JUAN DEL DUERO (1913-1920) Prudencio Iglesias Hermida

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Published on October 17, 2016

Author: JulioPollinoTamayo

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1. JUAN DEL DUERO (1913-1920) Prudencio Iglesias Hermida Edición: Julio Pollino Tamayo cinelacion@yahoo.es

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3. 3 ÍNDICE Dibujo de portada: Demetrio INTRODUCCIÓN -Prudencio Iglesias Hermida (1884-1919), el escritor imprudente…...............….5 -Semblanzas y homenajes……………………...........................................……..11 -Manuscrito de Prudencio Iglesias Hermida (1915)…………........................….20 -Selección de frases y opiniones….......................................................................21 -Caricaturas (1)………................................................................................…….22 -Libros publicados (Orden cronológico)……............................................……..23 -Caricaturas (2)…………………...................................................................…..24 APÉNDICE -Luis Raemaekers en Madrid (1916)………..................................................…..25 -Luis Raemaekers en España (1916)……………................................................27 -Caricaturas (3)…………………...................................................................…..30 JUAN DEL DUERO (Orden cronológico de publicación) 0- Publicidad……...........................................................................................…..31 1- Un príncipe del escándalo (1913)…………..........................................……...33 2- El asesinato de Sarah Bernhard (1913).……….........................................…..39 3- Un robo en sagrado. El tesoro de la catedral de Sevilla (1914)…….........…..67 4- Los misterios de la Alhambra (1914)…..................................................…….73 5- Un asesinato en la calle de Velázquez (1914)………………................……..79 6- Un duelo a espada en una catedral (1914)……………....................................85 7- A la plaza de toros de Sevilla. Los gladiadores modernos (1914)…............…93 8- De Madrid al Cairo (1914)…………….....................................................…..99 9- Un robo en el Vaticano (1914)........................................................................135 10- La domadora (1914)…………………….....................................................183 11- Una lucha en el circo de Parish (1914)……………..............................…...191 12- Joffre y el tiempo, aliados (1914).…………................................................193 13- El misterio de los mares (1915)………...................................................….195 14- Juan del Duero viajando por Alemania (1915)……….................................197 15- De caballista a matador de toros (1915)……………...................................199 16- Benavente, De Riaz y Juan del Duero (1917)……............................……..235 17- Juan del Duero. Aventuras Dálmatas (1920)………....................................239

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5. 5 PRUDENCIO IGLESIAS HERMIDA (1884-1919) El escritor imprudente “El torero, al ejecutar una suerte, no debe acordarse de su vida.” Juan Belmonte (frase escrita a Prudencio Iglesias Hermida) Todos cuando somos jóvenes, creemos a pies juntillas que el mundo se ha inaugurado con nosotros, que todo lo que sentimos, experimentamos, es nuevo, único, especial, que nadie lo ha sentido antes con tal nivel de intensidad, de pasión, de verdad, que “nos encontramos en la cumbre de la brutalidad” (Prudencio Iglesias Hermida), y va a ser que no. Oímos España años 20, y nos imaginamos a un conjunto de personas grises, tristes, aburridas, que se expresan con un lenguaje trasnochado, engolado, retórico, costumbrista, vacío, y de nuevo va a ser que no. Como ahora, y siempre, han existido personas que se salían de la norma (incluso como pionero defensor de la homosexualidad: “cada cual persigue el goce –la felicidad momentánea– por los caminos que más le agradan”), del carril, que sentían, se expresaban, como les venía en gana, con plena libertad, imaginación (escribía biografías, anécdotas, entrevistas, imaginarias), sin pararse en medir las consecuencias de sus actos, de sus palabras.

6. 6 El imprudente gallego (Lugo (“Soy gallego, de Lugo.” (España, el arte el vicio y la muerte)), o La Coruña según otros, su expediente de estudios en la Universidad Central de Madrid (1900-1905) afirma que es natural de La Coruña capital, y en uno de sus cuentos, “Un bandolero español” (Gente extraña), se puede deducir que nació en la aldea de Lestrove, en otro que en la de Luar (De mi museo)) Prudencio, alias “¡pim! ¡pam! ¡pum!”, “ese escritor alarmante y magnífico” (Argos), “arrogante y desaprensivo”, “el escritor más serio, más viril e independiente” (Palmas y pitos), que “escribe como piensa, a puñetazos” (Rafael Brun), es uno de ellos, alguien que en la actualidad sería un feroz, temido, provocador, tuitero, un bruto intelectual, “un impulsivo consciente” (José Francés), “hablo en grande; pienso en alto”, “a veces en un golpe de mala educación está la felicidad”, “me suena a bronce el corazón”, “la crítica negativa, implacable, es la que da fuerza para trabajar, el artista fuerte siente la necesidad absoluta de la crítica negativa”, un anarquista, un romántico desaforado, un punkarra de las letras, el Umbral de comienzos del siglo XX, “los códigos me repugnan, los jueces me dan asco”, “todo lo que sea libertarse de la ley me satisface”,“todo hombre colocado al margen del código me es simpático. La ley solo defiende al fuerte”, “mi amistad es y será siempre para todo el que no lleva una existencia normal. Nada es más peligroso que un hombre honrado”, “nada hay más repugnante que la discreción y el egoísmo”.

7. 7 Pero sin soberbia, era consciente de las limitaciones de su vehemencia, impulsividad: “Yo sé perfectamente que mis sinceridades no van a descubrir nuevos continentes al pensamiento. Intelectualmente, casi me conozco, y sé que los kilómetros que hay desde mí hacia arriba, verticalmente, pueden representarse por el signo del infinito.” Su estilo es impetuoso, enérgico, descarnado, exuberante, directo, fluido, ágil, visceral, vitalista, optimista, anti-nostálgico: “De todo lo pasado, la experiencia nada más. Las lamentaciones no sirven para nada”. Cuatro de sus frases más famosas son las siguientes: “en España la gente no sabe insultar”, “o amigo o contra mí: este es mi lema”, “un hombre, para que merezca mi consideración, necesita compartir mis devociones y mis odios”, y “esa browing que te has colgado de la cintura el día primero de este mes, no te sirve para nada, si no te sirve para matarme a mí”, su exclamación favorita: “¡Qué bárbaro!”, y cómo le gustaría que le llamasen: “El rey de la ensalada de lechuga”. Un periodista-escritor, escritor- periodista, que escribió en casi todos los periódicos y revistas de la época (Noche, La Tribuna, El Liberal, El Duende, Por esos mundos, La Esfera, Nuevo Mundo, El Gran Bufón, El Motín, Prometeo, Toros y toreros, The Kon Leche, La Lidia, La Hormiga de Oro, La hoja de parra, El Imparcial, etc.), con idéntica virulencia, radicalidad, a veces censurado (“Renovación española” (n.º 32, 5-9-18). “En este número, además del pie y del cartel de la portada de K-Hito, arrancó de cuajo del texto de nuestra revista un artículo del fuerte escritor Prudencio Iglesias Hermida”), era considerado un “polemista terrible”, “el escritor más serio, más viril e independiente” (Palmas y Pitos), llegando incluso a fundar una editorial, Mediterráneo (mismo nombre del primer periódico que fundó, “El Mediterráneo”), y a dirigir varios periódicos de efímera vida, los títulos dejan bien a las claras su radicalidad: “El bólido”, “La protesta”, “La nave”, “La nueva Europa”, “La palabra libre”.

8. 8 Como escritor a secas, le comparaban con Rudyard Kipling, Julio Verne y H.G.Wells, escribió más de veinte de libros (uno de ellos, “Los legionarios de la muerte” (1912), de forma anónima y por entregas en el periódico “La Tribuna”, que incluso organizó un concurso para adivinar quién era el autor), que van desde la recopilación de ensayos y artículos a novelas cortas, siendo su personaje más conocido, repetido, su alter-ego, el héroe de acción castizo, castellano, sevillano para más señas y más chulo que un ocho, Juan del Duero (sus otros dos personajes fetiche son el aventurero Alberto Zaragoza y el ladrón Pablo Ametller), “el príncipe del escándalo”, el primer gran ladrón, anti-héroe, de la literatura negra española, nuestro particular Fantômas (1911).

9. 9 Incluso tiene una aureola de malditismo, de personaje de culto, literario, fundada en un hecho extraordinario: el haberse enfrentado a duelo varias veces (cuatro constatadas y una quinta que se quedó en un mero rumor, supuestamente en 1916 mató de una estocada en la garganta al periodista y diputado Vicente Gay, rumor difundido por un periódico vespertino (“El Parlamentario”), y que desmintió la propia realidad, el bueno de Vicente estaba vivo y nuestro aguerrido héroe Prudencio ni tan siquiera le conocía). Primera vez: en 1914 a sable cuando era redactor de “El Liberal” con el redactor-jefe de la revista “Nuevo Mundo”, Don Antonio G. de Linares, saliendo victorioso (Don Antonio con una pequeña herida en la muñeca derecha, después se reconciliaron, y fueron detenidos por la policía). Segunda: en 1915 a espada francesa contra el también periodista Juan Brassa (a raíz de una polémica suscitada por Prudencio en un artículo del diario “El Bólido”, que fue contestada por Brassa en “El Indiscreto”), a seis asaltos, de nuevo saliendo victorioso (el amigo Juan una ligera herida en la muñeca derecha y antebrazo). Tercera: en 1918 a espada francesa en Ciudad Lineal con el periodista Durán, sin mayores consecuencias (no se tocaron en ninguno de los asaltos). Y el último, también en 1918 y a sable contra el periodista Carlos Micó, aliadófilo, Prudencio germanófilo, “sin consecuencias” (La Libertad, 8-5-1918), o “resultando ambos contendientes heridos de gravedad” (Diario de Córdoba, 20-6-1918), vamos que como siempre los periodistas acudiendo a las fuentes. Más el añadido de que se inventaba su propia biografía, “la sinceridad es un peligro. Sólo se puede emplear para librarnos de una amenaza mayor. Mentid siempre, en todos los momentos, por gusto, por deporte”, cuajada de viajes imaginarios, de herencias fabulosas, “poseo minas de oro en Alaska y campos de petróleo en Norte-América” (Prometeo, 1912), la más graciosa una plantación de arroz, con leche, de fanfarronerías, “yo maté a mis seis hijos, y sobre el ataúd del último me jugué el cadáver a una brisca ilustrada”, en comparación Vila-Matas es un aprendiz, un soseras. Por si fuera poco organizaba exposiciones de pintura (1916) que eran cerradas por la policía (100 geniales dibujos, “Los desastres de la guerra” (Goya) de la Primera Guerra Mundial, del pintor holandés Louis Raemaekers, supuestamente clausurada por contravenir la neutralidad de España en la Primera Guerra Mundial, y por presiones de un príncipe alemán, en realidad una campaña publicitaria ideada por el propio Prudencio, con cartas al director incluidas (ver apéndice)), y murió en plena juventud, 35 años, de corta enfermedad, una angina de pecho, como si de un poeta romántico ruso se tratase.

10. 10 Por no hablar de que fue detenido por la policía con 19 años (1903) por apedrear el coche del Ministro de Hacienda cuando era estudiante de Filosofía en Madrid, como protesta por la muerte de sus compañeros de Salamanca (documentado artículo sobre este incidente, en el que estuvo implicado hasta Unamuno: http://historiasdelcuartodeatras.blogspot.com.es/2013/08/los-indignados-salmantinos-de- 1903.html), y ejerció de picador ocasional, también como cronista taurino, y de corresponsal en Europa durante la Primera Guerra Mundial, aunque en un rasgo de genialidad jamás salió de España, redactaba las crónicas desde la terraza del Gran Casino de San Sebastián, vamos que todo un radical, un emprendedor, un aventurero. Y no lo digo yo, lo dicen abiertamente también sus contemporáneos, y no son solo “flores llevadas sobre la tumba de un escritor español” (César González-Ruano):

11. 11 “El autor del libro «De mi museo» no es uno de esos jóvenes modernistas de traje estrafalario, luengas melenas, color de hético y desaliñada presencia; sino muy al contrario, hombre de elevada estatura, recia complexión y atildaba indumentaria. No asiste a ninguna peña literaria, ni bebe ajenjo, ni ensalza prostitutas, pero en cambio su cerebro está repleto de ideas y cultura, y esa cultura y esas ideas sabe llevarlas al libro y al artículo en un lenguaje castizo y elegante.” Antonio de Lezama (El Liberal, 6-5-1909) “Suerte es tener el gracejo, y la rebelión que palpitan en la pluma de este joven de la nueva generación, a la que incumbe dar a luz el Mesías. Él en el día de la elección suprema, con un incierto parecido a la que preparó la trascendencia de José, debe de apostar por allá su varal, por si entre todos florece... Hay en él extraordinarias determinantes...” Javier Gómez de la Serna (Prometeo, nº8, 1909) “Este crítico de arte, de literatura, de política, de costumbres públicas y hasta de vidas privadas, es asombroso. No se parece a nadie. Puestos los eruditos a buscarle parentescos espirituales, sólo le encontrarían como antecesor aquel «matraco» del cuento que pescaba las truchas con tranca. Como él, a la que pesca la revienta. Y así no tiene que emplear el escalpelo para hacer la disección de una obra o de un hombre, pues deja esparcido cuantos hombres y obras llevan dentro con asestar un golpe, uno solo, de la maza que esgrime, maza junto a la cual la histórica de Juan Diente no llega a ser ni siquiera un liviano junco. Por eso, en sus juicios. Prudencio Iglesias es definitivo, concluyente. No emplea eufemismos ni se anda con rodeos. […] Iglesias es un crítico sincero, que dice lo que piensa sin recatarse. Y prueba de ello es que así como derriba falsos ídolos a golpes de su maza, limpiando de pedruscos y malezas el terreno, hace elevarse más y más los pedestales de los verdaderos dioses. Claro que pega más que acaricia. Pero, ¿acaso no son más los que merecen golpes que los que merecen cariños ?…” Luis de Oteyza (El Liberal, 2-12-1913) “Prudencio Iglesias Hermida es un impulsivo consciente. Va más allá de todo, y va con plena seguridad de sus juicios y de sus agresividades. Tiene el estilo domado de tal modo a su temperamento, que la misma acometividad del hombre se refleja en las obras del artista. Escribe a puñetazos, a estocadas y a golpes de cincel. Lo cual no es obstáculo para que si le place busque y encuentre palabras de seda y de oro para las emociones sencillas y las vibraciones dulcemente estéticas.” José Francés (Mundo gráfico, 17-9-1913) “Lo sincero en él es la vehemencia, síntoma de juventud llama que se escapa del foco pasional, y, como todos los vehementes, Prudencio Iglesias es casi siempre injusto. La medida de sus amores y de sus odios es la hipérbole. Su elogio y su desdén son siempre huracanados. ¡Liviano defecto, del que no tardara en reponerse! Su temperamento literario recuerda el de León Blois por la violencia con que exterioriza su asco de las hipocresías individuales y sociales y la simpatía con que comenta todo aquello que, aun estando fuera de las leyes escritas, revela el vigor de las pasiones y el temple de los caracteres. El hombre zoológico y el hombre deformado por la civilización le interesan a Iglesias por igual; si bien no oculta el escritor que el primero le parece preferible al segundo.” Manuel Bueno (El Heraldo de Madrid, 28-3-1914)

12. 12 “No habréis leído nada más inquietante que las páginas de Prudencio Iglesias. Su novela reciente De caballista a matador de toros es una muestra de esta extraña literatura, que no se parece a ninguna otra, ni antigua ni contemporánea, española ni extranjera; que es profunda y sinceramente original porque se engendra en la singularidad de un curioso temperamento. Para juzgar a Iglesias Hermida necesitaría un critico echar mano de un vocabulario enteramente nuevo en sus menesteres. Ni aún recordando a los más fantásticos escritores, a Edgar Poe, a Hoffmann, podría hallarle parangón, porque Iglesias Hermida no utiliza lo misterioso ni lo ultraterreno para forjar sus extraordinarios cuentos; allí no hay trasgos, ni duendes, ni brujas, ni resucitados, ni almas en pena, sino hombres de carne y hueso, tan humanos, tan vivos, tan llenos de fuerza y de espíritu, que verlos pasar, luchar, robar, asesinar, produce escalofríos. Por eso, un crítico que quisiera juzgar a Iglesias Hermida tendría que traer a estas sentencias de las Letras unas palabras que no utilizó nunca. Decir de este autor que posee una fecunda fantasía es no decir nada. Compararle con Fernández y González, con los Dumas, no sería, en este caso, un elogio. Hay que decir que su originalidad consiste en haber convertido el músculo en corazón, la fuerza en sentimiento, la violencia en ideal. Toda su fantasía es eso: una divinización de la fuerza y de la violencia. Y como eso es humano, profundamente humano, verlo vivo, palpitante, triunfador, nos estremece y nos conturba.

13. 13 Es inútil que queramos relegar sus narraciones fantásticas, extraordinarias, a un segundo orden literario, a un segundo orden folletinesco, que dicen desdeñosamente los cultivadores de las puras letras, de la novela naturalista o docente o psicológica. La manera de Iglesias Hermida no es folletín, en el sentido de pseudo-arte que hemos dado a esa palabra; es literatura, es arte, que producirá el beneficio de remover y renovar el ambiente de aburrimiento y de monotonía en que nuestras Letras se desperezaban. Nadie dudará de que a nuestra novela contemporánea, la que escribían las manos decaídas de los maestros de ayer y las manos impacientes de los noveladores nuevos, le faltaba, ante todo, emoción. Quien desdeñe este elemento de arte debe confesar que lo hace por encubrir su incapacidad para utilizarlo, porque, al cabo, la emoción es lo único que hace perdurable la obra artística. A la labor personal, original, temperamentaria de Iglesias Hermida, le perjudica, precisamente, su exceso de emoción, el desbordamiento de emoción. Por eso, los que juzgan ligera o apasionadamente quieren recluir ese género novelesco nuevo en las lindes desdeñables del folletín. Es lo mismo que, por otras razones, decimos del género teatral de Arniches o de Muñoz Seca los incapaces de imitarlo o copiarlo o renovarlo. Será absurdo, truculento, arte inferior, amanerado... será cuanto se quiera; pero si todos pudiéramos hacer otro tanto, lo haríamos y lo cobraríamos. Del mismo modo, si cada uno de los que hacen o hemos hecho novelas, hubiésemos podido forjar tipos, crear hombres y mujeres del temple humano de estas figuras amedrentadoras y sugestionadoras de Iglesias, nos hubiéramos dado con un canto en los pechos. Después de esta sinceridad no se le puede pedir a quien habla como lector, y no como crítico, que entre en otros juicios y escarceos sobre la personalidad literaria de Iglesias Hermida. Yo digo ahora solamente: «Es un escritor original». No aspiran a otra cosa cuantos caen en esta sirte engañosa del cultivo de las Letras.” Dionisio Pérez (Nuevo Mundo, 26-6-1915)

14. 14 “«El Bólido», como anunciaba su desenvuelto y temerario director, es un periódico de combate, en el que las pasiones tienen la supremacía sobre los intereses y en el que se lucha a sangre y fuego, sin cuartel. El temperamento de Prudencio Iglesias Hermida no admite tintas medias, ni componendas. Prudencio Iglesias ataca de frente, con nobleza, pero encarnizadamente, hasta exterminar a su contrario. Esto hace que el público se emocione y se interese por todo cuanto sale de la demoledora pluma del director de ese «Bólido», que ha venido a estallar sobre la cabeza de tanto bellaco o intrigante.” El Liberal (6-7-1915) “Prudencio Iglesias es uno de los escritores de más aguda y vigorosa personalidad. Habla claro, con la sobriedad de los entendimientos serenos y los espíritus equilibrados. Se supone equivocadamente que es un violento; no hay tal: Iglesias Hermida es un niño, un niño encantado de su salud muscular y cerebral, enamorado de la generosidad, de la bondad y de todas las cosas ingenuas; lo que hay es que la fatalidad le subleva y arremete contra ella con los ímpetus de un Bayardo. ¡Ay del que entonces se cruce en su camino! Saldrá seguramente maltrecho, sin perjuicio de que después este niño grande le tienda la mano y le diga con los ojos casi llorosos: «¡Amigo mío, cuánto siento lo que ha ocurrido!»” El Liberal (7-1-1915) “Prudencio Iglesias es gallego, como el cardenal Fonseca. Si Prudencio hubiese nacido en aquellos días admirables del Renacimiento, él hubiera sido también príncipe romano, caudillo de las armas, infanzón de las letras y de las artes. Alto y fornido, recio y coloradote, con la alegría de Juan Ruiz, campesina y serraniega, puesta en el encendido rostro, con los puños briosos de un señor de pendón y caldera, y tras de las gafas áureas y episcopales, los ojos vivos y escrutadores de aquellos poetas intensos y zumbones al par, de aquellos artífices de gracia y maravilla que con tesoros del Oriente hacían surgir de entre sus dedos la sutil opulencia de las custodias refulgentes, alcázares de Cristo. Prudencio Iglesias cabalga por la vida y por la literatura sobre un corcel sin freno; pero no creáis que sin dominio. Como su amigo Juan del Duero, le basta apretar sus piernas de hierro para detener el impulso del caballo. De esta manera consigue que hasta su cabalgadura sea inteligente. Cuando veáis que se precipita disparado, no temáis. Él sabe a dónde va.” Pedro de Répide (El Liberal, 7-1-1915) “Prudencio Iglesias Hermida es como una montaña en el momento en que un barreno la hace reventar. Caen, llovidos y sin orden, los despojos de la desgarrada mulera. Esperabais una matuca de los romanos, y viene una piedra. Y, al revés. Así, cada artículo que escribe Prudencio equivale a un estallido del barreno de su corazón, y en las cuartillas se mezclan el puñado de tierra, las losas, racimos de flores, y a lo mejor una calavera que ha desenterrado la pólvora, y tesoros que estaban escondidos y que la explosión ha devuelto a la luz… […] La pluma de Prudencio Iglesias Hermida ha sido antes puñal, cuerno de miura, hueso de salvaje, cetro de rey oriental, canuto con la licencia de aquellos repatriados, rollo de papiros con jeroglíficos, abanico de maja, tubo de órgano, telescopio, y un barreno...” F. G. S. (La Lidia, 4-10-1915)

15. 15 “Prudencio Iglesias Hermida, alto, hercúleo; con el cráneo rápido como los luchadores; con la nuca ancha, roja, de atleta; con los bíceps tensos y duros; con los hombros altos; con la cólera y la carcajada fáciles, era un hombre temible para los idiotas y para los villanos. Decía las más desorbitadas audacias, y daba los más incontestables puñetazos. Tenía un léxico agresivo, centelleante; una aumentativa rapidez de juicio y un bastón que en sus manos parecía un monolito. Se batió en duelo muchas veces; había dado infinitos puntapiés efectivos o metafóricos, y satisfacía el genial deseo de escribir libros en un estilo que tan pronto acaricia el espíritu con dulzuras y sutilezas de una rara armonía musical, como descendía, desgarrado y procaz, al lenguaje común, salpicado de blasfemias y frases escatológicas. Mentía, además, con la prodigalidad de un gran poeta. Sus novelas de aventuras y de viajes, sus semblanzas de seres fantásticos o de un realismo exótico e inaccesible desde la calle de Alcalá, parecen escritos de un viajero que encaneció a lo largo de las rutas universales y de infinitas almas dispersas por los cuatro puntos del planeta durante cuarenta o cincuenta años. Y, sin embargo, Prudencio escribía sus novelas extraordinarias antes de cumplir veinticinco años, y sin haber subido en otro tren que el del Pardo. La primera vez que abandonó España fue al principio de la guerra europea para ir a Marsella a ver los regimientos de la India inglesa y volver en seguida a sus paseos acrobáticos del Retiro. Tenía una inteligencia más allá de las tristes verdades de la Frenología. Un instinto pendenciero más allá del Código y de la conveniencia personal. Todos pensamos y decimos alguna vez en la intimidad y la complicidad de los amigos: «Fulano es un imbécil», «Mengano es un canalla». Prudencio Iglesias lo decía en letras de molde, y si el aludido protestaba, le daba un garrotazo, un pinchazo, o un modesto «metido» en la barriga. […] Y aquello, que podía costarle en los momentos de aparecer el libro unas bofetadas o un duelo, lo costó algo más a través de los años. La gente olvida los favores y los elogios; pero recuerda siempre los disfavores y las censuras. A lo largo de la vida, aquel gran niño generoso, entusiasta o inflexivo, fue sembrando odios que luego le salían al paso. A él no le importaba. Se reía de un modo único, jocundo, que le hacía mostrar toda la dentadura fuerte e igual como la de un león joven.” José Francés (Nuevo Mundo, 25-4- 1919)

16. 16 Con Joaquín Dicenta “Su aspecto físico; la amplitud retadora de su pecho; lo sanguíneo de su rostro; su reposado andar, de hombre cauto, previsor de celadas—¡oh, que previsión más razonada la suya!—, y su acometividad periodística, prosa clara, sin perífrasis, le enajenaron la voluntad de las almas pusilánimes, le atrajeron la hostilidad de los espíritus miopes, que no columbraron, en su parca visualidad, más que lo superficial de los hechos, sin cuidarse, con anterioridad al enjuiciamiento, para evitar así sanciones equivocadas, de bucear en el fondo limpio, humano, de aquel mar proceloso en apariencia. Prudencio fue la imagen viva de una eterna paradoja: la del ogro con corazón de niño. Prudencio fue la encarnación viva de un cuento infantil, de uno de esos cuentos inmortales en los que surge una caverna obscura, habitada por un ogro gigantón y velludo, guarida que es el espanto de los caminantes, hasta que cierta e inesperada vez, una niña de rubias crenchas y de ojos azules, personificación de la inocencia, se atreve a penetrar en el misterioso antro y observa, deslumbrada, que la obscuridad es aparente, fingida, pues allí no hay sombras ni ogro; sólo luz, mucha luz, sublimes resplandores de luz y un hombre como los demás; es decir, como los demás, no: más bueno que los demás, porque es más justo; porque se encara, desenmascarándole, con el capaz de todas las prevaricaciones, de todas las concupiscencias, y se abre en cruz, para acogerle sobre su corazón, ante el que, descalzo, sangrando los pies, sigue el camino de los sin fuerza para oponerse a la tiranía de los malos, de los sin felicidad en el presente y sin esperanzas en el porvenir.” Fernando López Martín (Mundo Gráfico, 13-4-1921)

17. 17 “Era un animalote inteligente, generoso, arbitrario. Dijo muchas verdades y mintió mucho. Fue, sin duda, el más genial de todos los reporteros de España. Se liaba a palos en un café y escribía crónicas magníficas de la guerra sin salir de Madrid. Estaba siempre dispuesto a partirse el corazón sin odio y sin importarle un comino la vida. Un día le quiso abrir la cabeza a una mala mujer. Era la señorita Muerte. Ni le abrió la cabeza ni le pudo sacar dinero. Ella se le llevó enamorada de su fealdad hermosa, de su brutalidad inteligente. Yo le recuerdo con admiración y cariño. Como a un toro que escribiera y escribiera bien. Se llamaba Prudencio Iglesias Hermida.” César González-Ruano (El Heraldo de Madrid, 9-6-1928) “Nadie, en verdad, cultivó la ciencia del camelo tan concienzudamente como ese poeta aventurero y medio loco que se llama Prudencio Iglesias Hermida. Años atrás, se entretenía por las noches preguntando con cavernosa voz por el depósito de cadáveres a los transeúntes que cruzaban de madrugada el final de la calle Atocha y le divertía mucho la inquietud del interrogado, que no atrevíase a pensar para qué quería ir aquel individuo a tan intempestiva hora al depósito de cadáveres… Más de una vez le oí hablar con toda naturalidad de la mina de arroz con leche de que era dueño en Aranjuez y de sus viajes por la India, donde nunca estuvo. Ahora, sin duda, convencido de que se debe desconcertar al público para que el público no olvide, se decidió a hacer extensivos sus camelos a cuanto escribía, y concibió esa deliciosa colección de infundios que se titula “Gente extraña” e indigna a las personas de orden por la desfachatez y el desenfado con que están pensados. Mentir sencillamente es cosa fácil; pero mentir bien y con gracia, sembrando la estupefacción en quien escucha o lee, tiene, a fe mía, mucha más enjundia que decir verdad; y Prudencio Iglesias miente con un descaro épico que a cualquiera le deja mudo de estupor. No me digáis que todo eso es poco serio, porque ninguno, ni aún Prudencio Iglesias, lo ignora. Poco serio es, ciertamente. No es menos cierto, empero, que nuestros grandes diarios ya se resentían de un empacho de seriedad y de veracidad, por lo que hoy son una sonrisa encantadora que seduce al público, harto de leer artículos políticos y de ver insignificantes realidades, los relatos maravillosos y embusteros que rempoliza porolitos y tiene una inventiva soñadora inconcebible en este país del expediente y los garbanzos, las dos mayores negaciones del ensueño.” Germán Gómez de la Mata (El Progreso, 24-3-14)

18. 18 “Prudencio Iglesias puede ser violento, sentimental, escéptico, de un ironismo acre; pero sin dejar de ser un momento el escritor sensacional, interesantísimo, subyugante...” N. Hernández Luquero (El Pueblo (Valencia), 12-1-1914) “El caso de Prudencio Iglesias Hermida es único en la literatura española contemporánea, y aunque no se atendiese más que a su originalidad de buena ley, ya merecería el célebre escritor todos los honores de un concienzudo estudio por parte de nuestros críticos, sin en España hubiera críticos literarios. No es, sin embargo, el de la originalidad el sólo mérito que se advierte en la obra de este popular artista. Porque sin duda nos hallamos ante un verdadero artista, artista aún con sus brusquedades y dislocamientos, artista antes que nada y siempre, como el pueblo a quien canta y que tanto le apasiona. Los libros de Prudencio Iglesias casi exclusivamente dedicados a exaltar el espíritu nacional, y la raza adquiere en ellos un prestigio bárbaro y heroico; sus personajes - toreros, lumias, poetas, aventureras, asesinos, ladrones- desfilan por las páginas de encanto con rapidez de cinta cinematográfica, fascinándonos y atrayéndonos, y hay en su fondo un poso de optimismo, ya que nos dan las idea de una España fuerte que no ha perdido su carácter. ¿Negaremos que esto resulta muy consolador cuando no, por desdicha, muy real? […] El autor es en definitiva un niño muy grande, que posee un talento enorme y en cuanto crea pone toda su alma, toda su enorme alma de artista, de párvulo y de atleta inteligente.” G. G. M. (El Pueblo (Valencia), 10-7-1915)

19. 19 “Un raro escritor. Prudencio Iglesias Hermida, el hombre de los quevedos y bigote recortado, es uno de los modernos escritores, ya que literato no puede llamársele, que más acerbas diatribas y elogios más apasionados ha merecido de la crítica; pero, tanto los que le vapulean, como los que le defienden, están acordes en un extremo: en su rara originalidad. Pinta, describe cosas y casos tan exóticos y extraños, que a pesar de su irrealidad, nos subyugan y atraen; sentimos la emoción de esos alardes brutales de valor. Los tipos que presenta se salen de lo vulgar, son monstruos del bien o del mal; de ojos misteriosos y mirar profundo y enigmático, centellean rayos de verdosas irisaciones; dibuja bocas sonrientes que pocas veces sonríen, y cuando lo hacen, es para carcajear sarcásticamente; el cinismo y la audacia, acompaña por doquier a sus personajes, pero es un cinismo y una audacia que rebasa los límites de lo extraordinario; la serenidad acompaña casi siempre a esos cínicos, y los accesos de cólera y rabia los reprimen hasta que estallan con la violencia de la explosión; esos hombres tienen temple de acero y corazón de bronce; las mujeres, bellísimas, pero perversas; perspicaz y psicólogo tiene bellos y elevados sentimientos, aunque ninguno desarrolla ni filosofa; abstrae pero no generaliza; se limita a afirmar que acaeció, sin preocuparse en averiguar las causas; ha tenido las dotes de no escribir nunca una cosa insípida, siempre brilló en sus crónicas un rasgo de ingenio y dio una terminación, arbitraria muchas veces, pero la dio, aunque fuese de una puñalada como una centella. Su carácter vehemente y apasionado, le manda no rectificar nunca, y por eso, escribe como piensa, a puñetazos; las reglas gramaticales no se hicieron para él, y como ellas no se amolden a sus escritos, éstos no se amoldan a ellas; muchos absurdos tienen razón de ser para él. Es el escritor, en fin, que su lectura nos impresiona, con la impresión escalofriante del vértigo que nos arrastra al precipicio, y que aun a pesar de nuestra oposición rodamos, y… por eso yo, como tantos otros, leo y admiro esas páginas toda audacia y valor, temeridad y bravura, virilidad y gallardía.” Rafael Brun (Diario Turolense, 22-1-1917)

20. 20 Manuscrito de Prudencio Iglesias Hermida (1915)

21. 21 SELECCIÓN DE FRASES Y OPINIONES 1 – “Es mi enemigo todo aquel que, habiendo llegado ya, no me auxilia.” 2 – “La mayor parte del secreto del triunfo en los mediocres es ese: el no sentir dolor alguno para mendigar favores.” 3 – “La Academia de la Lengua y el Cantábrico. Nadie ha visto nunca juntos mayor cantidad de atunes. Asilo de inválidos cuyas puertas solo se abren a la recomendación.” 4 – “Una tapia que circunda un terreno es la representación vertical de la ley.” 5 – “El levantino ama el oro, y quizá por esto ama también la luz del sol. Esta distintiva suya señala su parentesco moral con la raza judía. Y pienso que el levantino no es más que un judío mal troquelado.” 6 – “El alemán es ingenuo y egoísta como un niño, y como él también siente una tendencia sorda, cobarde, hacia la crueldad.” 7 – “Un domador es un hombre que nace con la muerte suspendida sobre su cabeza.” 8 – “La horca, al fin, no es otra cosa que una manera decente de terminar la vida.” 9 – “La sangre es decorativa y este es el mayor enemigo de la paz.” 10 – “Un amigo es una bomba cargada de dinamita que no se sabe nunca dónde tiene la mecha.” 11 – “Las pasiones no me dejan ver. Para admirar y querer completamente a un maestro o un amigo, necesito que se aleje o se muera. Creo que este defecto es general.” 12 – “Admiro a los que saben perdonar, quizá porque esa virtud es la que más lejos está de mi alma.” 13 – “Yo no robo. Yo tengo fuerza para crear.” 14 – “El genio es la realización de lo absurdo.” 15 – “La pobreza es el sexto sentido.” 16 – “El triunfo no tiene más secreto que uno: la voluntad.”

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23. 23 LIBROS PUBLICADOS (Orden cronológico) 1909 – “De mi museo” 1910 – “Horas trágicas de la historia” 1911 – “Las aventuras del gran mundo” “El beso de la Hebrea” 1912 – “Una hora de amor de Carolina Otero” “Las tragedias de mi raza” 1913 – “El asesinato de Sarah Bernhard” “Príncipes y cortesanas” “La España trágica” 1914 – “España, el arte, el vicio y la muerte” “Hombres y cosas de mi patria y de mi tiempo” 1915 – “Un día y una noche en Londres” “De caballista a matador de toros” (versión corta en 1917) “En los campos de batalla. La guerra de las naciones” 1916 – “Bajo otras patrias y otros cielos” “La ermita de los fantasmas” “Los misterios de las cortes de Europa” “La última noche del pirata Barbarroja” “La tragedia de la Hélice” 1917 – “Nuevas hazañas de Juan del Duero” (recopilación de historias cortas publicadas en “El Liberal” en 1914) 1918 – “De Madrid al Cairo” “Gente extraña” “Un robo en el Vaticano” “España y Alemania: no hay conflicto” 1920 – “Los legionarios de la muerte”

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25. 25 APÉNDICE Luis Raemaekers en Madrid (1916) Ayer, a las tres de la tarde, con el prestigio que prestó al acto la presencia de distinguidos representantes de las letras, la artes y el Cuerpo diplomático, se abrió solemnemente la Exposición Raemaekers en Madrid. Fue un éxito rotundo. Los cien dibujos del gran artista holandés ocupan los dos bellos salones del chaflán del Centro Agrario. Los transeúntes de la plaza de Canalejas levantan, asombrados, la cabeza, contemplando por los ventanales del entresuelo suntuoso, entre Príncipe y Carrera, las paredes cubiertas por los dibujos que han inmortalizado el nombre de Luis Raemaekers. La colección es portentosa. Podrá decirse que a veces algún dibujante de primera línea, como Steinlen Forain, dibujará con más precisión en la línea que Raemaekers; pero jamás en ninguna época ha podido contemplarse una colección más completa, más grandiosa que la que yo tengo la suerte de exponer al público madrileño. Así que mi colección sea admirada en Madrid, Barcelona y quizá algún otro punto importante de España, yo la regalaré a un museo de Madrid. Colecciones como ésta que yo poseo existen en el Museo del Louvre y en el Británico. En España sólo existen dos colecciones de los cien mejores dibujos de Raemaekers: una de las colecciones la posee en San Sebastián un millonario conocido. La otra colección es esta mía; y estarán ustedes conformes conmigo en que estoy quedando muy bien. Sin duda, yo me he gastado en la colección mis pesetas, pero me estoy dando un pisto loco. Como esos próceres ilustres que alguna vez hacen un regalo bueno al Museo Nacional, yo también voy a regalar, como ellos, mi colección. Con que pasen, señores, que la Exposición está abierta. Otro día les contaré a ustedes cómo es Luis Raemaekers y las cosas interesantes que este ilustre artista me contó en París. Y por ahora nada más.

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27. 27 Luis Raemaekers en España (1916) Después de tanta discusión y tan ruda pelea, se ha abierto en San Sebastián la Exposición Raemaekers. La lucha con los carlistas se manifestó desde el principio abiertamente. Las autoridades, al fin, comprendieron el derecho y la libertad que me asistía; el gobernador de Guipúzcoa, joven, moderno e inteligente, me concedió el permiso, y dio una nota a los periódicos en que elogiaba a Raemaekers, y manifestaba el derecho que me reconocía para exponer sus dibujos. Y expuestos están en los salones del Círculo Republicano de San Sebastián, debido a la generosidad del presidente y de los socios. El éxito es rotundo. La gente acude como en romería. Luis Raemaekers puede decirse que está siendo admitido por todo San Sebastián. Ahora voy a explicarles a ustedes el secreto de esta Exposición, que ha hecho creer a mucha gente que yo ascendí a millonario de repente o que tengo una mina oculta que sólo yo sé dónde está. El día 20 de Agosto, con objeto de observar los asuntos pintorescos que ante mis ojos se desarrollasen para hacer en seguido un libro por encargo de mi editor el dueño de la Librería Internacional de Madrid, D. Antonio Navarro, con ese objeto, digo, caí sobre Biarritz. Era un día que quitaba la cabeza de bonito. Me fui al puerto viejo por el espléndido paseo de la Virgen. Dormí al sol, feliz como un vagabundo, y tras la siesta, cerca el atardecer ya, partí hacia mi morada en el Hotel Carlton. Al entrar en el vestíbulo de la calle Roger, salió un criado a mi encuentro. —¿Usted es D. Fulano de Tal? —Sí. Yo soy. —Pues acaba de venir a buscarle a usted un señor afeitado que dijo que volvería. —Muy bien. A la media hora se abrió la puerta de mi cuarto, y apareció el señor afeitado que me buscaba. Bajo, ojos penetrantes, fisonomía hebraica. Se casa Willy Rogers, y es el famoso editor del núm. 25 de la calle Louis de Grand, de París. Empieza a hablarme en francés. Le detengo el carro instantáneamente. —No siga usted, señor. No entiendo ni una palabra. —¡Ah! ¿No habla usted francés? —No , señor. —¡Ah! Es terrible esto. Haciendo esfuerzos extraordinarios comienza a hablar español con lentitud. Lo habla muy bien. Un castellano viejo y cantarino como el que hablan los judíos de Constantinopla. Me dice que él sabía que yo debía llegar el 20 de Agosto a Biarritz, y que deseaba encontrarse conmigo. Desea ofrecerme en venta la colección famosa de Luis Raemaekers, los cien dibujos de la guerra.

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29. 29 —Pero, hombre, eso costará, mucho dinero—le pregunto. —Tres mil francos. Es indudable que este hombre ha pensado en llevarse tres mil francos míos de aquí. Lo contemplo un instante dudando si darle ya con una piedra en la nuca. Me lleva al Hotel du Palais, el antiguo palacio de la emperatriz Eugenia, donde él vive. Me enseña la colección. Colosal. Me asombra la profundidad de pensamiento y la maestría de ejecución del formidable dibujante holandés. —¿Es verdad—le pregunto—que el emperador de Alemania ha puesto precio la cabeza de Luis Raemaekers? —Sí, señor. Hoy vale la cabeza del gran dibujante un millón de marcos. —¡Sopla! ¿Y es verdad también, que ese gran artista ha sido perseguido judicialmente en su patria, hasta que se alzó contra la persecución injusta el propio presidente del más alto tribunal de su nación? —Exacto. —Está bien—le contesté—. Yo le compro a usted la colección Raemaekers. Nos arreglamos en el precio y en la forma de pago. El día 21 de Agosto pasé la frontera de España llevando conmigo, legalmente, la caja de cuarenta y siete kilos que contenía los cien dibujos de fama universal firmados por Luis Raemaekers. Llegué a San Sebastián y publiqué en la Prensa liberal artículos anunciando la Exposición de los magníficos dibujos de mi propiedad. Los carlistas gritaron, pero yo grité bastante más. Y se callaron. Fernando López Monis, que es un político de gran espíritu liberal y verdadera inteligencia, comprendió mi derecho contra el atropello que los carlistas querían cometer y hubieran cometido, si hubiesen tenido fuerza para ello. Como dijo A. Clutton-Broock en las columnas de «La Voz de Guipúzcoa», yo no traté de imponer mis ideas a nadie: triunfé en mi derecho de exponer mis ideas a los demás. Miles de personas están desfilando por los salones de la Exposición en la hermosa capital de Guipúzcoa. Dentro de poco expondré la colección en Madrid. Más tarde en Barcelona. Después en toda España. Colecciones como ésta que yo poseo las tienen el Museo del Louvre y el British Museum. Yo regalo mi colección al Museo madrileño que la quiera. Así que yo hable con los dignos directores de esos Museos diré públicamente a cuál se la regalo. La obra genial de Luis Raemaekers no va contra Alemania; va contra el militarismo prusiano, que no es lo mismo.

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31. 31 Libro anunciado para 1914 que nunca llegó a publicarse, hasta hoy, que por fin ve la luz, de manera íntegra, más de 100 años después.

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33. 33 UN PRÍNCIPE DEL ESCÁNDALO (1913) H a s i d o p r e s o e n Nueva York un famoso aventurero español, conocido en el hampa internacional por Juan del Duero. (Telegrama de los periódicos de estos últimos días.) Yo sentía por aquel hombre una admiración profunda. Además le estaba agradecido. En un día negro para mí, aquel hombre me tendió su mano, y en la palma encontré todo lo que necesitaba. Había, pues, en mi corazón para aquel ser extraño, los dos sentimientos más fuertes, capaces de engendrar las amistades eternas: admiración y agradecimiento. Un miserable se acercó a mí un día y me dijo silbando como las serpientes: —Cuidado. Ese gran amigo de usted, es un antiguo forzado, fugitivo. Estuvo en Ceuta por matar a un hombre. Dicen que es un ladrón famoso. Hice callar al miserable, pero, sin querer, observé a mi amigo. Tenía éste un nombre donde podría encerrarse toda una leyenda de España: se llamaba Juan del Duero.

34. 34 Físicamente, era la cabeza de Antinóo sobre el tronco de un hércules. Moralmente, era pródigo y justiciero. Vengativo como un indio y agradecido como un perro. Bravo hasta el heroísmo. Inquietante. Morboso. Bondadoso como un cuáquero, con ráfagas inesperadas de crueldad que daban escalofríos de miedo. Una mañana, Juan del Duero se presentó en mi casa y me dijo: —Acompáñeme usted. Vamos de excursión al Escorial. —¿Quiere usted pasar un día de campo? —No, señor. Quiero visitar el Monasterio de San Lorenzo. Corría el tren entre pintorescos despeñaderos. Juan del Duero hablaba con entusiasmo. Yo, admirando, como siempre, aquella elocuencia torrencial de mi amigo, pedía en mi ánima que el pueblo de El Escorial se alejara hasta que la oratoria del Duero empezara a fatigarse. Pasamos un túnel. Al poco rato mi amigo siente los impulsos de una necesidad violenta. —Voy al gabinete reservado. Vuelvo. Le veo golpear la puerta del reservado y pasar ante mí como una exhalación. —Está cerrado. Voy al otro vagón. —Pero oiga usted, se va usted a matar. El tren va volando. —No importa. Con una agilidad que asombra, el hombre salta al otro vagón y desaparece corriendo por el estribo. Entramos en un túnel con estruendo fragoroso. Pasan unos minutos. Dos, tres túneles se suceden. Suena el timbre de alarma. El tren va perdiendo velocidad. Suenan los frenos automáticos y el convoy para. Me lanzo a la vía buscando a mi compañero de viaje a quien, sin duda, le ha ocurrido una desgracia. Vuelvo la vista atrás. Los rieles brillan al sol, limpios, sin sangre. —¿Qué ocurre—pregunto.—¿Alguna desgracia? —Un robo—me responden.— Acaban de desvalijar a un yanki que viajaba solo. El robo se había efectuado por un maestro. Sin violencia. El tren volaba. Una portezuela que se abre da paso a un hombre enmascarado que se lanza sobre el yanki y le sujeta contra el rostro una careta con cloroformo. Le arrebata el dinero, las alhajas y le deja tendido, sin hacerle daño, sobre el diván. —¿Qué señas tiene el ladrón?—le preguntan al yanki. —Se trata de un hombre voluminoso. La cara la ocultaba un antifaz. Oyendo esto, noto que me tocan en un hombro. Vuelvo la vista, y me encuentro con mi compañero de viaje. Se interesa por el robado. Su voz, un poco alterada, y su rostro lívido, me hacen pensar instintivamente, que aquel hombre es el ladrón. Los viajeros vuelven a sus vagones. El tren se pone en marcha. Juan del Duero y yo, asomados al balconcillo del coche, hablamos de los campos verdes como esmeraldas del Cabo; comentamos las excelencias del Champaña oro viejo y de los atardeceres de Italia, la banca de Montecarlo, el puente de Brooklyn, las cortesanas de Spa...

35. 35 De repente, hago una pregunta rápida y brutal: —Sea usted franco conmigo. ¿Quién será el personaje misterioso que ha robado al yanki? —Cualquier hábil salteador de trenes. —Pero es extraño no haber podido prenderle. —El ladrón es, sin duda, un maestro. Robó en marcha. Se disfrazó en el estribo. Aprovechó los túneles. Hombre ágil, vigoroso, bravo y buen actor. Mozo de mucho cuidado. —¿Lo cree usted así, verdad? —¡Oh; téngalo usted por seguro! Nos miramos a los ojos sin pestañear. Acabamos por reírnos cínicamente. Juan del Duero sacó del bolsillo una sortija de valor artístico y material incalculable. Poniéndosela en un dedo y contemplándola con el amor de un anticuario, dijo: —¡Estos yankis!... Y a usted esta sortija que llevaba, digna de un rey. —Pero hombre... ¿No teme usted que la policía le descubra? —No, señor. Yo he burlado muchas veces a la policía de Londres, y a los detectives americanos. Juan del Duero, sacando la mano ensortijada por la ventanilla del vagón y señalándome a lo lejos la parrilla imponente del Monasterio de San Lorenzo, me decía: —¿No le parece a usted que Chateaubriand debía estar dormido cuando afirmó que esta maravilla del mundo era un cuartel? La sortija brillaba al sol como una brasa. El tren tomaba una curva. El semicírculo formado por el convoy permitía en aquel momento que todos los viajeros vieran en la mano del Duero la sortija robada. * * * Como comprenderéis, el ladrón español detenido hace quince días en Nueva York, por la invencible policía yanqui, no se llama Juan del Duero. Este es su nombre de guerra. Su apellido legítimo no lo digo porque es harto conocido en la gran sociedad madrileña, donde se halla rodeado de un prestigio que pronto echarán por tierra los obligados e implacables telegramas de la prensa. Hace quince años, este gran aventurero dio su primer escándalo en Madrid. Entró una noche en el hotel de su novia, en los altos de la Castellana; se consumó el sacrificio irreparable, arrampló con todo lo que halló a mano y salió pirando, buscando horizontes para sus empresas. Era un mozo de alivio. En París se cargó un día a un distinguido apache rebanándole la nuez como quien monda una naranja. Fue el amante de la Casco de Oro, a la que un día le partió una pierna de una sola patada. Desempeñó correctamente un cargo subalterno en la Compañía de los Sleeping-car americanos. Y no supe nada más de este hombre hasta que hace tres días me eché a la cara el telegramita de su apiolamiento.

36. 36 Supongo que mi amigo estará encerrado en la misma cárcel que el general Celaya, detenido también en estos últimos días en la gran ciudad norteamericana. El general es un asesino que, no obstante, si las conveniencias políticas así lo ordenan, volverá a presidir la República de su país. No sé la suerte que le espera al tempestuoso aventurero español. Hago votos porque su bravura, su desprendimiento y su lealtad, tengan de nuevo amplia experimentación a campo abierto. Estos grandes ladrones españoles de exportación son, quizá, los encargados de vengar la estrechez de la vida nacional. Aquí no abunda el respeto a lo grande, ni siquiera el respeto a lo ajeno. Son más de los que parecen los que viven del robo minúsculo y constante. Y es tal la costumbre nacional de robar, que, sin querer, le roban a usted hasta en la peluquería, donde, además de exigirle indirectamente la propina, no le devuelven a usted el pelo que le quitan. En cambio, mire usted cómo el zapatero, al venderle a usted unas botas nuevas, le devuelve a usted las viejas sin dudarlo un sólo momento. Broma es esta que no va contra el honrado gremio de peluqueros.

37. 37 Otra cosa podría decirse de los mercaderes de libros—de las librerías—entre los cuales, a excepción de Fussell y Navarro, Alejandro Pueyo y algunos otros inteligentes y pistonudos, hay cada granuja que se pierde de vista. Sin que tenga nada que ver con los primeros ni con los segundos, se halla el famoso librero señor Fe, el de la Puerta del Sol. Fe; distinguidísimo descendiente de una de las acreditadas virtudes teologales: no creer lo que no vimos ni cobramos. Fe, le hizo a un amigo mío la siguiente faena. —De ese libro nuevo que me trajo usted titulado «Las tragedias de mi raza»—dijo el librero—no me conviene comprarle a usted, en firme, ningún ejemplar. —Pero, ¿ni uno solo? —Ni uno solo. Porque, ¿qué descuento hace usted de sus libros? —Un descuento digno. Yo no soy un piojoso, ni un idiota que viva de la limosna de un librero. —En ese caso—insistió el mercader de libros—puede convenirle a usted enviarme algunos en comisión. Le acreditaré a usted la firma. Envíeme usted cien, por ejemplo. —¡Hombre! ¿En firme, ninguno, y en comisión, cien? Mala, Fe, mala combinación es esa para un autor de libros. Seguramente pensará lo mismo que yo, el dignísimo librero de la Puerta del Sol.

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39. 39 ELASESINATO DE SARAH BERNHARD Aventuras de un príncipe del escándalo (1913) A María Guerrero y Fernando Mendoza con el testimonio de la admiración y el cariño de la juventud de España.

40. 40 PRÓLOGO El Pernales, muerto en Sierra Morena a consecuencia de una discusión sostenida a balazos con la Guardia civil. Una bala le atravesó de parte a parte toda la asadura y en aquel mismo momento mi ilustre amigo quedó fiambre para un rato. Aquel notable bandolero era un perfecto infeliz como lo demostró en una conversación sostenida en Jaén quince días antes de su muerte. Asistieron conmigo a aquella interesante entrevista el bravo Chiquito de Begoña, el popular ex ganadero Pepe Vega, y el afamado luchador español Salvador Almela. Estos tres amigos pueden certificar la verdad de lo que afirmo. Comimos juntos. A la hora del café, el pobre Pernales que sostenía debajo de un muslo la escopeta cargada, me dijo apuntándome con uno de sus dedos que parecía un bastón de estoque. —Oye, tú, leiterato. Cuéntame un cuento que me gusta a mí que me amenicen los postres. —Pero un cuento que sea verdad—siguió diciendo el simpático bandolero—. Si me cuentas una chirigota te doy asín con la culata en un ojo. Sonreí como un conejo, tirándole un viaje a la carabina. La culata me hizo el efecto de una maleta. Afiné la imaginación decidido a todo. —¿Quieres que te cuente—le pregunté—algunas de las famosas aventuras de Juan del Duero? —Cuéntamelas—contestó—. Pero sin retórica. Pan, pan; vino, vino. Si te escurres en adornos te doy una bofetá que te hago un nudo en el aire. —Pero hombre, Pernalillos, eres violento. Yo tengo mi manera de contar las cosas. —Tú no sabes ná de ná—me dijo el Pernales—. Todos los leiteratos sois lo mismo. Tú eres un pinchapiró, un roba peras que buscas sin encontrarla la cuadratura del picudo. Las historias de bandidos encontradas sobre los cadáveres de los primeros insurrectos cubanos; la leyenda del bandolero Juan Manuel, vendida como pan en las épocas de revolución en Méjico; las vidas de Candelas, José María y Diego Corrientes, el rey de Andalucía… ¿tú sabes, cacho de pedazo de trozo, la cantidad de miles de duros que han hecho ganar a sus editores? Todo hombre lleva dentro un ladrón; y todos robamos, todos, sin excepción ninguna. Escribe vidas de ladrones valientes y te jinchas de duros. —Pero…—añadió el Pernales después de una pausa—escribe sin retórica te digo. En seco, como las balas. Como yo vivo de matar hombres, vive tú de matar lectores. Lector que agarres, sacúdelo por el pescuezo hasta que lo atolondres: que no os separéis hasta que tú lo sueltes. Y piensa siempre que tienes ante ti dos públicos: el cerebral (éste no te sirve para nada) y el público que busca la emoción y la amenidad; éste es el que da el dinero. No te olvides nunca de este público, aunque algunas veces vayas a buscar al otro. —Pernales de mi sangre, me dejas hecho un estúpido. ¿Quién te enseñó todo eso? —La vida que me echó al monte a matar para no morir. Ya ves si sabré yo cosas. Escribe en seco, te digo. Miéntele con fantesía. Entretenlo. Emociónalo. Y no te creas tú que eso no vale nada. Escritores de emoción y amenidad fueron, y su recuerdo no se acabará tan pronto, Alejandro Dumas, Pedro Antonio de Alarcón, Joaquín Dicenta… —Entonces los escritores de la otra banda, ¿cuáles son, según tú? —Pues mira, chico: un permazo con genio que se llama Ibsen. Y ahora cuéntame el cuento y no me hagas hablar más que te voy a endiñar estopa. Lector: ahí va mi cuento escrito según el catecismo estético del Pernales.

41. 41 Un robo.—En el Monasterio del Escorial.—El Cristo de Cellini. Llegamos al Monasterio. Acababa de morir un lego del convento y se hallaba su cadáver expuesto en la celda. Era el día grande de Jueves Santo. El entierro sería al día siguiente; por petición expresa del difunto, se haría el sepelio a las cinco de la mañana. Juan del Duero rogó que le permitieran presentarse al rector del Monasterio. En presencia del monje, dijo el Duero: —Somos los dos únicos sobrinos del difunto. Con permiso de la Comunidad venimos a velarlo. —Sí, hijos míos. Pasad. Cruzamos las grandes estancias del convento, los altos claustros, los severos alardes arquitectónicos del templo de Felipe II. Llegamos a la celda austera donde, en un ataúd obscuro y pobre, digno de un monje, descansaba el cadáver de nuestro tío. Era un viejecito que parecía tallado en marfil amarillo. Tenía la expresión bondadosa del sepulturero de Shakespeare en el cuadro de Hans titulado: “¡Pobre Yorik!”. Atardecía. El monje silencioso que velaba el cadáver, nos hizo una inclinación y salió de la celda. Juan del Duero se acercó a él y, entregándole una moneda de oro, le dijo: —Deseo que esta noche quede encendida la capilla. El monje asintió y se fue. Nos quedamos solos ante el muerto. Era una cabeza de simpatía tan extraordinaria la del pobre lego, que Juan del Duero exclamó: —¿Sería un santo este pobre viejecito? Contemplamos un rato aquella estatua yacente, y nos acercamos a la única ventana que tenía la celda. Era baja, daba al jardín, y se hallaba resguardada por una verja de barrotes tan gruesos como el brazo de un hombre. Otro monje vino a relevar al que se había ido. Duero le habló de cosas históricas. El monje elogió al Rey Felipe II. El Duero contestó: —Aquel temido monarca, tenía en Europa dos nombres muy hermosos: el Tigre del Mediodía, el Demonio del Escorial. A fuerza de razonamientos, el Duero consiguió del monje que se marchara a hacer sus rezos. Quedamos solos nuevamente ante el cadáver Duero y yo. —¿Paseamos? —Bueno. El Duero, muy quedamente, empezó a hablar. Cruzábamos bajo la bóveda resonante que, como es sabido, es una de las más anchas y de una osadía de construcción que sorprende. Desfilamos ante las numerosas celdas ocupadas en otro siglo por los monjes jerónimos y hoy por los agustinos. Pisamos la hierba que tapiza las losas de los patios silenciosos.

42. 42 Mi acompañante hablaba del tesoro de mármoles y bronces del Panteón. De repente enmudeció. Observaba con una atención extraña las puertas, los rincones, las escaleras, las ventanas. Llegamos al trascoro de la Basílica. El Duero detuvo sus pasos ante el celebérrimo y único Cristo de mármol blanco de Benvenuto Cellini. Con una voz suave, dirigiéndose a mí, dijo: —Esta noche he de robar el Cristo del Monasterio. Confieso que sentí un latigazo de emoción. El ladrón continuó: —La muerte de ese pobre viejecito me facilita la empresa. Yo robaría la joya artística de todos modos; pero toda la exposición y violencia, desaparece con la muerte de ese lego. —¿Pues qué pensáis hacer; qué procedimiento vais a seguir?—le pregunté. —Muy fácil. Veréis. Sacó su reloj. Eran las tres y media de la madrugada. El Duero esperó todavía unos minutos. Acabó de descorrer, con cuidado, el paño que cubría a medias la sagrada escultura; a la lucecilla vacilante de una lámpara de aceite, contemplamos aquella maravilla. El Duero, que hasta entonces había estado sereno, con los músculos laxos y la mirada tranquila, se transfiguró. Con una voz de energía contenida, me dio una orden.

43. 43 —Id a la celda. Decidme, luego, si hay alguien al lado del muerto o en los claustros. Cumplí lo que me ordenaban. Cuando volví, el Duero había descolgado el Cristo de Cellini, lo había separado de la cruz donde es fama que el escultor lo había montado por un procedimiento suyo semejante a las monturas de los brillantes, y lo tenía con los pies apoyados en el suelo, a su lado. Era tan alto como un hombre. A los resplandores intermitentes de la lámpara, la carne marmórea presentaba un tono de ámbar y ópalo de una belleza extraordinaria. Tenía los brazos en cruz, clamantes, con las palmas atravesadas por los clavos: la cabeza en alto. Juan del Duero, con el sagrado mármol apoyado en el altar, cometió una profanación que era necesaria sin embargo. Con una maestría absurda le partió los brazos: dos golpes secos, a cercén, redondo el corto desde los pectorales al hombro, sin muñón. Me entregó los brazos. Con el santo cuerpo de maravilla a cuestas, atravesó los claustros delante de mí. La luna iluminaba aquella escena dantesca. Nuestras sombras fugitivas salvaban los bajos ventanales y rodaba por los arriates del jardín. Llegamos a la celda: solitaria. El famoso ladrón se lanzó como una fiera sobre el lego yacente. Lo elevó. Lo despojó de la pobre sotana que le servía de mortaja. Colocó la escultura en el ataúd. Tapó el cuerpo de mármol. Me arrebató los brazos marmóreos y los colocó debajo de la suprema escultura. Cruzándose sobre el cuello el cadáver del lego, salió de la celda. Oí abrir sigilosamente la puertecilla del jardín y, en el marco, a la claridad lunar, vi el fantasma que huía. Yo temblaba en la celda velando el cadáver del Cristo de Cellini. Volvió el Duero. Mientras cubría el rostro maravilloso de la escultura, dijo muy despacio: —Falta más de una hora para el entierro. Confieso que será un siglo de fiebre para mí. —¿Miedo?—pregunté. —A nadie. Emoción nada más. A las cuatro y media de la madrugada se oyeron los pasos de la Comunidad por los claustros resonantes. Sentí verdadero terror. Juan del Duero cerró el ataúd y se guardó la llave. Rezaron un responso. Rechazamos el auxilio que nos ofrecían; cogimos el féretro entre los dos. El Duero, sosteniendo la caja en los codos, con los brazos cruzados sobre el pecho como los forzados de Cayena y Tolón, la empujaba hacia mí. Yo aguantaba el empuje con la nuca, inclinada la cabeza, sintiendo en el trapecio el corte del ataúd como un hachazo. En el momento de caer la tierra sobre la caja sufrí un desvanecimiento. El Duero, entre el bordoneo de los terrones, me dijo al oído: —Eres un bravo. Aguantaste cien kilos de peso. Nos despedimos de la Comunidad y salimos del pueblo en el primer tren. …………………………………………………………………………………………………

44. 44 Aprovechando la noche del Viernes Santo volvimos en un auto como un obús a desenterrar la escultura inmortal. En la mañana del Sábado de Gloria, cuando, sin duda, se hizo público el robo genial, rodábamos sobre nuestra máquina de guerra hacia la frontera portuguesa. Me dejó en el puente internacional diciéndome: —Toma el tren para Madrid. Espérame en la capital de España. Partió en el auto, misteriosamente, por la margen portuguesa del río Miño. Yo hice lo que me ordenaban. …………………………………………………………………………………………………

45. 45 Una comida estupenda Media hora antes de llegar el tren, me paseaba por los andenes de la estación del Norte, respirando ese aire agradable e insano saturado del humo de los trenes. Tienes más belleza y más poesía el anochecer que el crepúsculo matutino. Pero las nueve de la mañana de un día muy claro de invierno, tiene el horizonte una luz fría, color ámbar, que recorta los caminos lejanos, dando al paisaje el brillo y la precisión de una fotografía en cristal. Llegó el tren, como un monstruo, rompiendo brutalmente la monotonía y el silencio del panorama. Juan del Duero descendió de un vagón y me saludó cordialmente. Con un ligero portamonedas inglés en la mano rechazó los ofrecimientos de los mozos, y me dijo con la naturalidad del hombre que sale de su gabinete después de estar cinco o seis horas sentado: —¿Vamos a dar un paseo? Juan del Duero iba sin abrigo. Como esto me extrañara un poco, me explicó: —Yo voy siempre vestido de verano. Mira, sin chaleco. En climas como este tengo que despojarme también de la camiseta; de modo que, solamente camisa sin planchar, de verano, y traje de tela muy flexible. Juan del Duero reía, enseñando unos dientes de lo

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