozárabe, cuyo nombre era, si mal no recuerdo Pascual. Si así trataban a los propios de religión, que no harían con las demás religiones. Estopa y guante de seda cuando conviniera. En cuestiones de convivencia las minorías siempre han tenido las de perder: mozárabes primero, judíos después, mudéjares... Todos han ido desfilando por nuestro suelo patrio entre pedradas del pueblo (un término idolatrado por los jacobinos y los marxistas) y el destierro más cruel. ¿Podemos justificar lo que sucedía? No del todo pero es verdad que la realidad multicultural de una ciudad como Toledo, en tiempos de al-Qadí, el último dirigente musulmán antes de Alfonso VI, era una bomba de relojería. Coexistían cuatro etnias principales distintas con variantes dialectales cada una: mozárabes (cristianos de costumbres arabizadas y lengua propia), musulmanes (de procedencias distintas según se extiende el islam), judíos (que hablaban árabe), y cristianos de otros reinos del norte (que hablaban castellano, leonés, aragonés, catalán o gallego a saber). Cada una de estas culturas empleaba además una lengua escrita según

la ocasión, y así escribían y leían en latín (los cristianos del norte y litúrgicamente para los mozárabes), árabe coránico o culto (para la lectura del Corán), y hebreo (para la lectura de la Torá y los Midrás judíos). Comían y arreglaban sus alimentos de manera diferente, tenían costumbres matrimoniales distintas, y celebraban rituales extraños para los demás. Decir que fueron un modelo de convivencia es una broma de mal gusto para los que vivieron entonces. Me imagino si pudiera hablar con Cipriano el Falsafa lo que me diría: Si nuestros tiempos son idílicos es que la convivencia y el ser humano han empeorado bastante. Y quizás no le falte razón.

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