Cuaresma 2014. Ciclo A

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Published on March 3, 2014

Author: NCRE

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La Cuaresma, cuarenta días, es el tiempo litúrgico en el que revivimos la experiencia de los cuarenta años de peregrinación de los israelitas por el desierto hasta llegar a la tierra prometida, los cuarenta días de Cristo en el desierto, iniciando su vida pública y que culmina con su Pasión, Muerte y Resurrección.

2014 Servicio de Catequesis

1) INTRODUCCIÓN: CAMBIAR EL CORAZÓN "Rasga tu corazón y no tus vestidos, y vuelve a Yavé tu Dios, porque él es bondadoso y compasivo…" Joel 2, 13 La cuaresma se inicia con esta hermosa lectura del libro del profeta Joel, en la liturgia del Miércoles de Ceniza (texto completo Joel, 2, 1218) El Dios de la Vida, que como nos recuerda Joel retomando las palabras del Éxodo (ver Ex. 34, 6 en el cual Dios pronuncia su Nombre ante Moisés, y su nombre es Misericordia), es rico en misericordia y lleno de compasión por nosotros, nos convoca a un cambio de corazón. El corazón, en la Biblia, es el órgano más importante. Donde se aloja el espíritu que anima a cada persona. Del corazón brotan las actitudes, los sentimientos, los valores que mueven la vida de cada uno. Por eso Dios quiere que examinemos nuestro corazón y dejemos que su Espíritu lo llene, para poder vivir como El enseña, para poder realizar su Proyecto. Son repetidas las veces en que los profetas llaman a un cambio de corazón. Ezequiel lo dirá con palabras tajantes, que permiten descubrir el esfuerzo y la ruptura interior que significa esta conversión que Dios pide a sus seguidores. "Les quitaré del cuerpo el corazón de piedra y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes para que vivan según mis mandatos…” Ezequiel 36, 26-27

El cambio de corazón expresa la conversión a la que Dios nos invita. Dejar que Él sea quien nos mueva… quien oriente y anime nuestras actitudes, sentimientos, valores, opciones… Cuaresma es el tiempo propicio para hacer una revisión de vida y, a la luz de la Palabra, disponernos al cambio interior que exprese en obras concretas la conducta que Dios propone como "regla de vida". El ayuno que agrada a Dios es la misericordia con el hermano que sufre, que nace de la compasión que brote (o no) en nuestro corazón ante las situaciones de injusticia y muerte temprana en que viven los que nos rodean. ¿Nos animaremos a vivir la Cuaresma desde las exigencias de Dios? 2) RECORRER LA CUARESMA 2.1 ¿QUÉ ES LA CUARESMA? La Cuaresma, cuarenta días, es el tiempo litúrgico en el que revivimos la experiencia de los cuarenta años de peregrinación de los israelitas por el desierto hasta llegar a la tierra prometida, los cuarenta días de Cristo en el desierto, iniciando su vida pública y que culmina con su Pasión, Muerte y Resurrección. 2.2 ¿CUÁL ES EL ESPÍRITU DE LA CUARESMA? Es un Retiro Espiritual colectivo, durante los cuales la Iglesia, propone a sus fieles: • • • Contemplar e imitar el ejemplo de Cristo en el desierto. Alimentarse más abundantemente de la Palabra de Dios y de la meditación en sus misterios. Prepararse a la celebración de la Pascua, con la purificación y conversión del corazón, una actitud penitencial y la práctica perfecta de la vida cristiana. 2.3 ¿QUÉ ES LA PENITENCIA? La penitencia, metanoia, significa la conversión, cambio de corazón y de espíritu, del pecador. Designa un conjunto de actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido y al cambio de actitud frente a Dios y a los hermanos. ¿QUÉ MANIFESTACIONES TIENE LA PENITENCIA?

"La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el AYUNO, la ORACIÓN, la LIMOSNA, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo, la intercesión de los santos y la práctica de la caridad "que cubre multitud de pecados" (1 Pedro, 4,8)." (Catecismo Iglesia Católica, n.1434). El tiempo de cuaresma es apropiado para realizar Retiros Espirituales, Liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras)." (Catecismo Iglesia Católica, n. 1438). 2.4 ¿ESTAMOS OBLIGADOS A HACER PENITENCIA? "Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por la ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia." (Código de Derecho Canónico, canon 1249). 2.5 ¿CUÁLES SON LOS DÍAS Y TIEMPOS PENITENCIALES? "En la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma." (Código de Derecho Canónico, canon 1250). 2.6 ¿QUÉ DEBE HACERSE TODOS LOS VIERNES DEL AÑO? En recuerdo de la muerte de Jesucristo todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse abstinencia de carne, o realizar una obra de caridad o piedad, de acuerdo a la Conferencia Episcopal. Ayuno y abstinencia se guardan el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

2.7 ¿CUÁNDO ES CUARESMA? La cuaresma se extiende desde el miércoles de ceniza hasta el jueves santo al iniciarse el triduo pascual (viernes, sábado, y domingo). El triduo pascual culmina con la exposición de alegría de la resurrección en la Vigilia y el Domingo de Pascua. Este gran día se prolonga durante 50 días hasta la Solemnidad de Pentecostés, donde celebramos la venida del Espíritu Santo, el nacimiento de la Iglesia. 2.8 ¿QUÉ ES EL MIÉRCOLES DE CENIZA? Es un día especialmente penitencial, en el que manifestamos nuestro deseo personal de CONVERSIÓN a Dios. Por medio del ayuno, la abstinencia y la imposición de la ceniza, expresamos con humildad y sinceridad de corazón, que deseamos convertirnos y creer en el Evangelio. 2.9 ¿DE DÓNDE PROVIENE LA CENIZA? La ceniza procede de los ramos bendecidos el Domingo de Ramos del año anterior, siguiendo una costumbre que se remonta al siglo XII. La fórmula de bendición hace relación a la condición pecadora de quienes la recibirán. 2.10 ¿CUÁL ES EL SIMBOLISMO DE LA CENIZA? El simbolismo de la ceniza es el siguiente: a) Condición débil y caduca del hombre, que camina hacia la muerte. b) Situación pecadora del hombre. c) Oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en su ayuda. d) Resurrección, ya que el hombre está destinado a participar en el triunfo de Cristo. 2.11 ¿QUÉ DEBE SEGUIRSE DE VIVIR LA CUARESMA? Si se vive bien la Cuaresma, deberá lograrse una auténtica y profunda CONVERSIÓN personal, preparándonos, de este modo, para la fiesta más grande de nuestra Fe, la Pascua de Resurrección. 2.12 ¿QUÉ ES LA CONVERSIÓN?

Convertirse quiere decir volverse hacia Dios. Supone un dirigirse hacia alguien que nos llama, lo que implica un desprenderse del egoísmo y optar por una nueva concepción de vida. Es reconciliarse con Dios, apartarse del mal, para establecer la amistad con el Creador. Para lograrlo la Iglesia nos propone una ascesis (camino de ascenso, de sacrificio) muy concreta: ayunar, orar, amar. Supone e incluye el arrepentimiento y la Confesión de todos y cada uno de nuestros pecados y el cambio, desde dentro, en actitudes, de todo aquello que no agrada a Dios. 2.13 ¿CÓMO CONCRETAR MI DESEO DE CONVERSIÓN? De diversas maneras, como son, por ejemplo: 1. 2. 3. 4. Confrontar mi vida a la luz de la Palabra de Dios para descubrir lo que está de acuerdo a su voluntad o no y descubrir su gran misericordia para tener un sincero arrepentimiento. Acudir al Sacramento de la Reconciliación (Penitencia o Confesión) y hacer una buena confesión: clara, concisa, concreta y completa. Tener un sincero propósito de cambio de actitud, perdonando y creciendo en espíritu fraterno. Practicando las Obras de Misericordia. 2.14 ¿CUÁLES SON LAS OBRAS DE MISERICORDIA? Las Obras de Misericordia espirituales son: Enseñar al que no sabe. Dar buen consejo al que lo necesita. Corregir al que se equivoca. Perdonar al que ofende. Consolar al triste. Tolerar los defectos del prójimo. Rogar a Dios por los vivos y difuntos. Las Obras de Misericordia corporales son: Visitar al enfermo. Dar de comer al hambriento. Dar de beber al sediento. Socorrer al privado de libertad. Vestir al desnudo. Dar posada al peregrino. Enterrar a los muertos.

El 2° Domingo de Pascua, 27 de abril, se celebra en la Iglesia el día de la DIVINA MISERICORDIA. 3) MENSAJE DEL PAPA PARA LA CUARESMA 2014 Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9) Queridos hermanos y hermanas: Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico? La gracia de Cristo Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de

hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22). La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo— «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2). ¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29). Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo. Nuestro testimonio

Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo. A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir. No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por

un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera. El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana. Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele. Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde. 4) TODO ESTÁ CUMPLIDO "¡Todo está cumplido!" Basta esta palabra para iluminar todo el misterio del Calvario. ¿Qué es lo que está cumplido? En primer lugar, la vida terrena de Jesús, la obra que el Padre le confió para que la cumpliera (cf Jn 4,34; 5,36; 17,4). "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1). "Extremo" en griego se dice telos: palabra ésta que aparece, en forma de verbo, en el grito de Cristo:

Tetelestai, todo está cumplido. Se ha llevado a cabo la prueba suprema de su amor. Se han cumplido también las Escrituras. La del siervo sufriente, la del cordero pascual, la del inocente asesinado, la del nuevo templo que vio Ezequiel, de cuyo lado derecho manaba un río de aguas vivas (cf Ez 47,lss). Pero no es que se haya cumplido tal o cual punto de las Escrituras: se ha cumplido, en bloque, todo el Antiguo Testamento. No analítica, sino sintéticamente, en su sustancia. El Cordero, al morir, abre el libro sellado con siete sellos (Ap 5,1 ss) y revela el sentido último del plan de Dios. "Ésta es la página que, al volverla, todo lo ilumina, como aquella gran hoja ilustrada del Misal, al comienzo del Canon. Ahí está, resplandeciente y pintada en rojo, la gran página que divide los dos Testamentos. Se abren a una todas las puertas, se disipan todas las oposiciones, se resuelven todas las contradicciones. (P. CLAUDEI, Le poéte et la Bible, París, Gallimard, 1998, p. 729.) La página que divide los dos Testamentos y también la que los une; un Testamento ilumina al otro. Nada queda abolido, todo está cumplido. Al llevar a término las cosas, Cristo opera una superación: hace que den un salto cualitativo. Ocurre como con la consagración eucarística: a partir de ese instante, el pan ya no es sólo pan, se ha convertido en otra cosa. También el antiguo Pacto, a partir del momento de la muerte de Cristo se convierte en la "alianza nueva y eterna"; la letra se convierte en Espíritu. (Cf H. DE LUBAC, Exégése médiévale, 1, 1, París, 1959, pp. 318-322.) "Lo antiguo ha sido sustituido por lo nuevo, la ley por la gracia, la figura por la realidad, el cordero por el Hijo, el hombre por Dios". (MELITÓN DE SARDES, Sobre la Pascua, 7 (Sch 23, p. 64)) Pero no es solamente esto lo que está cumplido. El misterio pascual de Cristo se sitúa en la línea de la historia de Israel, pero la supera, la dilata en demasía. No cumple las esperanzas de un solo pueblo, sino, mediante éstas, las de todos los pueblos y las de todos los hombres. Los hombres, al querer independizarse de Dios, se han encerrado en el odio y en la muerte. Están en una situación en la que el amor del Padre ya no puede habitar en ellos. Para llegar hasta ellos en esa situación, el Hijo de Dios se hace hombre. Sufre de una manera atroz y muere violentamente a fin de que el sufrimiento y la muerte de los seres humanos puedan, desde entonces, ser habitados por el amor del Padre. Muchos han muerto antes y después de Cristo, pero nadie ha dado

nunca a la propia muerte el valor de adhesión total y absoluta al amor del Padre que Jesús le dio a la suya. Con esa ofrenda de amor filial y de serena aceptación, cambió por completo el sentido de la muerte en dirección a la vida verdadera. Es un puente, no un abismo. Cuando el hombre caiga en el pecado y en la muerte, se encontrará con que, allí también, lo está esperando el mismo que lo ha creado. ¡Qué bien se entiende así el himno que entona san Pablo al amor victorioso de Dios! "Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8,38-39). Cristo ha completado también otro "mapa": el del destino humano. Pilato enunció, sin saberlo, una gran verdad cuando, señalando a Jesús, dijo: ¡Ecce homo!, "¡Aquí tenéis al hombre!" Jesús no ha explorado únicamente esos dos abismos del destino humano que son el pecado y la muerte, sino también el abismo de la derrota, del fracaso, de la frustración. Aquel Viernes de parasceve, el Calvario se parecía a un escenario en el que hay que bajar a toda prisa el telón tras un estrepitoso fracaso. El sonido del Shofar está a punto de anunciar el comienzo del descanso festivo. Apresuradamente, y ante los ojos de la Madre, José de Arimatea y sus hombres desclavan del madero las manos de Jesús, le ungen el cuerpo con aceite, lo envuelven en una sábana y, llevándolo en unas parihuelas, desaparecen en la oscuridad, mientras las mujeres los siguen llorando. La colina se ha quedado vacía y silenciosa, como se quedarán esa tarde los altares de nuestras iglesias. Así concluyó la primera liturgia de Viernes Santo. Pero desde que el mayor fracaso de la historia se convirtió en la victoria más bella, más pura, más recordada entre los hombres, la misma derrota ha cambiado de sentido. Desde entonces, puede ser el lugar privilegiado donde descubrir el verdadero sentido de la vida, la verdadera grandeza de la persona humana y, sobre todo, el amor del Padre a los pequeños y a los pobres. ¡Qué mensaje de redención para la inmensa hilera de los perdedores, de los postergados, de los pobres, de los arrollados por la vida o por los acontecimientos, de aquellos a los que no les ha llegado la menor noticia sobre el genoma humano, o, si les ha llegado, los ha encontrado atrapados por otros problemas más serios como para ocuparse de ella! ¡Qué esperanza para todos nosotros, dado que, antes o después, todos perteneceremos a la categoría de los perdedores!

5) UN FUERTE GRITO EN EL ESPÍRITU Los evangelistas Mateo y Marcos describen así la muerte de Jesús: "Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró" (Mt 27, 50; Mc 15, 37). "Kraxas phone megala" en griego, "Clamans voce magna" en latín. En este grito de Jesús moribundo hay un gran misterio que no podemos dejar caer en el vacío. Si Jesús dio ese fuerte grito, fue para que se escuchara; si está escrito en el Evangelio, es también el evangelio. En ese grito se encierra todo lo que quedó sin decirse o no pudo expresarse con palabras en la vida de Jesús. Con él Cristo yació su corazón de todo lo que lo había llenado durante su vida. Es un grito que atraviesa los siglos con mucha más fuerza que todos los gritos de los hombres: de guerra, de dolor, de alegría, de desesperación. No es arrogancia tratar de penetrar en el misterio de ese grito y de descubrir su contenido. Hay una razón objetiva, dogmática que nos autoriza a hacerlo. Se llama inspiración bíblica. "Toda la Escritura está inspirada por Dios" (2 Tm 3,16); "hombres como eran, hablaron de parte de Dios movidos por el Espíritu Santo" (2 P 1, 21). Hay alguien, pues, que conoce el secreto de aquel grito: el Espíritu Santo que "inspiró" todas las Escrituras. Y él suele explicar en un lugar lo que dejó sin explicar en otro; él explica con palabras inteligibles lo que otras veces dice "con gemidos inefables" (cf Rm 8, 2-4). Él es el único autor de toda la Biblia, bajo la gran diversidad de autores humanos. "¿Quién conoce lo íntimo del hombre —dice el Apóstol—, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Pues lo mismo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios" (cf l Co 2, 11). Por lo tanto, lo íntimo de Cristo nadie lo conoce, a no ser el Espíritu de Cristo, que estaba dentro de él y que durante toda su vida había sido su "compañero inseparable para todo". Jesús lo hizo todo "en el Espíritu Santo". Todo lo que dijo lo dijo "en el Espíritu Santo" (cf Lc 4, 18). También su grito en la cruz fue un grito "en el Espíritu Santo", no el simple grito de un moribundo. "Y nosotros hemos recibido el Espíritu que viene de Dios para que podamos conocer los dones que Dios nos ha dado" (1 Co 2, 12), incluso los que nos dio con aquel grito. 5.1 GRITO DE AMOR Escribe el Apóstol en la carta a los Romanos: "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rm 5, 5). Yo nunca me había fijado en una cosa: en que san Pablo, con estas palabras, no se refiere al amor de Dios en general y en

abstracto, sino a un momento determinado de ese amor, a un hecho histórico que pasa enseguida a explicar: "En efecto —prosigue el texto—, cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por los impíos" (Rm 5, 6). La expresión adverbial "en efecto: gar"— está indicando que se trata de una explicación de lo anterior; que a continuación se va a decir cuál es ese gran amor de Dios que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones. Pero escuchemos atentamente, y todo íntegro, lo que el mismo Espíritu Santo nos dice por boca del Apóstol. Aquí nos estamos asomando, creo yo, al abismo del que surgió aquel grito de Cristo moribundo. "Cuando nosotros todavía éramos pecadores, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos. En verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería alguno a morir; más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros... Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo" (Rm 5, 6-10). El grito de Jesús en la cruz es un grito de parto. En aquel momento nacía un mundo nuevo. Caía el "diafragma" del pecado y se producía la reconciliación. Fue, pues, un grito de sufrimiento y a la vez de amor. "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). Los amó hasta el último suspiro. Podemos comprender cuán grávido estaría de fuerza divina ese grito de Cristo por el efecto inmediato que produjo en quien lo escuchó en vivo y en directo. Dice la Escritura que el centurión que estaba frente a Jesús crucificado, cuando lo vio expirar de aquel modo, dijo: "Realmente este hombre era Hijo de Dios" (Mc 15, 39). Se hizo creyente. Abrámonos simplemente a aquel grito de amor, dejemos que nos conmueva hasta las entrañas, que nos cambie. De lo contrario, nuestros Viernes Santos no servirán de nada. En cuanto Jesús dio aquel fuerte grito, "el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se rajaron, las tumbas se abrieron" (Mt 27, 51). Con ello quería indicarse lo que debería ocurrir en nuestros corazones. Dios no tiene nada contra las rocas. Son otras las "rocas" que deben rajarse: son los "corazones de piedra" de los hombres que nunca jamás se han conmovido, que nunca han llorado, que nunca han querido reflexionar. Jesús sabía muy bien que no hay más que una llave que abra los corazones cerrados, y esa llave no es el reproche, no es el juicio, no son las amenazas, no es el miedo, no es la vergüenza, no es nada. Es únicamente el amor. Y ésta es el arma que él usó con nosotros. "Nos

apremia el amor de Cristo, al pensar que uno murió por todos" (cf 2 Co 5, 14). La palabra que utiliza aquí san Pablo —synechei— significa, en sentido circular: nos aprieta por todas partes, nos asedia, nos envuelve; o también, en sentido lineal: nos acosa, no nos deja en paz, "urget nos", como traducía la Vulgata. Debemos dejarnos apretar en ese abrazo. "Es fuerte el amor como la muerte; es centella de fuego, llamarada divina" (Ct 8, 6). ¡Ojalá que esas llamaradas nos lamiesen en este día santo, ojalá que lamiesen al menos a alguno de nosotros y lo hicieran decidirse a rendirse por fin al amor de Dios! Cuando se trata de Dios, dejarse comprender y apresar es más importante que comprender. Estas cosas se les revelan a los pequeños y se les ocultan a los prudentes y a los sabios. 5.2 AMOR A LOS ENEMIGOS. AMOR ACTUAL. AMOR PERSONAL. Démosle tiempo, pues, al pensamiento de que Cristo nos ama, para que nos envuelva y nos penetre hasta lo más hondo. Expongámonos a ese amor como a la luz de un sol estival. ¿Cómo es ese amor del Redentor? La primera característica es que es un amor a los enemigos. "Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados". Jesús había dicho que "nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Pero hay que entender bien qué quiere decir aquí la palabra amigos. Él mismo ha demostrado que existe un amor más grande que ése, más grande que el de dar la vida por los propios amigos, y es el dar la vida por los enemigos. Entonces, ¿qué quiere decir allí amigos? No los que te aman, sino los que amas tú. (Amigos tiene el significado pasivo de "amados", no el activo de "amadores"). Jesús llamó a Judas amigo (cf Mt 26, 50), no porque éste lo amase (¡lo estaba traicionando!), sino porque él lo amaba. ¿Y qué quiere decir aquí la palabra enemigos? No aquellos a los que tú odias, sino los que te odian a ti. (Enemigos, por el contrario, tiene el sentido activo de "los que odian", no el pasivo de los que son odiados"). Dios no odia a nadie, no considera a nadie como enemigo suyo. Buenos o malos, todos somos hijos suyos por igual. Ésta es la cumbre más alta, el Everest del amor. Un amor del que no es posible imaginar que exista en el mundo otro mayor. ¡Morir por los enemigos, amar a quien te odia y quiere destruirte, más aún, a quien te está destruyendo! "¡Padre, perdónalos! ¡Padre, perdónalos!" Y esos enemigos éramos nosotros. Nosotros pecadores, nosotros "impíos", nosotros que aprendimos de Adán esa forma terrible de amor que se llama egoísmo, "el amor a uno mismo que nos lleva, si es necesario, hasta a despreciar a Dios" (.Cf SAN AGUSTIN, La ciudad de Dios, 14, 28.) "Él cargó con nuestros dolores... El Señor cargó sobre él todos nuestros crimenes..., y él no abría la boca" (cf Lc 53, 4.6-7).

¡Cómo nos amaste, Redentor nuestro, cómo nos amaste! No permitas que volvamos a casa por enésima vez sin haber comprendido el misterio de este día. Haz que podamos decirte también nosotros, con alegría y emoción: "Has gritado, oh Dios, y tu grito rasgó mi sordera. Y ahora te anhelo" (Confesiones, X, 27) ¡Ojalá que el grito de Cristo moribundo rasgue también nuestra sordera! Hace ya muchos siglos, en un día como éste, una gran mística estaba meditando profundamente sobre la pasión de Cristo cuando escuchó dentro de su alma estas palabras, que se hicieron famosas: "¡No te he amado de broma!" (Beata Ángela de Foligno). La segunda característica consiste en que es un amor actual. No es un fuego apagado, no es algo del pasado, de hace dos mil años, de lo que sólo queda el recuerdo. Sigue actuando, está vivo. Si fuese necesario, volvería a morir por nosotros, pues el amor que lo llevó a la muerte permanece inmutable. "Yo soy más amigo tuyo que ése y que aquél otro —nos dice Cristo, con las palabras que le hizo escuchar un día a aquel gran creyente que fue B. Pascal—. Yo he hecho por ti más que ellos, y ellos nunca soportarían lo que yo te he soportado, no morirían nunca por ti en la hora de tu infidelidad y de tus crueldades, como lo he hecho yo y como volvería a hacerlo por mis elegidos" (B. PASCAL, Pensamientos, 553.) Jesús ha ido hasta el fondo en sus muestras de amor. Ya no puede hacer más para demostrar su amor, pues no existe mayor prueba de amor que dar la vida. Pero ha agotado las muestras del amor, no el amor. Ahora su amor está en manos de otra señal especial, distinta, de una señal que es una realidad, más aún, una persona: el Espíritu Santo. "El amor de Dios —ese amor de Dios que ahora ya conocemos— ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo". Es, pues, un amor vivo, actual, palpitante, como vivo, actual y palpitante es el Espíritu Santo. Donde los demás evangelistas habían dicho que Jesús, "dando un fuerte grito, expiró", Juan dice que, "inclinando la cabeza, entregó cl Espíritu" (Jn 19, 30). Es decir, no sólo expiró, sino entregó el Espíritu, el Espíritu Santo, su Espíritu. Ahora sabemos qué era lo que se encerraba en aquel fuerte grito que Jesús dio al morir. ¡Por fin se ha desvelado su misterio! Tercera característica: el amor del Redentor es un amor personal. Cristo murió "por nosotros", nos ha dicho el Apóstol. Si ese "por nosotros" lo tomamos en sentido colectivo, pierde algo de su grandeza.

La desproporción numérica establece una cierta proporción de valor. Es cierto que Jesús es inocente y nosotros culpables; que él es Dios y nosotros hombres; pero, a fin de cuentas, él es uno solo y nosotros somos millones. Podría parecer menos exagerado que muera uno solo para salvar la vida de millones de creaturas. Pero no es así. Murió por nosotros" significa murió "por cada uno de nosotros". Debe entenderse en sentido distributivo, no en sentido colectivo. "Me amó y se entregó por mí", dice en otra parte el mismo Apóstol (Ga 2, 20). Por lo tanto, Jesús no amó a la masa, sino a los individuos, a las personas. Murió también por mí, y debo llegar a la conclusión de que habría muerto lo mismo aunque no hubiese habido que salvar a nadie más que a mí sobre la faz de la tierra. Esto es una verdad de fe. El amor de Cristo es un amor infinito porque es divino, no sólo humano. (Cristo es también Dios, no debemos olvidarlo nunca, ni siquiera por un instante). Y lo infinito no se divide en partes. Está todo él en todos. Cada día se consagran millones de formas en la Iglesia; pero ninguna de ellas contiene sólo una partecita del cuerpo de Cristo, sino a Cristo entero. Lo mismo ocurre con su amor. Existen millones de hombres, pero ninguno de ellos recibe sólo una partecita del amor de Cristo, sino todo su amor. Todo el amor de Cristo está en mí, y eso debe inspirarme una enorme alegría. Pero todo el amor de Cristo está también en el hermano, y esto debe inspirarme respeto hacia él, aprecio y caridad. También yo puedo decir: "Me amó y se entregó por mí". Jesús conoce a sus ovejas por su nombre y las llama "una a una" (cf Jn 10, 3). Para él nadie es sólo un número. ¡Qué nuevas y verdaderas suenan, puestas en los labios de Cristo crucificado, aquellas palabras de Dios que se leen en el profeta Isaías: "No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío... Porque te aprecio y eres valioso y yo te quiero" (Is 43, 1.4). Te aprecio y te quiero: aquí todo está en singular. ¡Qué dulces suenan estas palabras para quien se siente miserable, indigno, abandonado de todos, sólo con que tenga el valor de creerlas! "¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? —exclama, llegado a este punto, el Apóstol—. ¿La aflicción?, ¿la angustia?, ¿la vida?, ¿la muerte? ¡No! Nada podrá separarnos" (cf Rm 8, 35-38). Éste es un descubrimiento que puede cambiar la vida de un hombre, es la buena noticia que nunca debemos cansarnos de proclamar a los hombres de hoy Es lo único cierto e inamovible que hay en el mundo: ¡que Dios nos ama! 5.3 EMOCIÓN POR EL AMOR ¿Cuál será nuestra respuesta a esa revelación del amor de Cristo? No nos apresuremos a hacer propósitos y a intentar compensarlo. No podríamos, y además no es eso lo más importante que tenemos que hacer en estos días.

Hay algo que tenemos que hacer antes que nada, y que es lo único que demostrará que hemos comprendido: conmovernos. No despreciemos las emociones. La emoción, si nace del corazón y es genuina, es la respuesta más elocuente y más digna que pueda existir ante la revelación de un gran amor o de un gran dolor. Cuando nos emocionamos, experimentamos que ya no nos pertenecemos a nosotros mismos. Emocionarnos es abrir al otro lo más íntimo de nuestro ser. Por eso ante ella se siente pudor. Pero no tenemos derecho a ocultar nuestra emoción a quien es objeto de la misma. Le pertenece, es suya, él la ha provocado y a él está destinada. Jesús no escondió su emoción ante la viuda de Naín ni ante las hermanas de Lázaro, al contrario, "se echó a llorar" (Jn 11, 35). ¿Y nos vamos a avergonzar nosotros de conmovernos ante él? ¿Para qué sirven las emociones? Son preciosas, porque son como la aradura que rompe la dura corteza permitiendo así a la semilla anidar profundamente en la tierra. La emoción es con frecuencia el comienzo de una verdadera conversión y de una vida nueva. ¿Hemos llorado alguna vez —o al menos hemos deseado llorar— por la pasión de Cristo? Ha habido santos que han gastado sus ojos a fuerza de llorar por eso. "Lloro la pasión de mi Señor", contestó Francisco de Asís a uno que le preguntaba por la razón de tantas lágrimas. Dice la Escritura: "Mirarán al que atravesaron... Harán duelo como por un hijo único" (Za 12, 10; Jn 19, 37). Esto no es sólo una profecía: es también una invitación, una orden de Dios. Nos da ejemplo la liturgia de la Iglesia. En Pascua siempre da rienda suelta a la emoción. "¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! —canta en el Exsultet—. ¡Qué incomparable ternura y caridad! ... ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!" Repitámoslo también nosotros esta tarde, tras haber recordado el grito de Cristo moribundo en la cruz: "¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!" 6) SENTIDO ÚLTIMO DE LA VIDA HUMANA Cristo, con su vida, muerte y resurrección, nos ha revelado el sentido último de la vida humana. Y nos lo ha revelado, no en un laboratorio o con fórmulas elaboradas desde la mesa de un despacho, sino viviéndolo, poniéndolo por obra. Y el sentido último es éste: acoger en la propia persona el amor del Padre, como lo acogió Jesús, y hacer circular ese amor por el mundo, brindándolo a los hermanos. ¡Basta ya de medias tintas! No sigamos perdiendo el tiempo. Entreguémonos a hacer realidad el objetivo por el que Cristo murió. Vivamos de tal modo, que también nosotros podamos decir al final: "Todo está cumplido". Aceptemos el sufrimiento si nos toca vivirlo. Es la única puerta para introducirnos en la cruz de Cristo y no quedarnos fuera, como meros espectadores. Todas las demás vías -el arte, la

teología, los razonamientos, el sentimiento- son como observar desde la portilla de un barco la vida que se desarrolla en los fondos marinos; que nada tiene que ver con el sumergirse allá adentro y formar parte de ellos... De todo esto surge también otra conclusión: que no podemos renunciar a Cristo; que no podemos relativizar la importancia de su redención; que no podemos sustraerle ninguna parte de la humanidad, pasada, presente o futura. Sencillamente, no tenemos derecho a hacerlo. No podemos dejar de anunciar el Evangelio a toda la creación. "¡Cristo es el mismo ayer y hoy y siempre!". Lo que debe abandonarse no es el anuncio de la cruz, sino, en todo caso, ciertas formas equivocadas de hacerlo en el pasado. Presentarnos ante el mundo como crucificados, no como cruzados. Nadie —aunque tenga otras creencias— podrá sentirse amenazado por Cristo Jesús, cuando se lo anuncia como lo anunció el Papa, a los ojos de todo el mundo, en la semana del 20 al 26 de marzo del Año santo en los lugares de su vida y de su muerte. A veces no es necesario decir nada, sino tan sólo estar allí, sufrir y amar, mostrando un enorme respeto hacia quien aún no puede creer. La forma más esencial de evangelización es dejar que pueda circular el amor que Cristo vino a implantar en el mundo. Con hechos más que con palabras. 7) JUAN DE DIOS CON LA CRUZ ENTRE LAS MANOS «Se le agravó más la enfermedad, recibió el sacramento de la penitencia y le trajeron a nuestro Señor para que lo adorara, pues ya no lo podía recibir, por su estado de enfermedad. Llama a Antón Martín, para encomendarle a los pobres, los huérfanos y, sobre todo, a los vergonzantes. Le dice cuanto tiene que hacer con ellos, le amonesta, le da consejos. Siente que llega la hora de su partida, se levanta de la cama, poniéndose de rodillas, coge el crucifijo. Ora un instante en silencio y dijo con voz clara e inteligible: “Jesús, Jesús, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y entregó su alma a su Señor. Tenía cincuenta y cinco años, habiendo gastado doce de éstos en servir a los pobres de Granada.»

8) CUARESMA: EVANGELIO Y REFLEXIÓN Con la reforma litúrgica del Vaticano II, la cuaresma ha recobrado el espíritu que tuvo a partir del siglo IV, cuando se organizó el catecumenado de una forma estable. La Iglesia a partir de los textos de los domingos, nos ofrece un itinerario de maduración de la fe. Si nos fijamos en cada domingo son unas catequesis que ayudan a renovar el espíritu del Bautismo, a revisar nuestra vida, a caminar según quiere el Señor. Por ejemplo en el ciclo A tenemos: I. II. III. IV. V. Las tentaciones. Situado entre el Bautismo de Jesús y el comienzo de misión pública. El Desierto lugar para oír la voz de Dios, el silencio para percibir al Espíritu en el interior. Las tentaciones, afectan a toda la persona. Vivir desde el pan o la palabra; el fracaso aparente o el poder; aceptar el mal en la vida y sus consecuencias o vivir desde Dios. La transfiguración. Jesús, se lleva a Pedro, Santiago y su hermano Juan. Allí, viven una experiencia gratificante, la confirmación de quién es Jesús, y de lo que le esperan. La Samaritana. El don del agua (referencia bautismal) Dame de beber. El ciego de nacimiento. (luz) Para tener autonomía, ver las cosas, y andar por el camino. La resurrección de Lázaro (vida) La vida y todo lo que conlleva. 8.1 MIÉRCOLES, 05 DE MARZO DE 2014 – MIÉRCOLES DE CENIZA 1ª lectura: Joel 2,12-18 «Rasgad los corazones, no las vestiduras» Salmo: «Misericordia, Señor: hemos pecado» 2ª lectura: 2 Corintios 5,20-6,2 «Dejarse reconciliar con Dios; ahora es el tiempo de la gracia» Evangelio: Mateo 6,1-6.16-18 «Tu Padre, que ve lo escondido, te recompensará» En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre,

que ve en lo secreto, te lo pagará. Cuando recéis no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará. REFLEXIÓN: Comenzamos la cuaresma con el rito de la ceniza, una llamada a la conversión y a caer en la cuenta que somos polvo y en polvo nos convertiremos. El Evangelio es una invitación a la interiorización, a la autenticidad de vida. Nos interpela a la responsabilidad, es una llamada a hacer las cosas bien hechas y con amor. Sabemos que ser cristiano, seguir a Jesús en medios de las dificultades, cargar con la cruz, cuesta, exige mucho, pero Jesús nos alienta en este tiempo de cuaresma. 8.2 DOMINGO, 09 DE MARZO DE 2014 – 1º T. CUARESMA 1ª lectura: Génesis 2,7-9;3,1-7 «Creación y pecado de los primeros padres» Salmo: «Misericordia, Señor: hemos pecado» 2ª lectura: Romanos 5,12-19 «Si creció el pecado, más abundante fue la gracia» Evangelio: Mateo 4,1-11 «Jesús ayuna cuarenta días y es tentado» En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo: -Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó diciendo: -Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del templo y le dice: -Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras. Jesús le dijo: -También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.

Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los reinos del mundo y su esplendor le dijo: -Todo esto te daré si te postras y me adoras. Entonces le dijo Jesús: -Vete, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto. Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían. REFLEXIÓN: Todos nosotros vivimos diariamente la tentación de convertir en ganancia todo lo que tocamos, de poner el tener muy por delante de lo que somos y de valorar más a las cosas que a las personas. También es muy tentadora la idea de poseer un método fácil para salvar nuestra vida y caemos en la tentación de olvidar que nuestra fe es oscuridad y gloria, riesgo y cruz, don y tarea contemporáneamente. Pues bien, en este desierto de la vida, en el que se levanta fuerte la huella de la tentación, la cuaresma se nos presenta como el tiempo del discernimiento y de la elección, como un programa de recuperación cristiana para reponer a Dios en la primera línea de la vida y para, desde el corazón y la voluntad, adorarlo como único Señor en medio de tantos valores, señores, poderes, caminos y bienes de este mundo. 8.3 DOMINGO, 16 DE MARZO DE 2014 – 2º T. CUARESMA 1ª lectura: Génesis 12,1-4a «Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios» Salmo: «Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti» 2ª lectura: 2 Timoteo 1,8b-10 «Dios nos llama y nos ilumina» Evangelio: Mateo 17,1-9 «Su rostro resplandeció como el sol» En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle. Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y tocándolos les dijo: Levantaos, no temáis. Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a

Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. REFLEXIÓN: La Palabra de Dios en este segundo domingo de Cuaresma, subraya que hay que ponerse en camino, hay que seguir caminando, hay que “salir de nuestra tierra y de la casa de nuestros padres” para ir a la tierra que se nos mostrará. Que se nos mostrará sólo si nos atrevemos a ponernos en camino, claro. Se trata de caminar, realizando algunos gestos que dejen huella, como la vida de Abrahán, de Jesús, de Pedro, sabiéndonos siempre en camino, iluminando y transformando toda sombra en luz, atentos a no contentarnos con metas volantes, diciendo ¡qué hermoso es estar aquí!, sino reconocernos en la escuela de Jesús, en la que vivimos con la esperanza que ilumina la subida y la cruz, pero que no las elimina. 8.4 DOMINGO, 23 DE MARZO DE 2014 – 3º T. CUARESMA 1ª lectura: Éxodo 17,3-7 «Danos agua para beber» Salmo: «Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón» 2ª lectura: Romanos 5,1-2.5-8 «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» Evangelio: Juan 4,5-42 «Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» En aquel tiempo llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: -Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.) La samaritana le dice:-¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó:-Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: -Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: -El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo

le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: -Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. EL le dice: -Anda, llama a tu marido y vuelve. La mujer le contesta: -No tengo marido. Jesús le dice: -Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad. La mujer le dice: -Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad. La mujer le dice: -Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: -Soy yo: el que habla contigo. [En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?» La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías? Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: -Maestro, come. El les dijo: -Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis. Los discípulos comentaban entre ellos: -¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: -Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: «Uno siembra y otro siega». Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.] En aquel pueblo, muchos samaritanos creyeron en él [por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho»]. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: -Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

REFLEXIÓN: La Palabra de Dios, en este tercer domingo de Cuaresma, interpela nuestras pasiones y necesidades más profundas y nos sigue mostrando que el camino hacia el resucitado pasa obligatoriamente por la cruz, por la sed, por la pasión por un proyecto. Hoy se nos exhorta a seguir la huella del sentir dentro de nosotros sed de Vida. Si nos reconocemos en camino, tras las huellas de Jesús, no podemos pasar de largo, ni podemos pasar por encima de nuestra sed de Dios. Si lo hacemos vamos aminorando la marcha con excusas, entreteniéndonos en falsos surtidores que apaciguan aparentemente nuestra sed y, al final, perdemos fácilmente el rumbo y abandonamos el camino, nunca fácil, del evangelio. 8.5 DOMINGO, 30 DE MARZO DE 2014 – 4º T. CUARESMA 1ª lectura: 1 Samuel 16,1b.6-7.10-13a «David es ungido rey de Israel» Salmo: «El Señor es mi pastor, nada me falta» 2ª lectura: Efesios 5,8-14 «Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz» Evangelio: Juan 9,1-41 «Fue, se lavó, y volvió con vista» En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. [Y sus discípulos le preguntaron: -Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego? Jesús contestó: -Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto,] escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: -Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: -¿No es ése el que se sentaba a pedir? Unos decían: -El mismo. Otros decían: -No es él, pero se le parece. El respondía: -Soy yo. [Y le preguntaban: -¿Y cómo se te han abierto los ojos? Él contestó: -Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver. Le preguntaron: -¿Dónde está él? Contestó: -No sé.] Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos.) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó: -Me puso barro en los ojos, me lavé y veo. Algunos de los fariseos comentaban: -Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado. Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos? Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: -Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos? Él contestó: Que es un profeta. [Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: ¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? Sus padres contestaron: -Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse. Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos, pues los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él». Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. Contestó él: -Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo. Le preguntan de nuevo: -¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos? Les contestó: -Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos? Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: -Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene. Replicó él: -Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder] Le replicaron: -Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: -¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: -¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: -Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: -Creo, Señor. Y se postró ante él. [Dijo Jesús: -Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos. Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: -¿También nosotros estamos ciegos? Jesús les contestó: -Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.]

REFLEXIÓN: El ciego de nacimiento vio porque sus ojos se abrieron a la luz de Jesús, creyó en Él y aceptó su Luz. Nosotros a veces no vemos claro, estamos tristes, desanimados, porque la luz de Jesús no ilumina nuestro corazón, estamos abiertos a otras luces que son tinieblas, como la mentira, el materialismo, el egoísmo, pero, cuando buscamos sinceramente la verdad y el sentido de la vida, la cruz puede ser luz, algo así le pasó a san Juan de Dios cuando tras aquella expresión ‘Granada será tu cruz’, él sintiese que también sería su luz. 8.6 DOMINGO, 06 DE ABRIL DE 2014 – 5º T. CUARESMA 1ª lectura: Ezequiel 37,12-14 «Os infundiré mi espíritu y viviréis» Salmo: «Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa» 2ª lectura: Romanos 8,8-11 «El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros» Evangelio: Juan 11,1-45 «Yo soy la resurrección y la vida» En aquel tiempo, [un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).] Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: -Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: -Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: -Vamos otra vez a Judea. [Los discípulos le replican: -Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿Y vas a volver allí? Jesús contestó: -¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz. Dicho esto añadió: -Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo. Entonces le dijeron sus discípulos: -Señor, si duerme, se salvará. (Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.) Entonces Jesús les replicó claramente: -Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa. Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: -Vamos también nosotros, y muramos con él.]

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. [Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.] Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá. Jesús le dijo: -Tu hermano resucitará. Marta respondió: -Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: -Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: -Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo. [Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: El Maestro está ahí, y te llama. Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía de prisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María a donde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.] Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y] muy conmovido, preguntó: -¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: -Señor, ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: -¡Como lo quería! Pero algunos dijeron: -Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste? Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa.) Dijo Jesús: -Quitad la losa. Marta, la hermana del muerto, le dijo: -Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días. Jesús le dijo: -¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, d

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